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23 mayo 2016

La investigación


La mujer abre delicadamente la puerta de la vieja oficina. Lleva un pañuelo azul claro en la cabeza y unos lentes de sol grandes que ocultan su rostro, imposibles en el día nublado que escogió para presentarse.
Duluc la observa. La detalla. Tiene el mismo porte que todas las demás mujeres que entran sigilosas en su oficina. No hay nada de extraordinario en ella. Nada que lo haga conmover.
La oficina está casi en penumbras. Los viejos muebles le dan un aspecto entre tétrico y triste, como si el tiempo se hubiera detenido incierto, sin saber qué hacer, sin avanzar, ni retroceder. Hay una bruma espesa, producto de las innumerables cajetillas de cigarrillos que Duluc consume al día.
‘’Señor Duluc’’ susurra la mujer. El anciano le indica con la cabeza que tome asiento en la salita, al tiempo que vuelve a hundirse entre las carpetas y los papeles que pueblan su escritorio. Pero la mujer permanece de pie. Y del susurro pasa a una voz fuerte, dura. ‘’No pienso sentarme en ninguno de estos sillones de asco’’. La declaración toma a Duluc por sorpresa. ‘’Entonces no se siente, pero va a tener que esperar igual’’, le responde ásperamente. Ella se encoge de hombros. Así que permanece de pie, erguida, con la cartera entre las manos y cada tanto, levanta un pie, sin despegar el talón del piso, y golpea el suelo. El hombre la mira por encima de sus propios lentes e intenta ignorarla, pero cuando escucha el ruido por cuarta vez, deja lo que estaba haciendo, se levanta y la encara: ‘’¡Deje el ruido!’’. ‘’¿Va a atenderme? Fui puntual. Espero lo mismo de usted, señor Duluc’’.
Secretamente impresionado por la determinación de la mujer, Duluc se acomoda los lentes para disimular su repentina admiración. Hacía años que una clienta no lo trataba con tanta fiereza. Siempre le gustaron las mujeres de carácter, aquellas que pasaban por encima de su malhumor, de sus malos modales, de su desdén y lo trataban como si él fuera un alguien totalmente dominable y hasta prescindible.
‘’Pase, entonces, así deja de comportarse como una niña malcriada’’. ‘’Pago sus honorarios, así que tengo derecho a comportarme como me dé la gana, señor Duluc’’ le espeta, con voz aún más dura.
Duluc toma las solapas de su saco y respira hondo. La detalla de arriba abajo. ‘’Pase. Puede sentarse ahí, si no le da a-s-c-o o puede quedarse de pie, como prefiera. Tenga en cuenta que tengo mucho que decirle sobre su caso’’. La mujer entra al despacho. De su cartera saca un pañuelo, lo desdobla y lo coloca sobre el asiento. ‘’Todo en esta oficina es un soberano a-s-c-o’’ dice, remedando al viejo.
El hombre ignora el comentario. De la gaveta saca una carpeta abultada que contiene fotos, informes con fechas, escritos varios detallando actividades de las dos personas que le interesan a la mujer en cuestión. Duluc comienza con su discurso de la única forma que sus modales de hombre rico venido a menos le permiten: ‘’Su marido, señora, no le es infiel; sino infielísimo’’ dice y suelta una risita irónica. Ella permanece imperturbable. El anciano continúa: ‘’Durante las tres semanas que nos pidió que lo siguiéramos, para corroborar su teoría de que su hombre tenía un affair, constatamos que se encuentra con regularidad, digamos unas dos o veces por semana, a la hora del almuerzo a veces y otras en la tarde, alrededor de las 4:00p.m con una dama, y cuando digo ‘’dama’’ señora, me refiero a una mujer tal vez contemporánea con usted, pero con una clase indiscutible’’. Duluc escogió sus palabras con esmero para causar un efecto parecido a la hecatombe en su clienta, pero no lo logró. Ella permaneció inalterable.
El hombre carraspeó, antes de continuar. Quería que cualquier cosa que hiciera o dijera, alterara a la mujer, pero no lo lograba. Ni siquiera cuando le detalló los encuentros de su marido con su amante, ni cuando le contó las veces que los siguieron hasta la entrada del hotel de paso en el que se veían, ni los cafés que frecuentaban, ni los besos en plena calle, amparados por la multitud; nunca logró hacer que la mujer cambiara el ritmo de su respiración, reaccionara, se incomodara. Nada.
Cuando el detective terminó su discurso, la mujer se quitó los lentes por primera vez en toda la tarde y clavó su oscura mirada en el hombre. ‘’Todo eso lo sabía ya, señor Duluc’’ dijo. ‘’No necesitaba la confirmación de que mi marido tiene una amante, como usted acaba de decir. Eso no fue lo que le pedí que investigara ni para eso le pagué. Yo quiero saber quién es ella, dónde trabaja, qué hace cuando está sola, qué restaurantes frecuenta, sin mi marido, claro´´ y esbozó una sonrisa irónica. ‘’Para eso le pagué. Quiero su nombre, número de documento, dirección, todo. Pero no se asuste. Ya debe haberse dado cuenta de que no soy el tipo de mujer que sale corriendo a vengarse de la otra con una cuchillo en la mano, no no no. Eso es para las débiles’’.
Duluc, sorprendido, se levantó del asiento. ‘’¿Pero señora y entonces qué pretende? ¿No quería usted constatar, como todas las mujeres que sospechan que su marido le es infiel, que sí lo es? ¿A qué está jugando? Le agradezco que…’’. La mujer lo interrumpió: ‘’Sé muy bien lo que hace mi marido y desde hace cuánto tiene aventuras amorosas. No necesité de sus servicios para esto, caballero. Yo quiero que recabe los datos que le exigí desde un primer momento y a la brevedad’’.
El hombre la miró fijamente, sin entender. ‘’Pero dígame: ¿qué pretende?’’, le preguntó impaciente. ‘’Entretenerme. ¿Le sorprende? Esta ‘’dama de clase indiscutible’’ como señaló hace un rato usted mismo, no es como las otras. Es muy diferente. Tiene algo que ha hecho que mi marido sea un mejor marido. Digamos que lo ha convertido en un hombre dócil, dulce y hasta interesante. Rasgos que nunca tuvo’’, respondió, sin el tono áspero de voz que había empleado durante toda la reunión. ‘’Yo quiero saber qué tiene esa mujer para haber hecho de mi marido un tipo diferente, digno incluso de mi curiosidad. Él no va a terminar conmigo por ella, lo sé. Y si lo hiciera, le aseguro que me estaría haciendo un gran favor, para acabar con el tedio que es lo único que siempre nos unió. Investigue Duluc. Quiero detalles’’.
El anciano respiró hondo y volvió a sentarse. Mientras mascullaba, iba rompiendo los informes, las fotos, delante de la mujer. ‘’Le digo que nunca…’’, comenzó a decir, pero ella lo atajó: ‘’Nunca diga nunca. Investigue. Quiero llegar al corazón de todo este asunto. Precisamente eso, Duluc: al corazón’’. Se colocó los lentes de sol. Se levantó del asiento y tomó el pañuelo, no sin antes arrugarlo y arrojarlo en la papelera. Dio medio vuelta y salió del despacho, despacio. Abrió la puerta de la oficina y salió.

El anciano bufó. ‘’Hay cada loca en este mundo’’, dijo en voz alta, pero secretamente estaba complacido de trabajar para esta mujer, que buscaba otra cosa, respuestas a verdaderas interrogantes, que van mucho más allá de los hechos. Ese era el tipo de trabajo que le apasionaba: investigar las verdaderas razones que oculta la mente detrás del corazón.

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