Finalmente los ''Cuentos para pasar el rato'' también disponibles en inglés :)
05 diciembre 2017
05 noviembre 2017
La visita
La mujer se sienta despacio en el
banco de concreto y coloca el ramillete de flores blancas a un lado. La tímida
sombra del árbol no alcanza para cobijarla. Por fortuna, el clima es benévolo
esta vez y el sol no arrecia, como casi siempre.
Antes de empezar a hablar, se
aclara la garganta. ‘’Cada vez me es más difícil venir, ‘’creo no podré hacerlo
tan seguido como antes’’. Intercala largos silencios entre tan pocas frases.
Teme la reacción de la niña, que hasta ahora sigue aparentemente absorta en su
juego con las flores del jardín.
La mujer se inclina un poco, para
quedar lo más cerca posible del borde del banco y de la niña. Le acaricia con
ternura y delicadeza extrema el lacio cabello. La niña arranca una vulgar flor
amarilla, de las tantas comunes que crecen sueltas, se da la vuelta y mira a la
mujer: ´´¿Por qué?’’ pregunta filosamente, con un tono de voz que presagia un
berrinche, un reclamo.
‘’Porque…no me dan más las
fuerzas. Ya no soy joven y estoy muy cansada…’’. La pequeña arquea una ceja,
estruja la flor y mientras la observa deshacerse, vuelve a preguntar: ´´¿Por
qué?’’.
‘’A veces no se puede, mi amor.
Ya no tengo la misma energía de antes. Hoy pude salir y venir a verte, pero
¿cuándo podré hacerlo de nuevo? ¿Cuándo me dejarán? Ya te digo que estoy
agotada…’’
Sin entender del todo la queja
velada de la mujer, la niña la abraza sin emoción, sino más bien como un acto
aprendido en algún manual de vida. ‘’Es que estoy tan sola…’’ suspira. La mujer
la atrae hacia sí y la abraza sinceramente, le besa los cabellos, le acaricia
las mejillas. ‘’Mi niña…’’ suspira. ‘’No sé cuándo volveremos a estar juntas’’.
Después de un largo rato, la
pequeña vuelve a sentarse en el piso y a quedar absorta en su juego con las
flores del jardín. ‘’Debo irme. Tengo un largo camino y empieza a oscurecer’’
explica quedamente la mujer, al tiempo que apoya la mano en el bastón.
Sin levantar la vista y aún de
espaldas a ella, la niña responde un ‘’bueno’’ desprovisto de emoción, como si
le molestara la presencia de la mujer o como si nunca le hubiera importado.
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18 octubre 2017
Casi
Me le acerqué al único hombre del
bar que bebía un vaso de gin tonic. Suelen ser más sofisticados, tranquilos, algo
tímidos, menos vulgares, exquisitos y buenos amantes. En segundos fingí ser una
hábil seductora. Me quedó tan bien el teatro que el hombre se volvió más tonto
que nunca y me lanzó algunos piropos de su autoría. La chica, parada detrás de
él, echaba chispas. Tenía la boca fruncida, el entrecejo hundido de la rabia.
´´Vámonos, que se nos hace tarde´´ le ordenó al hombre y lo llevó casi a
rastras, a pesar de que él se quería quedar hablando conmigo y yo quería seguir
jugando a la femme fatale. ‘’Esta vez casi ganas’’, masculló la chica entre
dientes. Y se alejaron.
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12 septiembre 2017
Cuentos para pasar el rato- Versión impresa
El primer ebook de Cuentos para pasar el rato se puede conseguir ahora en su versión impresa.
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13 agosto 2017
El lago
El
lago le causaba una curiosidad imposible; así que a veces se escapaba de clases
bajo cualquier pretexto y se iba a contemplarlo. Su madre le tenía prohibido ir
sola. ‘’¿Y si te caes? ¡Tú no sabes nadar!’’, le decía. Pero su madre era muy
temerosa e insegura y tenía muy poca confianza en ella, su hija. Por tanto,
escaparse a veces para ir al lago era una muestra silente de su madurez y
también de su rebeldía. ¡Su madre tenía que saber con quién estaba lidiando!,
aunque claro, nunca lo sabría, a menos que la descubriera y eso nunca pasaría.
Amaba
la libertad que le daba el estar sola ante la inmensidad del lago. Sus aguas
tranquilas desvanecían cualquier preocupación innecesaria a sus 11 años. Jugaba
a tirar piedrecillas y ver cómo formaban tímidas ondas en la superficie. A
veces se quedaba absorta observando el agua calma. Otra veces vagaba por la
orilla y se quedaba lo suficientemente cerca hasta hundir los pies en la arena
húmeda.
La
tarde que decidió no ir a la escuela (aunque se despidió de su madre como todos
los días) tomó el camino de siempre, pero a la mitad, se desvió adrede, tal y
como había planeado. Sin embargo, había mucha neblina. Tuvo que detenerse
varias veces para que sus ojos se acostumbraran a la poca visibilidad. Tenía la
certeza de estar en el camino correcto. ¡Lo había recorrido ya tantas veces!
pero la densa neblina la hizo dudar.
¿Retrocedería o seguiría avanzando? El invierno sería implacable como todos
los años y ella tendría que esperar durante largos meses para poder volver al
lago. Decidió entonces avanzar, después de pensarlo mucho. No había marcha
atrás.
Dos
horas después y sin saber cómo, creyó llegar al lago. El escenario parecía tan
diferente. Se veía pequeño, oscuro. La vegetación parecía muy densa, como si
fuera a abalanzarse sobre ella y devorarla. No parecía su lago del todo. El
ambiente mostraba ya su cara menos amable, todo estaba casi marchito, los árboles
desnudos y sin gracia y la pátina transparente y cruel del hielo comenzaba a
congelarlo todo a su paso.
Se
detuvo en la orilla, no sin antes quitarse la mochila y dejarla en el suelo.
Gritó: ‘’¡Llegué!’’ y el eco de su grito resonó en el silencio del lugar. Se
agachó y tocó la superficie con los nudillos, como si tocara una puerta, para
cerciorarse de que estaba lo suficientemente dura para soportarla. Avanzó unos
diez pasos. Observó el lago a sus pies: transparente, casi congelado. Era todo
tan raro. Desestimó su aprehensión infantil. Dio otros diez pasos sin
percatarse de que la neblina se había hecho más densa y dificultaba la visión.
La aprehensión dio entonces paso a la maravilla. Se sintió poderosa y feliz.
Continuó caminando tan segura de sí misma que cuando el hielo empezó a resquebrajarse
en su parte más fina, ella no lo notó; al contrario, siguió avanzando,
convencida de que llegaría al centro del mismo lago.
El
hielo, mucho más delgado y frágil, dado que aún no era del todo invierno, fue
cediendo ante el peso de la niña. Los últimos ocho pasos que logró dar hicieron
que el hielo cediera por completo y que fuera tragada sin misericordia hasta el
fondo del lago. El frío congeló sus pulmones en segundos y quedó atrapada con
una expresión de sorpresa en su rostro de niña. El agujero que formó su cuerpo
en el hielo fue instantáneamente llenado por la misma pátina transparente y
cruel que cubría el lago.
La
terrible neblina hizo que se suspendieran las actividades en el pueblo y los
niños fueran enviados de regreso a sus casas, alrededor de la una de la tarde.
La
madre aguardó a que la niña volviera. En vista de que no llegaba, llamó a la
directora: ‘’No vino hoy a clases. Pensamos que no la había mandado dado el mal
tiempo’’. Se sentó de golpe y empezó a sentir cómo el pecho se le iba
oprimiendo. Algo muy malo había pasado. A su niña. A su única niña. Comenzó a
llorar. Sin pensarlo, salió de la casa hasta la estación de policía. No se
podía ver nada, no reconoció el camino, así que desesperada tuvo que volver
sobre sus pasos como pudo, aterida de frío y muerta del pánico. Al llamar a la
estación, le informaron el protocolo: ‘’Hay que aguardar 48 horas para
declararla como perdida’’. Y fue justo 48 horas después que la policía comenzó
la búsqueda.
El
último sitio en el que buscaron fue en el lago. En la orilla encontraron la
mochila, que fue reconocida por la madre. Rastrearon la zona lo más que
pudieron. El lago casi congelado no dio ningún indicio de haberse devorado a la
niña porque no permitió dejar rastros.
El
tiempo, sin embargo, fue avanzando inexorablemente. La angustia había también
avanzado en la madre, quien no había dejado de buscar a su hija. Había
adelgazado. Unas ojeras perennes habían hundido sus otrora vivaces ojos azules.
El cabello, antes rubio y ahora mustio, permanecía siempre preso en una suerte
de moño desordenado en la nuca. Parecía desorientada la mayor parte del tiempo,
siempre triste, siempre sola.
Fue
finalmente en una primavera cualquiera, durante la época de deshielo, que el
lago decidió devolver lo que había tomado prestado seis largos años antes: la
niña de 11 años. Primero, el cuerpo fue ascendiendo desde el fondo, poco a
poco. Formaba burbujas a su alrededor. La fauna del fondo bailaba también a su
alrededor. La niña ascendía con los brazos hacia arriba, los ojos abiertos, la
boca abierta, las trenzas en su sitio, la falda, las medias, las botas, la
camisa, el abrigo. Todo en su sitio. Cuando las manos chocaron con la gélida
superficie del lago, la niña despertó y empezó a luchar por salir de su prisión
de hielo. Golpeó lo más que pudo con sus débiles nudillos la superficie, hasta
que se resquebrajó del todo, se rompió en cristales de colores y ella pudo salir,
después de tantos años. Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro,
tratando de hacer despertar a sus pulmones, que reaccionaron con prisa. La niña
soltó entonces un grito sordo: ‘’¡Llegué!’’.
Como
pudo salió del agujero de hielo y se dirigió a gatas hasta la orilla, hasta
desplomarse. Respiraba hondo y exhalaba. Cuando se recuperó lo suficiente, se
levantó y observó el paisaje. Era su lago. Pero ¿cuánto tiempo había estado
ahí? ¿Y la niebla? ¿Ya era primavera? Dio algunos pasos. Tenía mucho frío.
Empezó a andar. Empapada como estaba, apretó los puños y apuró el paso. Tal vez
llegaría antes que su madre y si todo salía bien, ella nunca sabría que había
faltado a la escuela por ir al lago.
Llegó
corriendo a su casa y decidió entrar por la parte trasera. Eran casi las seis
de la tarde cuando abrió la puerta con cuidado, de manera de hacer el menor ruido
posible. El fogón estaba encendido. Se acercó un poco para entrar en calor, que
le devolvió el aspecto rosa de siempre a sus mejillas. Estuvo parada ahí unos
minutos, hasta que el sonido de los pasos de su madre y el grito que esta
profirió al verla, la hicieron saltar. ‘’¡Mamá!’’ le dijo y la miró aterrada, a
sabiendas de que ahora vendría un castigo. ¡Maldición! ¡Había calculado mal el
tiempo y su madre había llegado antes! Pero, ¿era esa su madre? La mujer
envejecida que la miraba sin poder articular palabras se parecía a su madre.
Era y no era ella. La madre se le fue acercando poco a poco. La niña se fue
encogiendo, segura de que ahora vendría una buena tanda de golpes por haber
faltado a la escuela. Pero en vez de eso, la madre cayó de rodillas, llorando.
La abrazó como solo se abrazan a las personas que se creían del todo perdidas.
No le importó que la niña estuviera empapada y helada. No le importó que
estuviera muerta del miedo. Sólo la escondió entre sus brazos.
‘’Mamá...no es para
tanto. Perdóname, no quería ir a clases hoy’’.Rodeó con sus brazos el cuello de la madre, la besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro. La madre sólo lloraba y le acariciaba el cabello. Después de varios minutos, logró decirle: ‘’Has vuelto a casa, mi amor. Por fin has vuelto’’.
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10 julio 2017
Las sogas
‘’Sólo escuché cuando no sé quién
me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi
oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba
aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos
entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me
acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que
uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo
que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a
sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al
agua.
Me parece mentira haber vivido
todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien
torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a
varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían
ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento
y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me
solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi
cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden
que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si
fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo
y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico
que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato.
Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que
hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué
estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando
pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos
exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me
rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé
dónde.
Yo había perdido toda noción de
absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida,
traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui.
Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios
nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un
documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres
habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que
todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí
detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un
sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que
no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al
agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por
lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa,
al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el
mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número
más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy
aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los
ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que
resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era
una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla,
para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre
su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no
las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo
oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se
levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo,
rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe. No alcanzó a ver de quién era esa mano. No
supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma
fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones:
¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo
aplaudieron de nuevo a él, el héroe.
11 junio 2017
La gallina
Corre.
Lo más rápido que puede. No sabe bien adónde ir, pero corre. El matorral es
espeso, denso, pero él no lo nota, tan sólo corre. Se resbala varias veces.
Otras cae. Está casi sin aliento, pero debe continuar corriendo. Tiene la
camisa pegada al cuerpo, el sudor empapa todo su cuerpo. Sabe que están detrás
de él, muy cerca y si lo atrapan…
Corre.
Cuanto puede, aunque el corazón se le salga por la boca, corre. Sin rumbo, pero
corre. Lo más rápido que puede. Debe parar por segundos para tratar de respirar
un poco, al menos. Se detiene. Curva el cuerpo y apoya ambas manos sobre las
rodillas. Respira con desorden por la boca, la nariz. El cabello cae sobre el
rostro empapándolo aún más de sudor. Observa sus manos, con la sangre ya seca
cubriéndolas aún. Observa su ropa, con rastros de sangre todavía fresca. Su
respiración se hace más entrecortada. Tiembla. Tiene que seguir huyendo. Si lo
atrapan…
Cuando
se incorpora nota el humo. ¿Una casa? ¿Una fábrica? Empieza a escuchar las
voces a lo lejos. Vienen por él. Oye los ladridos de los perros. Debe
continuar. Cada segundo que pasa, pone su vida aún más en peligro.
Comienza
a correr de nuevo, esta vez buscando el origen del humo. Al aproximarse ve de
dónde proviene: una humilde casa de adobe, con un cobertizo de paja para la
leña, un pequeño huerto y un gallinero. En la entrada hay un perro viejo que
dormita.
Contiene
el poco aliento que le resta y se acerca con sigilo. Observa al perro, que no
detecta su presencia. Observa la casa y sus alrededores. Cuando está lo
suficientemente cerca, se asoma por una de las ventanas. El interior de la casa
es aún más precario que el exterior. Un solo ambiente, dividido por sábanas,
sirve de cocina, comedor y habitación. Hay dos catres, uno junto al otro y un
colchón grande en el piso, en el que dos niños pequeños duermen abrazados para
espantar el frío. Puede ver detrás de una de las sábanas las siluetas de dos
adultos, un hombre y una mujer. El hombre está sentado en un banco y mira hacia
la nada. Sostiene una taza humeante de café entre sus grandes manos. La mujer
está de espaldas, inclinada sobre el fogón. Cuando termina de beber el café, el
hombre se levanta, le entrega la taza a la mujer y la besa con ternura en la
frente, al tiempo que le dice: ‘’Me voy a la faena’’. Lentamente sale de la
casa y en la entrada se agacha para acariciar al perro, que responde lamiéndole
la mano, resoplando y moviendo la vieja cola.
Desde
la ventana, ha seguido con atención todos los movimientos del hombre. Si entra
a la casa, puede robar algo de comida y algo de ropa. Es más fácil si el
campesino no está porque podrá dominar a la mujer y a los niños, si llegaran a
despertar. Sin embargo, el campesino bordea la casa y se dirige al cobertizo,
de donde sale con un hacha, y después enfila hacia el gallinero.
El
corazón del hombre se paraliza. Tiene que pensar y actuar rápido para evitar
ser descubierto, así que sin hacer ruido, entra al gallinero. Su presencia
provoca el cacareo y la inquietud de las gallinas. Nota que hay fardos de paja
y es justo detrás de ellos que se esconde lo mejor que puede. El campesino
entra escasos minutos después. ‘’¿Qué pasa que amanecieron tan contentas?’’
dice, al tiempo que esboza una cálida sonrisa.
Oculto
detrás del fardo, el hombre observa toda la escena. El campesino coloca el
hacha sobre el tronco que le sirve de apoyo para matar gallinas, toma una vieja
cesta de mimbre y va jaula por jaula recolectando los huevos. Una vez que
termina, recorre con la vista las jaulas, abre una sola y saca una de las
gallinas, que aletea y cacarea sin cesar. El campesino le agarra con fuerza el
pescuezo y lo tuerce hasta que oye el familiar ‘’crac’’. El ave queda entonces
sin vida en sus manos. Coloca el cuerpo en el tronco, toma el hacha y le corta
la cabeza que le salpica el pecho de sangre sin querer. ‘’¡Ah, carajo!’’
exclama. Termina de faenar la gallina y sale del gallinero en dirección a la
casa. El hombre sale de su escondite improvisado, no sin antes quitarse la
camisa y lavarse como puede con el bidón de agua que encontró en el gallinero.
De repente, se percata de las voces de los hombres que aún lo buscan y de los
ladridos de los perros, que parecieran estar cada vez más cerca. Esconde la
camisa ensangrentada entre la paja y se oculta de nuevo detrás del fardo. Con
algo de suerte, los hombres y sus perros pasarán de largo y él podrá reanudar
la huída.
Mientras,
el campesino le dice a su mujer, desde la puerta: ‘’¡Agarre la gallina! ¡Mire
cómo me dejó!’’. La mujer toma una olla grande y coloca dentro al ave, no sin
antes decir: ‘’¡Qué buen sancocho tendremos hoy!’’. Ambos ríen. Los niños, ya
levantados, corren a ver a la gallina y gritan y ríen con el escándalo propio
de sus años. El campesino se aleja de la casa hacia el cobertizo. Justo en ese
momento, seis gendarmes y tres perros lo rodean. El hombre los mira sin
entender nada. Tiene las manos aún cubiertas de la sangre fresca de la gallina,
así como la camisa. ‘’¡Que no se escape!’’. Dos gendarmes lo golpean hasta
dejarlo inmóvil en el suelo. Los perros ladran con vehemencia. Ante tal
alboroto, la mujer sale de la casa gritando: ‘’¿Pero qué está pasando, Dios
mío?’’. Desde el gallinero, el hombre observa toda la escena y logra escuchar
partes aisladas de lo que dicen: ‘’Lo estábamos buscando’’, ‘’…porque asesinó
a…’’, ‘’¡no es posible!’’, ‘’sólo era una gallina…’’.
Los
gendarmes esposan al campesino y se lo llevan a rastras. La mujer los sigue
llorando, con las manos en la cabeza, pero los gritos de los niños la hacen
regresarse. Dentro del gallinero y aún atónito, el hombre se persigna al tiempo
que dice: ‘’¡De la que me salvé!’’. Sale sigiloso en dirección al cobertizo y
una vez dentro, encuentra un pantalón de montar y una camisa vieja. Al fin
puede deshacerse del resto de su ropa, aún salpicada de sangre, que esconde
debajo de algunos troncos para leña. Encuentra también un viejo sombrero de
paja, se lo coloca de manera que le oculte el rostro lo más que pueda y sale
sin ser notado del cobertizo, sin rumbo fijo, pero seguro hacia su nueva vida.
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