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05 noviembre 2017

La visita



La mujer se sienta despacio en el banco de concreto y coloca el ramillete de flores blancas a un lado. La tímida sombra del árbol no alcanza para cobijarla. Por fortuna, el clima es benévolo esta vez y el sol no arrecia, como casi siempre.
Antes de empezar a hablar, se aclara la garganta. ‘’Cada vez me es más difícil venir, ‘’creo no podré hacerlo tan seguido como antes’’. Intercala largos silencios entre tan pocas frases. Teme la reacción de la niña, que hasta ahora sigue aparentemente absorta en su juego con las flores del jardín.
La mujer se inclina un poco, para quedar lo más cerca posible del borde del banco y de la niña. Le acaricia con ternura y delicadeza extrema el lacio cabello. La niña arranca una vulgar flor amarilla, de las tantas comunes que crecen sueltas, se da la vuelta y mira a la mujer: ´´¿Por qué?’’ pregunta filosamente, con un tono de voz que presagia un berrinche, un reclamo.
‘’Porque…no me dan más las fuerzas. Ya no soy joven y estoy muy cansada…’’. La pequeña arquea una ceja, estruja la flor y mientras la observa deshacerse, vuelve a preguntar: ´´¿Por qué?’’.
‘’A veces no se puede, mi amor. Ya no tengo la misma energía de antes. Hoy pude salir y venir a verte, pero ¿cuándo podré hacerlo de nuevo? ¿Cuándo me dejarán? Ya te digo que estoy agotada…’’
Sin entender del todo la queja velada de la mujer, la niña la abraza sin emoción, sino más bien como un acto aprendido en algún manual de vida. ‘’Es que estoy tan sola…’’ suspira. La mujer la atrae hacia sí y la abraza sinceramente, le besa los cabellos, le acaricia las mejillas. ‘’Mi niña…’’ suspira. ‘’No sé cuándo volveremos a estar juntas’’.
Después de un largo rato, la pequeña vuelve a sentarse en el piso y a quedar absorta en su juego con las flores del jardín. ‘’Debo irme. Tengo un largo camino y empieza a oscurecer’’ explica quedamente la mujer, al tiempo que apoya la mano en el bastón.
Sin levantar la vista y aún de espaldas a ella, la niña responde un ‘’bueno’’ desprovisto de emoción, como si le molestara la presencia de la mujer o como si nunca le hubiera importado.

Antes de levantarse del banco, respira hondo, cierra por segundos los ojos y musita ‘’mi pequeñita, mi amor’’ y deposita sobra la tumba de la niña el ramillete de flores blancas. Poco a poco se va alejando y el ruido del golpe del bastón es lo único que resuena en el silencio del viejo cementerio.

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