20 marzo 2022

La jauría

 


                                                                                                                                            A Danail

Van caminando por una callecita, de las empinadas, de las más oscuras. La ciudad está llena de esas, lo saben, pero esa zona en particular, más. Para ser finales de otoño, está haciendo más frío que de costumbre. Ráfagas de aire gélido los azotan cada tanto, a modo de antesala de lo que será el invierno.

Él le aprieta la mano enguantada, no solo para cerciorarse de que sigue junto a él, sino para resguardarse un poco del frío. Olvidó sus guantes en casa. Tampoco lleva abrigo, sino una chaqueta de cuero, ya bastante gastada, que no lo protege del todo. Si no fuera porque necesita el empleo, se regresaría a casa. Pero se muerde los labios y no se queja. Sabe que ella detesta que él se queje por lo que considera ‘’nimiedades’’, así que no dice nada.

Cada tanto, tararea una melodía y la mira de reojo, para contar inconscientemente con su aprobación. ‘’¿Ya estamos cerca?’’ le pregunta la chica, por dentro de la bufanda que le cubre la mitad de la cara. ‘’Creo que faltan dos cuadras o algo así’’, responde vacilante y antes de escucharla bufar. ‘’Crees’’. No lo sabes. Era de esperarse’’. Él se encoge un poco y saca un papelito del bolsillo de la chaqueta. ‘’Faltan dos y llegamos’’ le dice en voz baja, no sin antes sentirse fulminado por la mirada de la muchacha.

Al llegar a la dirección, ambos se miran sorprendidos. ‘’Es muy…muy…’’ dice él. ‘’Fancy’’ dice ella, usando uno de los tantos anglicismos que emplea para recordarle que él no habla inglés. El chico traga grueso antes de decir ‘’y yo tan mal vestido. No sabía que este lugar era así de elegante’’.

Se acercan despacio al portero de la entrada, que los mira de arriba abajo, con algo de lástima. ‘’¿Se equivocaron de sitio, chicos?’’ les pregunta, al tiempo que les guiña un ojo. ‘’No, creo que no. Tengo una entrevista de trabajo’’ y saca el papelito donde tenía anotada la dirección y se lo muestra al portero. ‘’¡Ah! Eso es por la parte de atrás, por donde entra el personal de servicio’’ y les indica que vayan por el callejón de al lado hasta la única puerta que verán.

Ambos van sigilosos. Al llegar a la puerta, que está entreabierta, escuchan el ruido típico de quienes trabajan en la cocina de un restaurante. Y también risas, muchas conversaciones diferentes en varios planos de mucha gente o al menos de gente muy ruidosa.

El muchacho se asoma por la puerta, sin soltarle la mano a la chica. En segundos se hizo silencio. Ojos ajenos se fueron posando en él sin discreción alguna. ‘’Buenas noches, busco a…¿Oscar?’’ dijo y de inmediato se arrepintió de su pregunta.

Casi todo el personal de la cocina eran mujeres, que lo silbaron y aplaudieron después de haberle visto entrar por esa puerta y en ese lugar en el que se diría no pasaba gran cosa.

La chica lo empujó suavemente y cerró la puerta tras de sí. Si iba a entregar a esa presa, mejor era hacerlo rápido. Se fijó detenidamente en el lugar: Tenía dos pisos. En el primero se preparaban los platillos y en el segundo se lavaba la vajilla. Las chicas del segundo piso suspendieron sus labores y se acercaron a la barandilla a hacer ruido con los cubiertos para que el chico las viera, pero él se abstuvo de levantar la vista.

Cuando llegó Oscar, las mandó a callar. ‘’¡Es a mí a quien buscas! Vienes por el aviso, ¿no?’’ le preguntó, mientras le estrechaba la mano que estaba helada, no solo el frío, sino del susto.

‘’Sí, pero creo que mejor…’’ respondió el muchacho lentamente. ‘’Pero mejor le cuentas bien de qué va el trabajo. Es un muy buen prospecto, ¿cierto?’’ se apresuró a decir la chica. Oscar asintió y sonrió. Le dio una rápida explicación de lo que tenía que hacer y un pequeño recorrido por la gran cocina. Las chicas se le acercaron lo más que pudieron, algunas hicieron el intento de rozarlo. El chico se sintió aturdido. Era la primera vez que esto le pasaba.

Al terminar de hablar, Oscar le preguntó cuándo podía comenzar. El chico iba a negarse, pero la muchacha respondió por él: ‘’¡Mañana mismo! Me aseguraré de venir con él para que no se arrepienta’’ dijo burlonamente. Le extendió la mano aún enguantada al hombre y le sonrió. Oscar hizo lo mismo. ‘’Cerrado el trato. Mañana te espero a las 7:00 p.m. Sé puntual, por favor’’ y los acompañó a ambos a la puerta.

De vuelta al callejón, la chica iba triunfante, pero el muchacho no. En un punto del recorrido se detuvo. ‘’No me gustó ese lugar. ¿Viste cómo me vieron todas esas mujeres?’’ le preguntó angustiado. ‘’Pero mi amor, ¿de qué otra forma iban a verte, si eres hermoso?’’ le respondió en un tono dulce. ‘’Mañana te acompaño de nuevo y ya verás que todo saldrá bien. Los primeros serán difíciles, hasta que te acostumbres’’ le aseguró. ‘’Pero esas tipas allá adentro…’’ insistió. Ella resopló y dio por terminada la charla.

Al día siguiente, no hizo más que pensar en lo que había pasado la noche anterior. No quería ir de nuevo, no quería empezar en ese trabajo, no quería verse expuesto como un objeto a esas chicas, pero no quería defraudar a su novia. Ella había insistido en ese trabajo, ella misma se lo había conseguido. Era algo bueno y fácil para comenzar, al menos, hasta que pudiera tener algo mejor. Era una pena que, sin papeles, lo único que pudiera encontrar era ese tipo de trabajos de medio pelo.

Pocas horas antes de presentarse en el restaurante para su primer día de trabajo, estaba sumamente nervioso. Ni siquiera estaba seguro de poder cumplir con el frenético ritmo que le esperaba y mucho menos estaba preparado para lidiar con las que supuestamente serían sus compañeras de trabajo.

Sin embargo, se dejó llevar hasta el restaurante y llegar a la hora convenida. Durante todo el trayecto sintió cada tanto punzadas en el estómago, pero no dijo nada. No quería que ella pensara que era un pusilánime. La chica lo hizo entrar, no sin antes besarlo, como nunca lo había besado. ‘’Todo va a estar bien’’ le aseguró. ‘’Tal vez te espere despierta, ya sabes, para compensar tu primer día de trabajo’’ le dijo en voz baja. El chico entró y enseguida se oyeron los silbidos de las chicas de la cocina. ‘’¡Hasta que por fin!’’ gritaban algunas, al tiempo que aplaudían la fresca carne, tan tierna, tan hermosa y apetitosa que degustarían esa noche.

La chica se quedó con la oreja pegada a la puerta, hasta que empezaron los gritos, seguidos de más aplausos, jadeos y gemidos. Se alejó tranquilamente y al llegar a la esquina, mandó un mensaje. ‘’Oscar, listo. Paso mañana por el pago. De nada’’. Un par de horas más tarde, leyó la respuesta: ‘’Tú sí que sabes encontrar buena carne. Esta era de primera, según las chicas. Era muy lindo tu chico’’. Terminaba el texto con un emoticono que guiñaba el ojo. Ella sonrió complacida. ‘’Yo sí que sé’’, dijo para sus adentros y se alejó tarareando una melodía, amparada por la oscuridad del callejón.


20 febrero 2022

El ascensor


 

Casi cuatro meses fuera de casa son suficientes para extrañarla. Si bien fueron meses entretenidos, echaba de menos su casa, tan grande, tan espaciosa, tan moderna y elegante.

Haber quedado viuda fue lo mejor que le pudo haber pasado. Era dueña absoluta de una libertad que nunca había experimentado antes. Toda su vida tenía ahora los mismos espacios amplios y libres de su casa. Todos esos espacios estaban llenos de la luz cálida que se filtraba juguetona por los vitrales. Nunca había sabido lo que era la felicidad, solía decir, pero estaba segura de que tenía que ver mucho con esta nueva sensación de libertad que vivía a diario.

Había decidido viajar cada tanto, aunque le marearan los viajes en barco y fueran extenuantes. De todas formas, la travesía valía la pena. Llegar a París era maravilloso y desde ahí planear travesías por Europa, más aún.

Sin embargo, con casi cuatro meses le bastaba. Casi cuatro meses de aventuras, paseos, reuniones sociales, diversión. Había tenido la astucia de permanecer en contacto con los otrora socios comerciales de su marido, por el ‘’nunca se sabe’’. No estaba particularmente dotada para los negocios, pero sí para moverse en ese estrato de la alta sociedad al que había entrado por obra y gracia de su marido.

Regresar a su magnífica casa, después de tanto tiempo, era su recompensa. Había decidido despedir a la servidumbre, poco después del fallecimiento de su esposo y contratar personal por horas. Se sentía una pionera en una ciudad en la que eso todavía no se veía.

Le gustaba no tener que toparse con criados a cada rato. Además, eran un gasto innecesario. ¿Para qué tanta gente a su servicio, si ella se bastaba sola? Una cocinera y una mucama por horas. Y el jardinero cada tanto también. De resto, quería disfrutar de su enorme casa para ella nada más.

En sus últimos dos viajes, había dejado a una señora al cuidado de la casa, no más para mantenerla aireada, limpia, quitarle el polvo, abrir y cerrar cortinas, barrer la entrada de las hojas de los árboles para que no se acumularan, entre otras cosas menores. Nada del otro mundo. Lamentablemente, para este viaje no pudo contar con ella y tuvo que apresurarse para encontrarle reemplazo.

Entrevistó a varias chicas, pero ninguna la convenció, hasta que dio con la indicada, a escasos días de su partida a Europa. Parecía una chica discreta, confiable. Había llegado a la capital desde provincia hacía poco, por lo que aún no se había contaminado de los malos hábitos de los capitalinos y mucho menos de su arrogancia. Le agradó tanto que hasta le ofreció que se quedara en la casa, en vez de ir y venir; cosa que la muchacha aceptó gustosa, así que dos días antes de su partida, la chica se mudó al caserón para familiarizarse con sus tareas.

‘’Esta es la primera casa de toda la ciudad – y me atrevería a decir de todo el país – que tiene ascensor’’ y acto seguido le enseñó el funcionamiento. La chica dio un respingo cuando vio descender la cabina enrejada desde el segundo piso. ‘’Es muy fácil: Aprietas este botón, si la cabina está en este piso, y viceversa. Traba bien ambas puertas. Si dejas la de adentro mal cerrada, el ascensor puede no funcionar o atascarse’’.

Hizo que entrara con ella para subir y bajar un par de veces. La chica se pegó de unas las paredes, entre atemorizada y asustada. ‘’¡Señora, me mareo del susto!’’ y rio. Ella también lo hizo. ‘’Es cuestión de acostumbrarse a la modernidad’’. Después dejó que lo hiciera sola. ‘’¡Esto parece magia!’’ dijo la chica mientras subía al segundo piso, sonriente.

Sin saber por qué, esa conversación fue lo primero que se le vino a la mente cuando el carruaje se detuvo en el portón de su propia casa. Era tal el estado de dejadez que el cochero le preguntó dos veces si estaba segura de la dirección, si esa era en realidad su casa.

La cantidad de hojas secas y ramas en la entrada formaron un manto grueso que se extendía desde el pórtico hasta la entrada principal. Le indicó al cochero que dejara el equipaje, pero que no se fuera. El hombre obedeció.

Antes de entrar, dio vueltas por su propio jardín que lucía mustio, salvaje, desordenado y bastante seco. El asombro y el desconcierto sobrepasaron la rabia que debía haber sentido en su lugar.

En su mente solo se repetía una pregunta: ¿Qué pasó? Entró por la puerta trasera, la que daba a la cocina. El polvo y algunas telarañas habían cubierto sin miramientos los muebles y alacenas.

A medida que avanzaba en su recorrido, se hacía más notoria la falta de meses de mantenimiento. ¿Dónde estaría la muchacha? Estaba claro que no en la casa.

Cuando llegó a la sala, abrió las cortinas y las ventanas. Le hizo señas al cochero para que trajera el equipaje. Una vez que todo estuvo todo adentro, fue a pagarle. El hombre miró alrededor y dijo: ‘’Se van a necesitar muchas manos para limpiar esta casa, señora’’. Ella no respondió de lo contrariada que estaba. Antes de ponerse el sombrero, el cochero añadió: ‘’Y también quien le arregle la cabina esa’’ y apuntó con la cabeza el ascensor. La mujer no se había percatado aún. El aparato se había quedado detenido entre el primer y el segundo piso.

Se acercó y presionó el botón, pero no hubo reacción. Probó sacudiendo las rejas. Nada funcionó. ‘’¿Sabe cómo destrabarlo?’’ le preguntó al cochero. El hombre se acercó a inspeccionar. ‘’No debe ser muy complicado’’ y se dispuso a revisar el mecanismo de funcionamiento del ascensor. Después de varios minutos, consiguió desatascar la traba que estaba en la parte superior izquierda de la puerta tijera para accionarlo y devolverlo al primer piso.

Abrió las puertas e iba a proferir triunfante ‘’¡listo!’’ cuando se dio cuenta de lo que había en el interior de la cabina. ‘’¡Señora! ¡No vea!’’, pero ya era tarde. La mujer lanzó un horrible grito ante la no menos horrible visión: El cuerpo – o lo que quedaba de él – de la muchacha que había quedado a cargo de la casa, rodeado de los artículos de limpieza, yacía sentado en una esquina de la cabina del ascensor.

17 diciembre 2021

Cuatro pasos

 


Las paredes están llenas de moho, de ese que parece musgo, que sobresale por entre los ladrillos y lo cubre todo como una película de humedad, podredumbre, asco y encierro. No se respira el aire del puerto que tímidamente intenta colarse por la diminuta ventanita, sino moho. Se respira moho. Por eso intentan no hacerlo. No saben qué los matará primero, si estar un día más ahí o las náuseas.

No hay luz suficiente para ver el desfile de ratas que van y vienen por toda la celda. Es mejor. Sus chillidos los mantienen alertas.

Los cuatro hermanos menores esperan todos juntos, sentados uno al lado del otro. Ya perdieron la cuenta de cuántos días llevan encerrados así, pero se mantienen firmes. Arrepentirse nunca fue una palabra que estuviera en su escaso vocabulario de piratas.

Tan cerca están que sus muslos se adhieren al muslo contrario. Se mueven solo para lo necesario. Son un bloque tan perfecto que incluso acompasaron sus respiraciones. En cambio, el hermano mayor cambia de lugar con frecuencia. Se mueve por todo el recinto espantando a las ratas con sus pasos.

Cada tanto se asoma por la ventanita y grita, maldice. La suerte está echada, pero eso lo sabía desde siempre. Esa misma suerte que insolente y descarada lo había acompañado durante años, llega a su fin en algún punto, como todo en la vida.

No había querido involucrar a sus hermanos, pero pudo más la codicia que cualquier sentimiento fraterno. Hicieron buena fortuna, estuvieron con todas las mujeres que quisieron, amedrentaron, robaron, saquearon e hicieron todo lo que se suponía un pirata podía hacer en el mar y fuera de él, aunque ellos no supieran a ciencia cierta qué comportamiento debían tener.

Sin embargo, tenían desde niños almas de granuja, así que solo se entregaron a su destino, como quien se lanza al mar desde un acantilado, sabiendo que el agua lo va a recibir de olas abiertas.

Durante años esa fue su vida de aventuras, dijeron ellos; de violencia, dijo el resto. Ahora no son más que prisioneros o la consecuencia de sus propios actos.

El día del juicio llegó tal y como llegó el día que los apresaron: Sin aviso, sin indicios. Los ataron a los cinco con una cuerda y tuvieron a bien hacer nudos de marinero, como si de una burla se tratase, para evitar su escape y su destino.

Cuando los sacaron de la celda para llevarlos a la plazoleta, el aire nuevo, que no fresco, los aturdió, de tan acostumbrados que estaban ya a la podredumbre. Y peor fue cuando la luz cegadora del sol los arrasó, tal y como ellos habían arrasado barcos y cargamentos hasta hacía poco.

El hermano mayor cayó de rodillas y arrastró sin querer al resto. La multitud gritaba enardecida, los insultaba al tiempo que los aplaudía con toda la rabia que nunca habían conocido. ‘’¡Mátenlos a todos de una vez!’’ decían.

Los jueces exigieron silencio para poder leer un veredicto que nunca tuvo un juicio como correspondía a la ley, pero sí una inmediata resolución: Los cinco eran culpables de piratería, asesinato, saqueo, robo y destrozo; entre tantos otros delitos que no se alcanzarían a enumerar.

‘’¡Son el maldito diablo en la tierra!’’ vociferaba la muchedumbre que iba creciendo para asistir al juicio del momento.

La lectura de la sentencia comenzó. El hermano mayor miró desafiante al juez, un hombrecito flaco y pálido, con voz de tiple. Se irguió y echó para atrás sus anchos hombros de manera de parecer más amenazante de lo que había sido toda su vida de pirata. Sus hermanos lo imitaron más por acto reflejo que por propia convicción de su osadía.

‘’Se condena a los hermanos Storzenbecher a morir decapitados, por orden de nacimiento, comenzando por Klaus Storzenbecher. Pero si este, después de habérsele cortado la cabeza, logra dar cuatro pasos, en línea recta, por cada uno de sus hermanos, podrán estos salvar sus vidas y ser eximidos de todos los cargos por piratería’’.

Un sonoro y rotundo ‘’oh’’ recorrió de punta a punta a la multitud. Era imposible que un cuerpo sin cabeza realizara tal hazaña. Klaus se mordió los labios y un temblor lo tomó por sorpresa. La vida de sus cuatro hermanos dependía de él, como había sido desde siempre. Se plantó más firme que nunca para intentar controlar las oleadas de pánico que lo estaban azotando.

Dos oficiales lo separaron del resto de sus hermanos y lo llevaron casi a rastras al centro de la plazoleta. La gente gritaba todos los improperios posibles conocidos y por conocer. A todos los miraba desafiante, como si quisiera recordarlos para después vengarse.

El juez le ordenó a un niño que trazara una línea recta desde donde estaba Klaus parado hasta aproximadamente cinco metros de distancia. Los oficiales que sostenían al pirata lo obligaron a ponerse boca abajo, con la cabeza apoyada en una estructura improvisada a modo de guillotina. Klaus resistió como pudo, hasta que un golpe en las costillas lo dejó sin aire para seguir luchando y fue en ese preciso momento que el verdugo, que había estado todo el tiempo al lado del juez, se acercó para asestar el golpe seco y certero y separar la cabeza de Klaus del resto de su cuerpo, que permaneció rígido, como si hubiera sido electrizado.

La multitud gritó e incluso el propio juez apartó la vista cuando la cabeza de rizos dorados rodó silente hacia un lado. Sus hermanos ahogaron un grito y trataron de mantenerse en pie, para no desmayarse.

Los oficiales pusieron el cuerpo sin cabeza de pie y le dieron un empujón para que se cayera, como era de esperarse, pero el cuerpo dio un primer paso tímido sobre la línea antes trazada. Era imposible creer lo que estaba pasando. ‘’¡Es cosa del diablo!’’ gritaba desaforada la gente. Algunos se desmayaron, otros huyeron despavoridos.

El segundo paso fue menos tímido que el primero. El tercero, si bien vacilante, no se desvió ni un ápice del camino y el cuarto, decidido por ser el último, duró lo suficiente como para cumplir con su cometido antes de desplomarse: Liberar a los hermanos.

El resto del clan Storzenbecher cayó de rodillas, todos riendo nerviosos y llorando. Nadie podía creer lo que acababa de pasar y sin embargo había pasado, a plena luz del día, con testigos a granel.

El juez no podía hablar y tenía los ojos desorbitados de la impresión. Cuando pudo articular palabra, tragó grueso, y con un hilo de voz eximió de los cargos de piratería a los cuatro hermanos restantes, ordenó recoger el cuerpo de Klaus e incinerarlo y hacer desaparecer sus cenizas de la faz de la tierra. ‘’¡Échenlas al mar! ¡Al mar! ¡Es ahí donde ese maldito tiene que estar!’’

26 noviembre 2021

20 segundos


 

El camión recogedor de la basura pasa puntualmente a las 9:00 pm todas las noches, menos los domingos, que pasa a las 6:00 pm.

Él no siempre saca la basura porque no todos los días tienen tanta; sin embargo, sí se encarga de hacerlo. No delega esa tarea en su mujer. Le enseñó a separar los residuos, los orgánicos de los inorgánicos, el plástico, el vidrio, etc. Juntos han ido a varias charlas de reciclaje, clasificación de la basura y reducción de desechos.

A ella no le interesaba el tema en lo más mínimo, pero él logró convencerla y desde hace ya algún tiempo, se metió de lleno. ¡Quién iba a decir que la basura los mantendría unidos! Pero es así. De todas formas, él se cerciora de que esté toda bien clasificada, antes de dejarla en los contenedores enfrente de su casa.

A las 8:45, él baja con las bolsas de basura. Se detiene en el tercer piso y recoge las de la anciana del 3B, desde que la operaron de la cadera y perdió algo de movilidad. Siempre lo recibe con una sonrisa y le ofrece alguna frase motivadora de calendario. ‘’No me cuesta nada hacerlo’’ le reitera él cada vez.

Eso le consume unos cincos o seis minutos. El resto los baja corriendo para que no pase el camión y a ellos los multen por negligentes, cosa que, por fortuna, no ha pasado nunca.

Hoy triunfó, como siempre, y en tiempo récord. No es la gran cosa, lo sabe, pero cumplir con su rol de buen ciudadano, lo alienta y lo deja tranquilo.

A las 9:00 ve acercarse el camión de la basura, por la misma esquina por la que avanza la vecina del 2A. Se divisan y ella apura el paso. Él, por el contrario, ensaya su pose de distraído y cruza la calle de vuelta al edificio con tanta calma que no se parece en nada al tipo frenético que bajó enloquecido hace menos de cinco minutos atrás.

Tanto él como la vecina se encuentran en la puerta y se saludan con un ‘’buenas noches’’ parco y simple. ¿Qué mas tienen que decirse dos vecinos que se ven esporádicamente cuando coinciden de vez en vez?

Ella se adelanta y enciende la luz automática que les dará 20 segundos para dirigirse a sus respectivos departamentos. Sube las escaleras sin premura, en parte porque va cargada con las bolsas de las compras, y en parte porque está cansada. Debería mudarse a un edificio con ascensor al menos.

Él la sigue a prudencial distancia. Han transcurrido cerca de 10 segundos. En el descansillo entre el primer piso y el segundo, él la toma por el ruedo de la falda, como si de un niño que quiere llamar la atención de su madre se tratara.

Ella se detiene en seco, con la respiración un tanto cortada. Él la abraza por la cintura y le libera la nuca del cabello. ‘’Estoy sudada’’ se queja. ‘’No me importa. Me gustas como estés’’ le responde él con voz ronca.

Los segundos restantes de la luz se vencen. Él desliza la mano derecha por entre los muslos de la mujer. Ella se inclina un poco más hacia él hasta frotarlo con rítmicos movimientos circulares suaves, pero decididos. Se sienten arder de a poco. En un punto, ella se da la vuelta, como puede, y lo besa.

Ese beso largo, húmedo, desesperado, íntimo dura poco, pero lo suficiente como para mantenerlos a ambos en vilo y felices por escasos minutos. ‘’Esta noche tendré insomnio. Deja abierta la puerta de tu departamento. Claro, si quieres que te visite sonámbulo’’ dice en voz baja, al tiempo que ríe.

Ella no puede contenerse y también ríe con esa risa pícara y a la vez tierna que a él le fascina. ‘’Abierta quedará. Este finde estaré libre también. No me toca trabajar. Tal vez puedas escaparte un rato, no sé, tal vez algún otro episodio de insomnio puede afectarte’’ explica ella en susurros. Se separa y vuelve a encender la luz. Se despide con mirada anhelante y sube hasta su departamento. Segundos después él hará lo mismo, antes de que la luz vuelva a apagarse.

Cuando llega a la puerta de su casa, respira hondo y se pasa las manos por el cabello. Ve a su esposa en el sofá, totalmente dormida, con la tele encendida. Se acerca despacio y la besa en la frente. ‘’Mi amor, te quedaste dormida. ¿Vemos una peli juntos? Aún es temprano para irnos a acostar’’. Ella asiente y le hace espacio.

La abraza y ella apoya su cabeza en su hombro. No tarda en quedarse dormida de nuevo. Él va haciendo zapping, mientras mata el tiempo para fingir un nuevo episodio de insomnio.

 


15 octubre 2021

Alzheimer

 


Ha acondicionado su habitación, al fondo de la gran casa, para que sea lo más acogedora posible y se parezca a la que una vez fue su cuarto de estudiante, cuando se fue de la casa de sus padres para estudiar y labrarse el brillante futuro que tenía supuestamente ante sí.

Tiene incluso una cocinita eléctrica para prepararse sus antojos y así no depender de la comida que sin ningún esmero le preparan a él y al resto de los pacientes. No le gusta autoproclamarse como tal, pero no encuentra otra forma.

Su vida ahora es muchísimo más satisfactoria y plena que cuando estaba libre, si es que alguna vez lo fue mientras estuvo allá afuera, en el mundo. Sin rutinas ni responsabilidades, solo está él consigo mismo y su propia compañía le agrada, mucho más de lo que pensó, cuando tomó la decisión de ser internado.

Mientras repasa los últimos 10 años de la vida que ha llevado en esta casona que le sirve de refugio, escucha los pasos conocidos de la enfermera que se detienen en su puerta y antes de que la chica golpee, él ya le ha dicho que puede pasar.

Nerviosa y casi sin aliento le avisa que su esposa está en la recepción. ‘’¿Qué? ¿Cómo? ¡No es día de visita hoy!’’ responde irritado. ‘’Pues aquí está, con un ramo de flores y todo’’, le informa la chica. ‘’Qué mujer de mierrrr…Perdona, perdona. No quise ser grosero o al menos no contigo’’ se disculpa y continúa: ‘’¿Qué le dijeron?’’ indaga. ‘’La atajaron en la entrada, pero seguro que irá a escabullirse hasta su habitación, ya sabe, la compartida. ¿Qué hacemos, don?’’ pregunta la chica, más nerviosa que antes. ‘’Deja que me cambie y me vaya hasta el jardincito. Tú haz como si no me hubieras encontrado en mi cuarto’’ dice, mientras uso los dedos para crear comillas imaginarias en esas últimas dos palabras.

La chica asiente y sale veloz de la habitación. El hombre se cambia tan rápido como puede y tiene el tino de despeinarse y ponerse la bata de baño al revés, para parecer más desubicado y perdido en su propio mundo que nunca. ‘’Vieja hija de puta’’ masculla, al tiempo que se escapa por la ventana para ir hasta el jardín. Y ahí se queda, tranquilo en apariencia, sentado en una de las sillas de metal, viendo para el cielo. ‘’En algún punto me gano el Oscar al mejor actor’’ piensa divertido para sus adentros. Sonríe.

La mujer lo ve y casi se abalanza sobre él: ‘’¡Mi amor! ¡Aquí estás!’’ grita con su voz desagradable de siempre y haciendo esos ademanes que a él terminaron por asquearlo hace mucho tiempo. ¿En qué momento el amor le dio paso al horror? Porque es justo eso lo que siente cuando piensa en ella o cuando la ve llegar: Horror.

‘’¡Mamá!’’ le dice y la envuelve en un abrazo infantil e incluso tierno. La enfermera, parada a prudencial distancia ahoga una carcajada, mientras él le guiña un ojo. La mujer se lo quita de encima con prisa, casi molesta. ‘’No soy tu madre, Ramiro. Soy tu esposa’’ le dice enfadada. De mala gana le entrega el ramo de flores. El hombre lo recibe sonriente. ‘’Es primavera aquí en París’’ dice. ‘’Ramiro, mi vida, no estamos en París, nunca estuvimos’’, le responde ella, descorazonada, mientras le pasa la mano por los cabellos para intentar peinarlos.

Se desploma en la silla al lado de la que él ocupaba y lo obliga a sentarse a su lado. El hombre se deja llevar e insiste en llamarla ‘’mamá’’. Le encanta usar ese personaje. Sabe bien lo mal que se la llevaban ella y su madre. Hacía tiempo que no la confundía de esa forma. Se lo merece, por haberse aparecido sin avisarle, el día que no tocaba visita.

Él alterna entre episodios de ‘’te reconozco y no’’ durante toda la visita para exasperarla. Ha estudiado bien sus personajes y después de tantos años rodeado de personas que se perdieron en los vericuetos de sus propias mentes en serio, ha aprendido varias cosas que va poniendo en práctica en cada visita.

Le encanta ser otros porque siempre quiso hacer teatro, dedicarse a ese arte, pero la vida lo llevó hacia otros rumbos, en los que quedó atrapado durante mucho tiempo, hasta que decidió liberarse, a su manera.

Después de un rato que le parece eterno y en medio de uno de esos episodios de ‘’sé quién eres y qué eras en mi vida’’, le confiesa que está cansado, que es mejor que se vaya, que él quiere dormir una siesta y que gracias por las flores, preciosas y aromáticas, que compró para él. Se levanta de la silla y le dirige una mirada tierna a la enfermera, que se apresura a llevarlo del brazo. ‘’Te compré flores, mi amor’’ le dice con voz pícara, al tiempo que le guiña un ojo. ‘’Es usted tan amable, don’’ le responde ella, tomando el ramo de flores.

Su mujer lo observa con rabia. ‘’Me gasto un buen dinero en esas flores del carajo para que este imbécil se las dé a otra, que quién sabe con quién confundirá. ¿Tal vez crea que soy yo de joven? ¿Qué tengo que hacer para que este malparido me reconozca, me recuerde del todo?’’ piensa.
Se abre paso entre ambos, de manera de separar a Ramiro de la enfermera, para abrazarlo y besarlo. Él se hace el sorprendido, el que no sabe quién es ella, ni qué hace ahí, mirándola con un desprecio mal disfrazado. Se aleja, con el movimiento ya no tan grácil de sus enormes caderas que en algún tiempo a él le parecieron jugosas y carnales y ahora solo le da grima ese exceso de grasa mal distribuido.

Respira hondo. ‘Voy a darme un largo baño, porque ese perfumito de cuarta que usa, se queda impregnado en todo lo que toca esta vieja’’, refunfuña. ‘’Hoy estuvo estupendo, don. Debió haber sido actor. No me canso de repetírselo. ¡Casi no aguantaba la risa!’’ confiesa divertida la enfermera. ‘’Te conté, bueno... a ti y a las demás chicas, que siempre quise ser actor, pero la vida me fue llevando hacia otros derroteros’’ explica, mientras se inclina y hace un movimiento, a modo de reverencia. Ella aplaude y sonríe.

‘’¿Qué hago con las flores?’’ pregunta, viendo con detenimiento el ramo. ‘’Son meros cadáveres, ya, querida, pero me las llevo, no te preocupes’’, responde. Se peina un poco el cabello con las manos, se quita la bata y se la cuelga en el brazo izquierdo y se va silbando a su habitación, la del fondo de la gran casa. Mientras prepara el baño, mira el ramo y con desdén lo tira a la basura. ‘’Pobre diabla. Voy a esperar a que te mueras de vieja, nada más para llevarte yo flores a tu tumba’’.

21 septiembre 2021

La segunda dosis


Hace infinitos minutos que el hombre está sentado en la mesa de la confitería que da a la calle. Revisa su celular con impaciencia a espera del mensaje, hasta que la mujer llega con retraso adrede arrastrando el carrito de las compras, con un par de tonterías adentro compradas únicamente con el fin de que todo parezca muy casual, como si llegara a la cita sin un ápice de la ansiedad que la ha corroído desde que él la invitó a salir.

Su nerviosismo se incrementa cuando la ve acercarse. Se acomoda el barbijo al tiempo que se levanta con dificultad y le extiende el puño. Es el saludo norma de los tiempos pandémicos que están viviendo. Ella responde el saludo de la misma forma, pero se queda a prudencial distancia, de manera de quitarse el barbijo y esbozar una sonrisa sincera:

-  Es un placer verte, Dalmiro.

- ¡Qué placer ni que nada! ¡Si soy un viejo decrépito ya! – dice, mientras siente el avance del rubor en sus mejillas.

- Ni que fueras tan viejo. Me llevas tan solo cinco años de ventaja… - responde ella en voz baja, a modo de confidencia.

Ambos se sientan y se observan discretamente de a ratos, mientras la charla descansa sobre un colchón de trivialidades. ¿De qué pudieran hablar? ¿De sus respectivos achaques, del paso inexorable del tiempo, de la pérdida del amor y de su deshonrosa soledad? Eso no los llevaría a lo que el uno desea del otro: compañía; pero tienen el tino de no abalanzarse sobre declaraciones aún prematuras.

- Me gusta mucho poder estar aquí contigo – confiesa él risueño.

Ella se limita a asentir. Siente cómo el corazón le cabalga de prisa y esa urgencia ya conocida de gustarle a un hombre, de pretender ser una femme fatale y seducirlo. Esas sensaciones que creía olvidadas están presentes, como el último regalo sensorial de la vida.

En un momento de la charla, el hombre se levanta para ir al baño. Ella se queda sentada en la mesa, inquieta. Trata de organizar sus pensamientos y de pensar cómo llevar la conversación a otro nivel, al de la invitación a su casa, la de él. Por respeto a su marido, ella no llevaría a Dalmiro a su casa y no porque no sea osada, sino porque le guarda un mínimo de respeto desde que lo internó en el ancianato. Vivo todavía está, pero ausente; así que el plan de tener a otro hombre en su casa está descartado.

Con paso lento, Dalmiro regresa a la mesa y se sienta. Sin mucho preámbulo, le pregunta si le gusta el fútbol, si le interesa porque justo hoy, a la tardecita, jugaba la selección.

‘’¡Es el momento!’’ piensa ella. Ningún deporte le interesó jamás y mucho menos el fútbol, pero tiene el tino de preguntarle si jugaba Messi, porque era un espectáculo verlo. Dalmiro sonríe y todo su rostro de 78 años se ilumina: ‘’¡Sabía que te gustaba el fútbol! ¡Es que lo sabía!’’ dice encantado. Por algunos minutos, se derrama en un discurso verborrágico futbolero y ella finge interés, le sonríe, asiente, hasta que por fin él llega al momento de la propuesta:

- ¿Quieres venir a casa a ver el partido? Tengo té, café, mate y bizcochitos light. Los de grasa me los prohibió el doctor’’ dice riendo tiernamente.

 - Me encantaría - responde y prosigue: Mi tele es pequeña y no puedo disfrutar de los partidos como Dios manda.

- Hace un par de meses, me compré una bien grande para ver todo mejor. Ya verás la resolución que tiene, manifiesta.

Los dos siguen hablando, mientras la ansiedad va ganando terreno en ella. Esto puede ser el comienzo de una nueva relación, de un presente en compañía, de estar con alguien con quien conversar, discutir, salir a dar una vuelta. ‘’Sola y aburrida nunca más’’ piensa.

- ¿Quieres que vayamos directo o tienes que pasar tu casa antes? Te pregunto porque veo que tienes compras. Tal vez tengas algo que necesite refrigeración, no sé – indaga Dalmiro.

- No, no tengo nada importante, ni que necesite ir directo al refri. Descuida – responde, al tiempo que le guiña un ojo.

El hombre sonríe. Le gusta mucho estar con ella. Desde que quedó viudo, hace ya tantos años atrás, no se sentía atraído por ninguna otra mujer y si ahora todo avanza como él espera que avance, será una buena manera de seguir llevando la vida. Sin embargo, hay algo antes que él debe saber. Se aclara la garganta y escoge con cuidado las palabras para hacerle la pregunta que definirá todo:

- Dime una cosa antes, ¿tú…ya tienes la segunda dosis? -pregunta en voz baja.

La mujer parpadea. No se esperaba esa pregunta. En el mismo tono de voz bajo y secreto, le responde: ‘’No, Dalmiro. La primera me la dieron hace unos meses atrás, pero me despisté y perdí el turno para la segunda. Ahora tengo que esperar a que…’’. El hombre no la deja terminar. ‘’¡Es una insensatez!’’ dice en voz alta, al tiempo que golpea la mesa con el puño cerrado, alterado.

Las demás personas de las mesas vecinas los observan impresionados. Dalmiro sigue contrariado e inmerso de repente en otro monólogo sobre las ventajas de la vacunación contra el virus que desde hace algún tiempo azota al mundo. Culmina su declaración con un ‘’no puedes ser tan tonta’’ lleno de ira.

Se levanta con la dificultad propia de sus 78 años, deja dinero en la mesa y sin despedirse, deja la confitería de mala gana. La mujer se queda aún más contrariada que el propio Dalmiro. No pensaba que esto fuera tan grave. A fin de cuentas, el tiempo que están viviendo ya ambos es de descuento. ¡Qué importa la vacuna! ¡Qué importa el virus!

Se queda unos instantes más, esperando a que cese el cuchicheo de las mesas vecinas sobre lo que acaba de pasar. ‘’Qué mala pata’’ piensa. Ahora va a tener que empezar todo de cero o esperar a tener la segunda dosis.

 

 

 

 

13 julio 2021

El balcón de enfrente

 


Debía mudarse de prisa, así que el primer depto que encontró, que más o menos le interesó, fue el elegido. Estaba dentro de sus posibilidades y sobre todo, tenía algo que hacía rato quería en un depto: Ventanas grandes.

 

Este tenía dos, una en la habitación y otra en la sala. La de la sala daba a la parte de atrás de otros edificios y uno de ellos tenía un balcón discreto, rodeado de las ramas benévolas de unos árboles vecinos.

 

Decidió que ahí pondría su escritorio y la computadora. Si tenía que pasar parte del día trabajando, al menos que el verde de los árboles le refrescara la vista.

 

No tardó en adaptarse a su nueva casa y a la que sería su nueva rutina en ese espacio. No solo empezó a gustarle estar ahí, en esa ventana, mientras trabajaba, sino que encontró simpático verse observada por el vecino de la casa de enfrente.

 

Era un tipo de unos cuarenta y pocos años, con aire de intelectual, a decir por los lentes y la hermosa biblioteca que ella veía con envidia, aunque también pudiera no serlo y tener todos esos maravillosos libros de mero adorno. Eso no importaba, en realidad. Le gustaba verlo sin verlo y jugar a no prestarle atención, cuando en realidad estaba atenta a sus movimientos.

 

Empezó a contar las veces que él aparecía y se quedaba viéndola unos instantes. Ella fingía concentrarse en sus tareas, fingía anotar cosas en un cuaderno, hacer caras que variaban entre el supuesto análisis de datos irreales hasta la desesperación por no encontrar solución a X o el triunfo por haber encontrado solución a X.

 

Nunca pensó que algo tan infantil y banal sería tan entretenido, de lunes a viernes. Su vecino de enfrente se convirtió en su compañero de trabajo sin saberlo y sin saber que ella lo observaba y cada vez más estaba familiarizada con su rutina y cómo la fue adaptando para estar más tiempo en su balcón y verla.

 

Porque eso, sobre todo, la enternecía: El desconocido fue cambiando su hábito balconero para estar más tiempo ahí y observarla. Ella incluso le comentó a sus colegas de los episodios de salidas diarias al balcón del vecino y a sus amigas les detalló su falta de belleza física, la blancura extrema de su torso en verano, las plantas que fue comprando y las mil tazas de café que se tomaba al día para pasar más tiempo al aire libre, en su balcón, mientras ella se mostraba concentradísima en sus tareas.

 

De igual modo, supo de la existencia de la mujer que compartía esa casa, pero que sentía cero interés por ese balcón y tal vez cero interés por ese hombre, a juzgar por la falta de cariño con que lo trataba.

 

En ese tiempo atípico, pandémico, raro en todo sentido y sobre todo caótico, esos encuentros vecinales que de fortuitos pasaron a ser rutinarios para ambos, fueron necesarios. Más para él que para ella, pero eso ella no lo sabía.

 

Una vez, cuando salió a comprar algunas cosas, se lo topó en la tienda de frutas. Lo reconoció por su cabello desordenado, sus lentes de intelectualoide y por la remera rosa que varias veces ya le había visto usar en el balcón, cuando se ocupaba de sus propias plantas. Quiso saludarlo y decirle que era ella, la vecina del depto de enfrente, pero se contuvo. Hacerlo equivaldría a reconocer que ella también lo observaba y que había descubierto su rutina para estar con ella, a distancia.

 

Así transcurrieron algunos meses. Sin embargo, en esa casa  ajena hubo cambios y ella estuvo atenta a todos ellos. Él dejó de aparecer con frecuencia en el balcón y las veces que lo veía, él no se asomaba tanto como antes y tampoco tenía ya el porte de quien es dueño, sino un mero visitante. 

 

Ella creyó entender que él se había marchado, que ese balcón ya no era su balcón y que algo se había roto; no con ella, precisamente, si no algo de él, con su propia mujer o dentro de sí mismo.

 

La última vez que lo vio pasar tiempo de sobra como antes, fue en un magnífico día de sol invernal. Se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.