20 octubre 2009

Vuelo 1361

Para JSC


Barcelona-España

Lee el correo por quinta vez para cerciorarse de que anotó todo bien: vuelo 1361 - Aerolíneas Argentinas, 11.05pm.
Contó los besos que venían en el email y la cantidad de veces que estaba escrito ''cariño''. Se estremeció.
Faltaban tan solo algunas horas para verse. Verificó que la casa estuviera impecable y organizada. Había sido una proeza esconder el desorden, limpiar el pequeño apartamento para que estuviera perfecto o al menos luciera acogedor.
Se paró enfrente de la ventana y observó la calle. La luz de la tarde empezaba a desvanecerse para darle paso a la noche. En muy pocas horas llegaría el avión. La ansiedad empezaba a minar su resistencia. Trataba de calmarse, pero no podía. No solo era aquella llegada lo que aguardaba, sino el fin de su soledad.
En apenas pocas horas terminaría su agonía. Era extraño, pero a la vez placentero haber esperado tanto tiempo para que el amor fuera esto: una sensación de plenitud. ''Como cuando llenas un vaso de agua hasta el borde y por más que lo sigas llenando, nunca se desborda''. Recitó en voz alta la frase. En su momento, le había parecido cursi y estúpida. Era recién ahora que podía entenderla y por encima de todo, sentirla.
Cuando llegó la hora de ir al aeropuerto, ya no sentía el corazón, de tan acelerado que lo tenía. Condujo con la ansiedad pegada en la espalda y la mente fija en un único pensamiento: Claudia, vuelo 1361. Al llegar, estacionó el auto y se miró en el espejo antes de bajarse: se vio ojeroso y despeinado. Quiso una vez más haber sido cuidadoso con su aparencia. ''En fin'', pensó, ''es tarde. Llegó la hora''.

Entra al aeropuerto. Se dirige a las pantallas de información: vuelo 1361 procedente de Buenos Aires - retrasado.
''¡Joder!'' dice, ''¿cuánto tendrá de retraso?'' Pregunta en el stand de Aerolíneas Argentinas: ''un par de horas'' le informan. Decide tomarse un café y después recorrer pausadamente todas las tiendas posibles del aeropuerto. A cada paso siente que le estalla el corazón de la impaciencia. Revisa una y mil veces las pantallas: no hay cambios. El vuelo sigue retrasado.
Continua recorriendo el aeropuerto, baja y sube todas las escaleras, se entretiene observando a la gente. Las dos horas se consumen tan lentamente que no puede creerlo. Sin embargo, la espera llega a su fin cuando cambia la información de las pantallas: vuelo 1361 procedente de Buenos Aires - arribando.
Vuelve a leer y respira hondo. El rostro se le ilumina de la emoción y el corazón se desboca. Corre hasta la puerta de salida. Poco a poco van bajando los pasajeros, que se pierden entre la multitud de abrazos de los que los esperan. Está de primero en la puerta, separado solo por la varanda metálica que lo aleja lo suficiente de los que van llegando. Claudia no aparece.
239 personas desfilan en apenas 20 minutos ante sus ojos y ninguna es ella. Tiene la vista clavada en el pasillo de llegada que ahora luce vacío. Nadie más del vuelo 1361 aparecerá por ese pasillo. Nadie más.

Se dirige al mostrador de Aerolíneas Argentinas de nuevo. Pregunta si puede tener acceso a la lista de pasajeros. Esperaba a alguien que no llegó. La respuesta es negativa. ''La lista de pasajeros es confidencial, señor'', le informan. No hay más vuelos procedentes de Buenos Aires.
Vuelve a ver las pantallas del aeropuerto. Tal vez se confundió de línea aérea. Entra a un ciber café. Revisa de nuevo su correo. ''Vuelo 1361 - Aerolíneas Argentinas, 11.05pm''. Es la única información que posee. Decide llamar a Claudia a Buenos Aires. Algo pasó. Algo grave.
Disca el número de su casa. No hay respuesta. Disca el celular. Responde la voz hueca de la contestadora. Vuelve a intentar con el número de su casa. El resultado es el mismo. Llama de nuevo al celular. No hay respuesta. Ya pasaron dos horas y media desde que llegó el vuelo y desde que Claudia no. Sale del ciber café y recorre de nuevo palmo a palmo el aeropuerto con la vana esperanza de encontrar a su chica sentada esperándolo en algun incómodo asiento. No hay resultados. Son casi las cuatro de la mañana. No hay nada más que hacer. Se dirige al estacionamiento y una vez en su auto, siente como todo dentro de sí se desploma. El asiento del copiloto está vacío. No está Claudia, no llegó, no oye su risa, no siente sus besos. Cierra los ojos y entierra la cabeza entre sus brazos.

Buenos Aires- Argentina
Una tenue lluvia arropa la ciudad. Un viento delicado, mas frío, se escurre por todas partes y se desliza sin premura por la espalda descubierta de la chica. Se estremece. Estira un brazo hasta alcanzar la sábana. Está cansada y aun tiene mucho sueño. Han sido días intensos. Días de decisiones.
Se acurruca. Intenta relajarse, pero el delicado y constante ruido de la lluvia la distrae. Suena el teléfono. Debe ser él. No responde. Tres minutos después suena su celular. Tampoco responde. Se esconde bajo la sábana. ''No llames más. No me lo hagas más difícil'' dice en voz baja. Vuelve a sonar el teléfono de casa. Se levanta irritada. ''¡No llames más! ¡No voy a ir!'' grita al aire. Suena ahora su celular nuevamente. Se sienta en la cama. El celular deja de sonar. Tiene dos mensajes de voz. Escucha el primero. La voz de Josep suena lejana, angustiada.
''¿Dónde estás?'' lo oye decir. Las lágrimas van cayendo poco a poco por su rostro. Oye el segundo mensaje, aún más angustiado que el primero. ''¿Dónde estás Clau?'' dice un par de veces. Los pedazos del boleto de avión están esparcidos por el piso. Pequeños pedazos. Todo su futuro yace en el suelo de su habitación. Vuelve a escuchar los mensajes. Se levanta y se dirige a la ventana. La lluvia sigue cayendo con paciencia sobre Buenos Aires.
''Josep'' dice entre sollozos tenues, delicados. Abre la ventana y se deja mojar por la lluvia. Sus lágrimas se confunden con la misma. ''No me odies'' le dice al viento. Se arrodilla, cierra los ojos y entierra la cabeza entre sus brazos.

27 septiembre 2009

Deja tu mensaje



Segunda semana de abril, miércoles, 2009.

Primer repique. El corazón late de prisa. Ordena las palabras en su cabeza. Espera no sonar muy armada, pero tampoco desbocada. Segundo repique. Se humedece los labios con lentitud. Tercer repique. Respira profundo. ¿Dirá ‘’hola, qué tal?’’ o usará alguna fórmula nueva? ¿Saludar en inglés, tal vez? No. Puede sonar frívola. Cuarto repique. Escucha un clic y a continuación un ‘’Te comunicaste con Gonzalo. Deja tu mensaje y al rato te devuelvo la llamada’’. ‘’Hola, Gon’’ y una pausa demasiada larga para su gusto queda grabada. ‘’Pues nada, quería saber qué tal estabas. Anoche…anoche todo fue estupendo. Nunca había hecho nada así’’ y baja la voz, como si contara un secreto. ‘’Podemos repetirlo cuando quieras. Un beso’’ y cuelga. Cierra los ojos y trae los recuerdos de la noche anterior. Vino, música chill out, velas aromatizadas, los besos de Gonzalo, las caricias de Gonzalo, todo lo de Gonzalo. El corazón late aún más de prisa.

Segunda semana de abril, domingo, 2009.

Primer, segundo, tercer y cuarto repique. ‘’Te comunicaste con Gonzalo. Deja tu mensaje y al rato te devuelvo la llamada’’. Respira sin ganas en el teléfono y con voz un tanto neutra suelta un rápido ‘’Gon, soy yo, Marisa. Llámame cuando puedas. Te he estado llamando, pero no te he encontrado. Un beso’’ y cuelga. Se recoge el cabello con las manos y piensa en dónde estará Gonzalo, qué estará haciendo, qué lo mantendrá tan ocupado que no puede volver a ella, con la rapidez que lo amerita.

Cuarta semana de mayo, lunes, 2009.

Con el papel en mano, las lágrimas la inundan. Se niega a aceptar su suerte. Mala suerte. Sentada enfrente del teléfono, trata de pensar, de organizar sus ideas. No puede reunir el coraje para llamar a Gonzalo y contarle todo. ¿Es una cuestión de deber? Maldita mala suerte. Respira hondo para calmarse. Arruga el papel y piensa en si debe llamarlo y contarle o llamarlo y contarle. En realidad no tiene salida.

Sus largas uñas rojas repiquetean sobre la mesa. Marca el número. Primer repique. Segundo repique. Tercero. Alguien atiende. ‘’¿Sí?’’ dice una voz desconocida. Marisa se queda en silencio al otro lado de la línea. ‘’¿Hola?’’ dice la voz. Es suave, pulcra, delicada. ‘’¿Hola?’’ repite. Marisa no atina a decir nada. Al fondo, muy al fondo, logra escuchar la voz de Gonzalo: ‘’si es para mí, no estoy, amor’’. Marisa respira fuerte en el teléfono y cuelga.

Primera semana de junio, martes, 2009.

Primer, segundo, tercer y cuarto repique. ´´’Te comunicaste con Gonzalo. Deja tu mensaje y al rato te devuelvo la llamada’’. Se sorprende de escucharse tan calmada y resignada en el teléfono. ‘’Hola, Gon. Soy yo Marisa. Ni sé por qué te llamo. No tengo idea de qué decirte. ¿Sabes? Pensé que lo nuestro sería diferente. Suena a cliché, pero es cierto. Nunca dije esto antes. Contigo me sentí diferente. Pero conozco tu juego. Y creo que lo conozco muy bien’’. La llamada se corta. Marisa respira profundo y vuelve a marcar. ‘’Te comunicaste con Gonzalo. Deja tu mensaje y al rato te devuelvo la llamada’’. ‘’Te decía que nunca había llegado tan lejos con alguien. Lo que viví contigo no lo viví jamás con nadie, entiéndelo, con nadie´´ y recalca las palabras, con un énfasis nuevo para ella. ‘’No busqué nada de esto y sin embargo pasó’’. La llamada se corta. Marisa marca sin prisas de nuevo. ‘’Sé que te parecerá tonto todo esto, pero para mí no lo es. Si no significaras tanto para mí, no te buscaría, pero Gonzalo, ¡lo eres todo!’’ y un sollozo se escapa. ‘’Todo…para mí. Quiero que te quedes conmigo, sólo conmigo. Gonzalo, yo no quería llegar a esto, pero los resultados dieron positivos. Gonzalo, búscame, por favor, búscame. No quiero llegar más lejos. Quiero que te quedes conmigo’’. La llamada se corta y Marisa se hunde en sus propios brazos, en sus propios sollozos.

Del otro lado de la línea, Gonzalo escucha uno por uno los mensajes. ‘’Lo siento, nena. Pero no tengo tiempo de buscarme problemas’’ dice y se dirige a la cocina, a prepararse un café.

11 septiembre 2009

Ya es marzo




La chica se sienta en la vieja silla de madera. No es cómoda y teme caerse. A cada movimiento suyo, por delicado que sea, la silla chirría. No hay mucha luz y hace frío. Extraño. Afuera la temperatura es de 32 grados, pero en la sala es muy baja. Tirita un poco. Observa los cuadros que intentan adornarlas paredes. Son baratos y están desperdigados sin orden alguno. Entretenida como estaba, no se dio cuenta cuando llegó el hombre.
''Buenas tardes'', dijo y su voz gutural llenó por completo la pequeña sala. La chica dio un respingo.
''¿La asusté? y soltó una risa ensayada durante años. La muchacha permaneció muda en el asiento.
''Dígame, querida, que la trae por aquí: ¿el amor, el trabajo, el dinero?''. La chica respiró hondo y habló con una voz tan tenue que el hombre tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla.
''Llevo cuatro noches soñando con el mismo chico'', dijo.
El quiromante la miró fijamente y sin pedirle permiso, le tomó las manos, en vez de leerle las cartas. La muchacha, impresionada, lo observa con más miedo que confianza. Le detalla las palmas de las manos, primero la izquierda, luego la derecha y sentencia: ''Es un gigante impredecible. Llegará en marzo. Seguirás soñando con él hasta que se encuentren''.'

Despierta. El mismo sueño se había repetido durante los últimos nueve años: ella, más joven, consultaba con un quiromante sobre el supuesto gigante de sus sueños. Se levanta sin ruido para no despertar a Mario. Una vez de pie, lo observa y piensa: ''Este de gigante solo tiene el ego'' y un mohín de disgusto le nubla el rostro por segundos.
Apenas son las 3am. No podrá dormirse, nunca puede después de ese sueño, así que vaga descalza por la casa, hasta que sea la hora de hacer el desayuno, despertar a los niños y a Mario y empezar la misma rutina de siempre.
Se sienta en la sala, ve un poco de TV, se aburre. El tiempo no pasa tan rápido como ella quisiera. Enciende la computadora para leer sus emails: tiene muy pocos, la mayoría pavadas, ninguno importante. Fastidiada, mira el reloj con impaciencia: la hora de sumergirse en la rutina está a punto de llegar y se siente tan cansada, necesita dormir un poco, pero lo hará más tarde.
Empieza a preparar los desayunos con lentitud. No solo su cuerpo acusa recibo del insomnio, sino su cabeza: las imágenes del sueño no la han abandonado.
Extraño. Puede verlo todo en su mente, como si fuera una película que se repite sin cesar: ve los rasgos mestizos del quiromante, las viejas cartas,el hermoso y perfecto gigante que la acecha como algo posible.
Despierta a los niños, a Mario: ''otro niño más'' piensa fastidiada. Ya en la cocina, los ve devorar el desayuno, mientras mordisquea sin ganas una tostada.
Después, lleva a los niños y a Mario al trabajo (''no tengo ganas de manejar hoy, ¿me llevas, amor?''y el mismo pensamiento de siempre" ''no tengo ganas de llevarte a ninguna parte'' que acompaña la misma respuesta de siempre: ''sí, claro'').
Una vez en el auto, pasa por las calles de siempre para dejar a Mario en la oficina y a los niños en el colegio. De regreso a casa, un tráfico inusual la detiene. Hunde la cabeza en el volante y maldice su suerte. Quiere llegar a casa e intentar dormir un rato. Cierra los ojos por minutos.
El tráfico no avanza. ''Un accidente seguramente'' piensa. Levanta la cabeza y abre los ojos. Justo delante de su auto y erguido en toda su estatura, la observa el gigante de sus sueños. Tiene los ojos verdes de día y marrones de noche. Le sonríe con dulzura. Ella lo mira sin creer aún que lo tiene justo enfrente.
Abre la puerta del auto y se sienta a su lado: ''es marzo'' dice y su voz de trueno dulce inunda el vehículo. ''¿Vamos?'' pregunta y ella responde: ''vamos, sí, que ya es marzo''. El tráfico se disipa y ambos en el auto se alejan por la gran ciudad.

15 agosto 2009

Encuentros de fe



I

El chico se despierta lentamente. Bosteza. Es miércoles. En un rato tendrá que levantarse y prepararse para ir a clases. No quiere, pero tiene que hacerlo.
A duras penas y con el sueño aún pegado en el cuerpo, se levanta. Se asoma a la ventana. Se queda un rato viendo sin ver, hasta que algo despierta su curiosidad: una monja y un rabino van caminando en direcciones contrarias. El chico agudiza la vista y los observa. ‘’¡Que raro!’’ dice para si. ‘’Dios va a chocar consigo mismo’’ y sonríe. Continúa observándolos. Ambos llevan bolsas plásticas. Más raro aún. O al menos lo es para él, que no está acostumbrado a las rarezas. ¿Qué llevarán?
Ambos personajes se aproximan, el chico observa, expectante. No puede verle la cara a la monja, pero sí la del rabino, quien desacelera el paso y cambia la bolsa de mano: de la derecha a la izquierda, al tiempo que observa con dureza el rostro de la mujer que viene a su encuentro. Al cruzarse, chocan, hacen el ademán de una disculpa y se intercambian las bolsas. Ambos siguen su camino. Como si nada.
El chico impresionado los sigue con la vista hasta que los pierde del todo. Mil pensamientos se agolpan en su mente: drogas, dinero, documentos prohibidos, etc.
¿Qué tenían esas bolsas? ¿De qué se trata todo esto? Quisiera tener todas las respuestas y tenerlas ya, descubrir el misterio, no pensar en ese enigma.
Abandona su asombro y se alista para irse a clases; sin embargo, el pensamiento de lo que presenció desde la ventana, estará vigente todo el día.
¿Adónde lo llevará todo esto?


II

Al salir de clases, el chico enfila directo para su casa. Prefiere caminar esta vez. Es hora pico y el metro debe estar abarrotado. Va oyendo música y pensando en nada, cuando de repente divisa al rabino de la otra vez. El episodio de hace dos días, vuelve intacto a su mente. Se detiene y observa al rabino, quien de nuevo lleva una bolsa plástica y camina apresuradamente. El chico apura el paso y empieza a seguirlo, pero el rabino es más rápido y se escabulle entre la gente, se desvanece, como si de humo fuera.
‘’¡Maldición!’’ dice el muchacho y se apoya en un árbol cercano para recuperar el ritmo de la respiración. Camina unas cuadras más, en un vano intento por descubrir algo que lo lleve de nuevo con el rabino.
Después de un rato de dar vueltas, llega a casa. Ya no es el mismo, algo ha cambiado y una obsesión se ha apoderado de él: un misterio que deberá resolver.


III

El único pensamiento que ocupa los días del chico es encontrar una respuesta al enigma del rabino y de la monja. Hace un esfuerzo en clases para concentrarse, pero las preguntas sin respuesta se agolpan en su mente. Cambió su rutina diaria para pasar siempre por donde vio al rabino la última vez, hace una semana. No ha tenido éxito. Ha visto a otros rabinos, sí, montones, pero ninguno es el que busca.
Es un día de sol abrasador, así que el chico camina lento, ocultándose bajo la sombra benévola de los árboles. Se detiene en una esquina y se limpia el sudor de la frente. Respira hondo. La gente, sofocada, va igual de lenta que él. Cierra los ojos un instante. Al abrirlos, ve que el rabino viene justo por la calle de enfrente. El chico abre desmesuradamente los ojos y observa como, al mismo tiempo, vienen dos monjas por la acera contraria. Una de ellas, bolsa en mano, atraviesa la calle con rapidez y choca con el rabino, como por accidente. El chico cruza a su vez pero ya el intercambio de bolsas ha tenido de nuevo lugar. El rabino se escabulle entre la gente y la monja sigue su camino a paso acelerado hasta reunirse con su par que la estaba esperando. El chico decide seguir a las monjas. Acelera el paso. No sabe qué les dirá cuando las detenga, pero tiene que detenerlas. Cuando está a punto de alcanzarlas, las monjas se separan, no sin antes pasarse la bolsa. Una va hacia la derecha, la otra, con la bolsa en mano, hacia la izquierda. El chico empieza a correr para darle alcance a la monja que le interesa atrapar, pero esta es mucho más rápida y se pierde entre la muchedumbre. ´´¡No puedo creerlo!’’ dice para sí y se detiene para recuperar el aire. Monjas que se esfuman, rabinos que desaparecen bajo su propia nariz. ‘’Inaudito’’ dice en voz alta.


IV

Día y noche piensa en lo que presenció. No es posible que la gente se desvanezca ante sus ojos y mucho menos que sean más rápidos que él, que es joven y lleno de vida. El chico piensa todo el día en lo que vio. Desde hace una semana lleva un diario donde anota meticulosamente las fechas de los encuentros, la hora, todos los detalles posibles. Intenta establecer un hilo conductor entre todos los datos acumulados, pero no logra encontrar nada.
Luce atormentado y está cada vez más delgado. Come poco y piensa mucho; tal vez demasiado y ese único pensamiento lo domina. Necesita respuestas que no halla fácilmente. Está en un laberinto del que no hay fácil salida.


V

El chico se despierta lentamente. Bosteza. Es miércoles. Sienta la mano de su madre en la frente. ‘’Nené’’ la oye decir, ‘’¡gracias a Dios despiertas!’’ y nota como unas lágrimas pesadas se deslizan por sus mejillas. La madre se inclina sobre el chico y lo besa en la frente. ‘’El rabino, mamá, ¡hay que atraparlo!’’. La madre le pasa la mano por los cabellos aún enredados por el sudor de días anteriores. Una nueva tanda de lágrimas se asoma a sus ojos. ‘’Fueron días de delirio, pero ya todo pasó. La fiebre se ha ido, nené’’. El chico la mira, sorprendido. ‘’Días de delirio’’ repite, sin entender mucho. La madre lo besa de nuevo y se va a la cocina, a prepararle de comer.
A duras penas y con el letargo de la enfermedad aún pegada en el cuerpo, se levanta. Mareado y adormilado, con el cuerpo aún pesado, se dirige a la ventana. ‘’Días de delirio’’ dice. Se asoma y se queda un rato viendo sin ver, hasta que algo despierta su curiosidad: una monja y un rabino van caminando en direcciones contrarias. De repente, todo vuelve a comenzar.

07 agosto 2009

Ajenos



Elena bajaba la calle, ajena al ruido, a la contaminación, a la gente. Se detuvo en la esquina, a esperar pacientemente el permiso del semáforo para cruzar. Hacía un calor que ensopaba. Cerró los ojos por segundos. Cuando los abrió, Alejandro Santos estaba parado en la esquina de enfrente, ajeno al ruido, a la contaminación, a la gente.
El semáforo cambió. Alejandro cruzó la calle, sin prisa, con el andar elegante, propio de quien ha sido amado puntualmente y a destiempo. Le pasó por un lado. Ella lo siguió con la mirada. Pudo olerlo. Alejandro conservaba sus mismas facciones porcelanizadas, la mirada profunda que invitaba al descanso, el cabello igual de negro y la misma disposición fácil para la risa y el encanto.
Elena atinó a alargar la mano y rozarlo, pasar sus dedos por el brazo impecable y suave de Alejandro Santos. ‘’Disculpa’’- le dijo sonriendo y temblando. ‘’Sé que te conozco’’. Alejandro parpadeó y esbozó la misma sonrisa tierna y alucinada de sus 15 años. ‘’Tú eres Alejandro Santos, el hermano de Lorena’’. El parpadeo dio paso a una gran expresión de asombro al tiempo que decía con fascinación: ‘’El mismo. ¿Y tú quién eres?’’. Elena sintió el galopar de su corazón, la ausencia total del aire, la falta de compostura y el ardor de sus mejillas. ‘’Elena Rivero. Estudié con Lorena. Hicimos el bachillerato juntas. Normalmente hacíamos en grupo los trabajos y tú siempre aparecías...no sé si te acuerdas, ha pasado mucho tiempo, obviamente’’.
Alejandro la observaba perplejo. Siempre se maravillaba ante las personas con buena memoria; la suya era patética, no lograba almacenar ningún dato por mucho tiempo. Era un eterno desmemoriado y eso le otorgaba el aire de filósofo incomprendido que lo caracterizaba.
Elena siguió dando detalles y por más que hablaba, Alejandro no lograba recordarla. Ella sugirió beber un café y él aceptó gustoso, pues siempre estaba bien dispuesto a conocer gente.
Se dirigieron a un café pequeño y acogedor a pocas cuadras de donde estaban. Elena temblaba y empezaba a fallarle el autocontrol. Alejandro en cambio la miraba con curiosidad y paciencia.
Fueron lentamente articulando un diálogo interesante. Alejandro hablaba de sus escasos recuerdos de aquellas tardes de estudio forzado, de la legión interminable de amigas de Lorena que lo acechaba, de su vida, sus viajes. Respondía sus preguntas con mansedumbre y humildad y saboreaba el café con calma, como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida.
Elena hablaba de su carrera, de la ciudad, de su trabajo, planes futuros y mientras lo hacía, lo observaba y trataba de disimular el caudal de emociones que le producía el verlo, olerlo, rozarlo, tenerlo. No le prestaba atención consciente a lo que él decía, porque ya sabía esas historias, sino que centraba todas sus hormonas y funciones mentales en sus movimientos, gestos y en los acordes melodiosos de su voz.
Habían transcurrido 35 minutos de ensueño cuando Elena se acordó de la cita con Darío. Y desapareció por un segundo con la excusa eterna del retoque del maquillaje. Le escribió a Darío un mensaje escueto y apurado. Su amigo entendería el por qué de la demora y posterior ausencia. Darío era tan paciente y dócil con ella que entendería todo, como siempre.
Cuando Elena regresó a la mesa, el encanto de la tarde no había disminuido ni siquiera con el calor soporífero que amenazaba con nublarles las ideas. Siguieron hablando de banalidades, puntos en común, diferencias. Intercambiaron teléfonos. Elena prometió sin esfuerzo ser su nueva guía en la ciudad. Él había pasado tiempo afuera y necesitaba saber qué era nuevo, qué no seguía siendo y qué se podía hacer para ocupar el espíritu.
En otro punto de la ciudad, Darío era totalmente consciente del ruido, la contaminación, la gente, de su drama imposible, de su maldición secreta. Encendió un cigarrillo.
Se levantó por inercia de la mesa y se dirigió cansadamente hacia el carro. Se prometió buscar las estadísticas de hombres de 30 años que se suicidaban por amor a la 1.40 p.m de su día libre. Tal vez él podía engrosarlas y eso le daría un final trágico, pero a la vez romántico a su vida.
Su cuerpo condujo hasta su casa. Su alma, sin embargo, vagaba en algún punto de la ciudad, hecha trizas, pedacitos diminutos de Darío flotaban en el aire contaminado de la ciudad.
Una vez en la sala de su espacioso y solitario apartamento, Darío deseó haberse ahogado en alcohol o haber tenido alguna enfermedad fulminante que lo liberara de aquella pesadumbre en el corazón.
Mientras, Elena y Alejandro salían del café charlando amenamente. Él se despidió con un beso tierno y agradecido y ella musitó un hasta luego conmocionado y débil que delató la perturbación de sus mejillas. Alejandro sonrió y se alejó, ajeno al ruido, a la contaminación, a la gente.
Elena caminó lo más rápido que pudo hacia la casa de Darío, sin pensar si estaría o no ahí. Llegó sin aliento y tocó el timbre. Nadie respondió. Tocó de nuevo una y otra vez con algunos espacios razonables de tiempo. Sacó su llave y entró. Al llegar al apartamento de Darío, abrió con suavidad la puerta, asomó la cabeza y encontró a Darío sentado en el piso de la sala observando el humo del cigarrillo. ‘’Pasa’’, le dijo con una voz que no parecía ser la suya.
‘’¿Qué haces ahí sentado en el suelo?’’, le dijo Elena acariciándole la mejilla. ‘’La tarde está maravillosa. Te invito un helado para que me perdones por lo del almuerzo fallido’’ y sin pausa y sin darse cuenta del cambio en la respiración de Darío, comenzó a contarle la espléndida tarde que había pasado con Alejandro Santos. Elena revoloteaba por toda la sala dando detalles que Darío no había pedido y enumerando paso a paso todo lo dicho, hecho, no dicho y no hecho por Alejandro Santos en el café.
Darío se levantó con esfuerzo del piso. Sus manos sostenían su cabeza a punto de estallar. De no se sabe dónde sacó fuerzas para gritarle por primera, única y última vez a Elena ‘’¡Basta! Estoy harto de tu historia, de Alejandro Santos, llevo 15 años harto, ¿acaso no te has dado cuenta?’’. Elena lo miraba perpleja y confundida, sin entender absolutamente nada.
Darío comenzó a temblar y a hablar con aspereza lastimera: ‘’He pasado 15 años corriendo detrás del viento, amándote en silencio, con la esperanza vana de que algún día me necesites a mí, me quieras a mí, me desees a mí, me busques a mí en vez de a él. 15 años Elena que he pasado de rodillas ante ti, recogiendo las migajas de tu amor, siendo tu mejor amigo, nunca el hombre con el que te gustaría morirte de amor’’. Darío ahora lloraba por primera, única y última vez en su vida.
Elena lo observaba boquiabierta y seguía sin articular palabras. Él permanecía en el mismo sitio, las manos sosteniendo su cabeza y sus mansos ojos marrones nublados por las lágrimas.
‘’Han pasado 15 años de aquel día Elena, y mi amor no ha disminuido, es lo único que me mantiene en pie, es lo que me permite enfrentar el día, mis noches eternas, la soledad de mi casa, mi calvicie, mi torpeza para cocinar, todo...’’.
Elena lo miraba impresionada sin poder pensar en algo sensato para calmar el sollozo quedo de Darío. Fue acercándose lentamente y se arrodilló ante él. Tomó sus manos que cubrían su rostro y limpió sus lágrimas. Lo miró a los ojos y acarició sus mejillas para después abrazarlo con la misma ternura fraternal con que lo había abrazado durante años.
Darío se abandonó en aquel abrazo, consciente de sus emociones, de lo que acababa de hacer, del inevitable rumbo que tomaban los acontecimientos.
Permanecieron así hasta que ambos sintieron que lo peor ya había pasado. Elena lo besó en la frente, se levantó sin prisa y se marchó. Darío se hundió en el sofá. Todo le daba vueltas y sin embargo todo parecía ir tan lento. Sólo una pregunta se repetía en su mente: ‘’¿Y ahora qué?’’.



15 julio 2009

Para ser exactos


Para ser exactos


Son las tres. Post Meridien para ser exactos. Justo entra al metro. Estación Bulnes. Es alto, delgado, demasiado. Los ojos invernales contrastan con el tono rosáceo de su piel. La boca siempre entreabierta – sinusitis- no esconde unos dientes grandes, infantiles, ‘’de conejo’’, dice la madre.
Son las tres y cinco minutos. Post Meridien. Justo espera el próximo metro para enterrarse en su cómodo y aburrido trabajo. Siente el temblor bajo sus pies, el chirriar de metales. El metro se acerca. Siente la taquicardia, lenta, pero taquicardia al cabo y al fin. Se sitúa enfrente de la misma puerta de todas las tardes. Se acomoda la chaqueta y se pasa la mano izquierda por el rubio cabello. Entra. Esta vez no se sienta. Su lugar está ocupado; sin embargo, tiene espacio de sobra para situarse enfrente de la chica. Como todas sus tardes, ella está en el mismo puesto, con los mismos ojos anhelantes de las tres y siete minutos (ahora siete minutos, para ser exactos). Lo mira, de cabeza a pies, para constatar que es el mismo de siempre, aunque hoy lo haya encontrado más rubio que nunca y más rosado que antes.
Él cuenta sus parpadeos. Ella sus respiraciones. Estación Agüero. Se desocupa su lugar y Justo se sienta delante de la chica, como siempre. Se miran. Él con firmeza, ella con deseo, para ser exactos. Se humedece los labios con delicadeza. Esa mirada logra alterar su respiración, más que la sinusitis. Estación Pueyrredón. Ella empieza a jugar con su cabello: lo enreda con finura entre sus largos dedos, ‘’de pianista’’, dice el padre. Acomoda la espalda en el asiento, se muerde los labios, cruza las piernas. Lo observa. Justo respira más hondo. Maldita sinusitis. Se come un poco las uñas. La chica suspira, como agotada y se humedece los labios nuevamente. Lo mira con lascivia y con párpados, ya algo pesados, lo recorre palmo a palmo. Demora la mirada en sitios estratégicos: los pies de Justo (calza 45 para ser exactos), la entrepierna de Justo, las manos enormes de Justo, los labios finos de Justo, los ojos invernales de Justo. Estación Facultad de Medicina. La boca aún más entreabierta, el ritmo desigual de su respiración delatan el estado de agitación interna. Es el deseo, para ser exactos. Ella lo sigue observando, a veces cierra los ojos por más segundos de lo permitido y cuando los abre, arremete contra Justo, como si fuera espada y látigo al mismo tiempo.
Se levanta. Justo la observa cuando le pasa por el lado. Siente el perfume delicado de su cabello, las formas delicadas de su cuerpo escondido bajo el abrigo. Estación Callao. Son las tres y treinta. Post Meridien para ser exactos. Justo se levanta. Se yergue con toda su humanidad. Se sitúa detrás de ella. Está muy cerca. Ella retrocede el espacio exacto para rozar con su menudo cuerpo lo que pueda de Justo. El vagón abre sus puertas y la chica sale primero. Él la sigue, a prudencial distancia, pero ella camina rápido y se escabulle, con agilidad, entre la concurrida soledad de la estación. Justo apresura el ritmo, a despecho de si mismo (la sinusitis le pasará factura pronto) escaleras arriba, para alcanzarla. Pero como siempre, ella gana (o él la deja ganar, tal vez) y a las cuatro y cero minutos, la chica hace su entrada en la oficina de siempre, con la misma mirada cándida de siempre, con el mismo tiempo exacto de siempre. ‘’Buenas tardes, chicos’’, dice sin prisas. ‘’¿Estamos todos?’’ pregunta con el tono dulce de todas las tardes. ‘’No, falta Justo’’, suelta una voz cualquiera.
A las cuatro y trece minutos, llega él, un tanto jadeante, pero perfecto. ‘’Buenas tardes’’, dice y deja la mochila sobre su escritorio. ‘’Trece minutos tarde’’ dice y ella se da la vuelta para verlo de frente. ‘’Lo siento, Jefa. Aún no me acostumbro a este nuevo horario’’, dice con voz suave. ‘’No te preocupes. Yo también ando llegando casi siempre retrasada. El metro se demora. Diez minutos siempre, para ser exactos’’ y sonríe, con esa media sonrisa forzada que tan bien le ha salido durante años. ‘’Podemos empezar entonces a trabajar chicos. Estamos todos’’ y se ata el cabello, con aquellos largos dedos. Se humedece los labios y comienza la rutina de todas las tardes. Como siempre, para ser exactos.

27 junio 2009

Ya nada es como antes


Discretamente posicionado en la computadora de siempre, observa a las chicas que van llegando. Esa noche, la mayoría son jovencitas ruidosas, salidas en serie: el mismo maquillaje, los mismos rasgos, la misma vestimenta, el mismo ruido. Huecas. No le interesan tan menores. ¿De qué hablarían? Un mohín de desagrado cruza su rostro, cierra los ojos para imaginarse la escena y cuando los abre la ve, delante del mostrador, esperando ser atendida. La estudia con detenimiento: es, por encima de todo, estilizada. La elegancia de sus movimientos no resguarda el huracán de su carácter, que se le nota a lo lejos. Se acomoda los lentes para observarla mejor. Decidida, temperamental como los rizos de la corta y traviesa cabellera, indetenible, a juzgar por la insistencia con que exige una computadora.


Cuando al fin el empleado la atiende, le asigna una máquina cercana a la suya. El corazón se le acelera cuando la ve acercarse. ‘’Milagro’’, piensa. Cuando ella se aproxima, él agacha la cabeza, como buscando algo en el gastado maletín de cuero, la mira de reojo, con todo el disimulo del mundo. Le detalla el anillo de mariposa en el dedo del medio cuando se coloca los audífonos para escuchar música. Le cuenta los parpadeos de sus ojos marrones. Le recorre el perfil caucásico con la mirada palmo a palmo. Por fin una chica interesante en medio de tantas jovencitas vacías. Respira hondo.


Saca una hojita de papel del maletín. Escribe con pausas el mismo mensaje de siempre. Tiempo sin hacerlo. Se siente raro, pero prosigue. Cierra su correo y el messenger. Se levanta de la silla con calma mientras sopesa sus movimientos. Su mano izquierda está aferrada al maletín, mientras la derecha, que tiembla delicadamente, sostiene el papelito. Se va aproximando hasta donde está la chica. Se detiene a su lado y le extiende la pequeña misiva. Ella no se ha dado cuenta de su presencia. Son segundos aterradores para él. Se acerca un poco más, aún con el papel en la mano. La chica lo ve extrañada, sin entender la escena. El humor del sudor del cuerpo del hombre la envuelve y asquea. Él dice, con su voz ronca y pesada: ‘’da para charlar’’.‘’¿Qué?’’ le dice y lo mira con una mezcla de desprecio y estupor, al tiempo que se quita los audífonos.‘’Da para charlar’’, repite. Y le deja el papelito en la mesa.La chica lee la nota, la arruga y la tira al piso. Bufa y el desprecio en su mirada aumenta. ‘’Vete a la mierda’’ masculla y se coloca de nuevo los audífonos. Petrificado por la respuesta, retrocede. Se da la vuelta y se retira, llevándose su voz ronca, pesada, su olor acre. Paga la hora de internet en el mostrador y huye, como casi siempre que pone la vida en una misiva a una desconocida. La chica lo observa por última vez. ‘’Patético’’, piensa. ‘’Ya no hay hombres como los de antes’’ y se pierde de nuevo en su propio mundo.