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09 septiembre 2016

La fiebre



Antes de que toque el timbre, sabe que es ella. Así que se levanta de la silla y corre hasta la puerta. La abre. Lo mira sorprendida. ‘’¿Cómo sabías que era yo?’’. ‘’¡Shh! Baja la voz que duerme. Reconocí tus pisadas. Nada más que eso’’. ‘’¿Está en su cuarto?’’ pregunta con un tono de voz muy, muy bajo. ‘’Sí. Desde hace dos días. Si sigue así, creo que deberíamos llamar a un médico’’. ‘’Tranquilo. No creo que sea nada grave. Un simple malestar, seguramente’’.
Se dirige al cuarto de Simón, quien está en su cama, cubierto hasta la cabeza con el edredón de plumas, a pesar de los 25 grados del día, y acurrucado sobre su lado izquierdo.
Se sienta con delicadeza en la cama y va descubriendo poco a poco ese cuerpo que tan bien conoce. Simón aún no despierta, no nota su presencia, no sabe cuando aquellas manos se posan sobre su espalda y lo palpan, lo acarician, lo recorren. Solo cuando la muchacha le coloca una mano en la frente y siente que él está hirviendo, es que reacciona. Entreabre los ojos y solo atina a preguntar ‘’¿tú, aquí?’’ desganado. Ella asiente, al tiempo que lo descubre totalmente.
42 grados de fiebre.
Desviste al chico por completo y lo deja desnudo en el medio de la cama. Con una toalla húmeda va recorriéndole el cuerpo de arriba hacia abajo, para obligar a la fiebre a abandonarlo; y después de abajo hacia arriba, para que recupere la energía.
Simón parecería inerte, sino fuera por las tímidas, pero a la vez violentas sacudidas que le causa la fiebre, en su afán por adueñarse más de él.
Empieza entonces a preparar compresas de agua fría con alcohol. Seis en total: una para cada tobillo y cada muñeca, otra para la nuca y otra para la frente. A veces Simón parpadea y la mira sin verla del todo. Intenta decirle algo, pero ella lo calla, colocándole suavemente el índice sobre los labios. ‘’Descansa, amor’’ y lo besa con la delicadeza que le es propia.
41 grados de fiebre.
Va cambiando las compresas con regularidad durante la próxima media hora. Y a medida que lo hace, besa las palmas de las manos, hombros, rodillas, cuello. Le arregla el cabello lo mejor que puede. Recorre aquel cuerpo sin premuras, no con la lujuria que los dominó durante los años que estuvieron juntos, sino con la ternura y sutileza que nunca tuvo antes para él.
40 grados de fiebre.
Retira todas las compresas, cambia las sábanas y viste a Simón como si fuera un niño que está dormido. Lo abraza. El muchacho despierta del letargo en el que se ha visto sumido estos dos últimos días. Intenta liberarse del abrazo, pero no tiene fuerzas, ni físicas ni espirituales, así que después de unos minutos, se abandona en ella por completo. ‘’¿Para qué viniste?’’, le pregunta. ‘’Para salvarte. Es lo único y lo último que me quedaba por hacer’’, le responde y le besa los labios agrietados por la fiebre. Simón reacciona del todo y se abandona también en aquel beso.

39 grados de fiebre.
‘’Descansa’’ le ordena sin hacerlo. Simón se acurruca sobre el lado izquierdo y la chica lo arropa hasta la cintura. Antes de abandonar la habitación, lo besa en la frente y musita ‘’adiós, amor’’.
Al cerrar la puerta, se dirige a la cocina. El chico está fumando en la ventana. ‘’Está mejorando. No creo que necesite un médico’’. Él sonríe: ‘’Bien. Cada vez es más caro enfermarse en este país’’. La acompaña entonces a la puerta. ‘’Gracias. Como siempre’’ y la despide con un abrazo, impropio de su naturaleza esquiva.
38 grados.
Simón despierta pasadas las 9:00 de la noche. El hambre acumulada le estalla en el cuerpo. Se levanta y aún algo mareado, camina hacia la cocina.  El muchacho al verlo exclama: ‘’¡Y al casi tercer día resucitó de entre los muertos!’’. Simón le responde: ‘’Eres un tarado. ¿Qué hay para comer? ¡Muero del hambre!’’ y se desploma sobre una de las sillas. El chico le sirve un plato de arroz con pollo y verduras y un vaso de agua. ‘’¡A devorar!’’, le dice. Al terminar, Simón pregunta:
- ‘’¿Volverá Camila mañana?’’ Hoy ha sido una enfermera extraordinaria’’.
- ‘’¿Eh? ¿De qué me hablas, hombre?’’.
Simón repite la pregunta y añade:
- ‘’Camila estuvo parte del día aquí, cuidándome. Tú debiste haberle abierto porque ella ya no tiene llaves de esta casa. Quisiera llamarla para agradecerle todo lo de hoy’’.
- ‘’¡Pero la fiebre te ha dejado inútil! ¡Con el cerebro frito! Aquí no ha entrado nadie y además, hasta donde yo sé, tu ex sigue en España, seguro que en los brazos de su noviecito. ¡Basta ya, supéralo, hombre!’’.

El chico entonces sale de la cocina hacia su cuarto. Simón, perplejo, no puede articular palabra ni ordenar sus pensamientos. Todavía siente el perfume de Camila en su cuerpo, donde quedaron sus besos, el camino recorrido por sus caricias y su voz diciendo: ‘’Salvarte es lo único y lo último que me quedaba por hacer’’. 

2 comentarios:

Ana Rosa dijo...

Ohhhh que historia más bonita!
Pensé que hablaba de un niño, no me esperaba el final jejejeje
Querida mía, ya que estoy por estos lares, te visitaré con más frecuencia.

Emma... dijo...

Muy lindo! No me esperaba ese final...