16 mayo 2022

La recompensa

 




Paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. La paciencia no fue nunca mi fuerte, pero este encierro lo sobrellevo bien, para mi propia sorpresa. Lo malo es que, de noche, el penetrante olor de estos fajos no me deja descansar.

En otro momento de mi vida, estar aquí sería un tanto incómodo, porque el solo hecho de estar de cuclillas me arruinaría las rodillas; pero por fortuna eso no es un problema. Puedo moverme aún agachado sin tener que ponerme de pie o acostarme cada tanto.

Me he vuelto muy observador y he aguzado todos mis sentidos desde que llegué aquí. Cada chirrido en la casa lo conozco, sé de dónde viene, qué lo produce. Cada rendija por donde se cuela el viento lo hace sonar de forma diferente y sé exactamente en qué parte está.

Las paredes de la casa se anticipan a las estaciones y van cambiando. Sé cuando el otoño está por aparecer, porque en las noches de verano todo se vuelve un poco menos caluroso y entonces así sé, por esa temperatura que también adoptó mi cuerpo, que los días de verano están preparándose para irse.

Dirán que son cosas tontas, pero en algo tengo que usar mi tiempo. Eso me ayuda a mantenerme activo. No es lo ideal, claro. Lo ideal sería no estar aquí. Desde hace cinco años aguardo mi liberación; mientras tanto, me entretengo.

Mi hija no viene desde hace tres años, aproximadamente. Al principio de mi cautiverio, venía con cierta frecuencia para ordenar, limpiar, deshacerse de algunas cosas de la casa. En ese tiempo, yo no le prestaba mucha atención, de tan embobado que estaba con esto de cuidar de mi botín. Después, cuando sus visitas se hicieron más espaciadas, me alarmé.

No tenía manera, ni aún tengo, de ponerme en contacto con ella. A veces siento que me olvidó del todo, otras veces siento que me recuerda todos los días de nuestra vida. Si bien es duro estar así y más en este encierro, hay un montón de sensaciones y de sentimientos que dejaron de tener la etiqueta de ‘’bueno’’ o ‘’malo’’. Simplemente las cosas son como son: Mi hija no viene desde hace tres años.

Creo que no lo hace por miedo. Le mando mensajes, con cualquier pretexto, para que vuelva. Me ignora o no entiende lo que le digo. No soy un hombre de saber explicar bien las cosas, me quedo siempre corto.

Sucede también que, en este cambio de circunstancias, no es fácil la comunicación. Se recurre a metáforas, a símbolos, cuya interpretación dependerá mucho del receptor. Si el mensaje no es claro, como sé que son mis mensajes, el receptor, mi hija, no entenderá o confundirá toda la situación.

Estoy tratando también de mejorar eso. Me está llevando tiempo. Lo repito: nunca fui muy bueno comunicándome. Así que por los momentos, trato de estar cerca de ella lo más que puedo, en pensamiento, porque de aquí no puedo salir, hasta que mi situación se resuelva.

Recuerdo las buenas épocas en esta casa. Hacía buen dinero, podía ahorrar, atesorar. Sobre todo eso: atesorar. Cuando llegaba el dinero, lo guardaba y de tanto hacerlo ahora estoy atado a él, a ese olor a viejo, ha guardado que adquieren las cosas cuando no circulan, no se usan.

Nadie sabía que estaba guardando tanto dinero. Me estaba partiendo el lomo trabajando, pero les hacía creer que la paga por mis trabajos era baja. Me convertí en un experto en el arte del engaño. Cuando mi mujer, que Dios la tenga en la gloria, me pedía dinero para los gastos de la casa y la manutención de nuestra hija, yo siempre respondía con algún remilgo y le decía que ese mes no había logrado cobrar mucho, etc. Tenía ya armadas mil excusas.

Mientras, iba guardando billete tras billete aquí arriba, donde estoy ahora. Este ‘’escondite’’ lo descubrí de casualidad. Parece que cuando construyeron el techo, pensaban también hacer una especie de entrepiso para la ventilación, creo, no estoy seguro, pero no lo terminaron y quedó un espacio, como si fuera una larga gaveta, en el techo de la cocina. Ahí empecé a meter los fardos, mes tras mes, año tras año.

No fue por codicia que lo hice, sino para vivir tiempos mejores, siempre pensando en el futuro; especialmente el de mi hija. Cuando pasó el accidente, yo no tuve tiempo de avisarle que en el techo de la cocina, estaba todo su futuro. Vinieron por mí y yo dije que no, porque tenía que cuidar mi botín.

Lo malo es que paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. El penetrante olor de estos fajos no me deja descansar. No puedo deambular tampoco por mi propia casa. No sé cuándo terminará todo esto.

Quiero vender la casa, pero ¿podré hacerlo?. A veces siento que nunca voy a poder deshacerme de ella, pero es que no logro dar el paso. Es una casa grande e inoperante. Mantenerla es un caos y no tengo ni el tiempo ni las ganas.

Además, este olor tan rancio que no logro ahuyentar y que tampoco logro identificar. ¿Qué haré con esta casa? Ni siquiera está llena de recuerdos que quisiera conservar. Es tan solo una estructura y nada más.

Lo que más me gustaba era la cocina, porque daba al patio interno, donde estaba el árbol del que colgamos una hamaca, el columpio y nos creíamos de vacaciones cuando hacía buen tiempo. ¡Fue una buena época, sí! Pero el árbol terminó secándose y tuvimos que sacarlo y en su lugar, pusieron el piso de cemento. Una lástima. Me gustaba el jardín.

 Tengo que limpiar. La casa va a deteriorarse más si sigo dejando todo así, a la buena de Dios. Dios no limpia. Ojalá viniera un terremoto y la arrancara de sus cimientos y chau, casa. No tendría que ocuparme de esto, que es como un pensamiento que me taladra de vez en vez.

Contengo la respiración. ¡Eres tú! ¡Viniste! ¡Mi amor! Hago ruido, pero no me oyes. ¡Mira hacia arriba! ¡Te estoy viendo, hija querida!

Algunas baldosas se han salido y otras están rotas. Me lo anoto. Tengo que ir haciendo un informe del deterioro, pedir presupuesto para que vengan a arreglar o dejar todo así y venderla, tal y como está, aunque no saque mucho dinero. Cañerías, pisos, algunos vidrios rotos…

¡Mi amor!¡Mira hacia arriba! Concéntrate. Mírame. ¡Mira hacia arriba! Ya es tiempo de salir de aquí. Guardé todo esto para ti. ¡Solamente para ti!

Miro hacia los techos y los inspecciono. Había una filtración en el de la sala; no muy grande, por fortuna. Aquí en la cocina pareciera estar comenzando. Se levantó un poco la pintura. Lo anoto. No parece ser grave.

Hago un rollito con uno de los billetes y lo empujo por unas de las rendijitas de este techo falso que habito. Cae, sin ruido. No lo notas. Lo pienso con todas mis fuerzas: ¡Mírame! Mientras, hago otro rollito y lo aviento. ¡Concéntrate!

Vuelvo sobre mis pasos y piso algo. ¿Qué es eso? Estos papelitos no estaban aquí recién. Me agacho. Es un billete de 100. ¿Eh? ¿De dónde salió? Más allá hay otro. Lo recojo. También de 100. Miro hacia el techo de la cocina. Voy a buscar algo en qué subirme. Alguna silla, alguna escalera, algo útil debe haber quedado.

Cuando por fin encuentro una silla, me subo y observo más de cerca. Hay rendijas finas y de allí emana el olor que transpira la casa. Mi casa. ¿Pero por qué? Raspo con la uña la pintura, toco con los nudillos: ‘’Toc, toc, toc’’. Suena hueco. Con asombro descubro el techo falso. ¿Qué es esto?

¡Mi amor! ¡Ni te ocupes! Acércate. Tengo aquí mi botín, que es todo tuyo. Lo atesoré para ti. Ven, mi vida. Acércate, acércate.

Hay muchos billetes, de 100 y de 50. Estoy atónita. Es que es increíble. ¿Quién los guardó? Nunca tuvimos dinero. ¡Dios mío! Esto es una pequeña fortuna.

Por fin, hijita, por fin. Llévatelo todo. Es tuyo, todo tuyo. Siento que me falta el aire, mi amor, que ya no soy yo. Tengo que irme. Mi vida, mi amor. Te amo mucho. Tenlo presente. Adiós, mi querida hija. Adiós.

29 abril 2022

El cuadernito

 



A las 20:00 de todos los días, a menos que haya algún evento como la noche de servicio comunitario a los necesitados, es decir, a los pobres de siempre del barrio, todas deben estar recluidas en sus cuartos.

Convengamos que el término ‘’recluido’’ quedó de la época en que las monjas sí quedaban encerradas en sus claustros hasta el día siguiente. Ahora es diferente, pero la palabreja se mantuvo.

A ella, sin embargo, le gusta decir que ‘’las hermanas nos recogemos’’, como si fueran gallinas en su gallinero. Así que casi siempre, cada noche, en la soledad de su claustro-cuarto, fuma un cigarrillo, lee, pasea por las noticias del día desde su celular, ora; aunque esto último no siempre lo hace y no por desobediencia o falta de fe, sino porque prefiere hacerlo en la capilla y de noche no se puede, ya que permanece cerrada.

Lleva varias noches con dificultades para dormir y eso la inquieta. Le pasa casi siempre que presiente que algo fuera de lo normal va a pasar, como cuando murió su madre sin previo aviso. Ella lo presintió con todo su cuerpo días antes. Desde ese momento, cada vez que alguna catástrofe va a pasar, la presiente.

Da vueltas en la cama. El libro que estaba leyendo no logró entretenerla del todo, tampoco las noticias, ni el streaming. Apaga la luz y clava la vista en el techo hasta que se acostumbra a la oscuridad. Tantea en la mesita de noche hasta dar con los cigarrillos y el encendedor. Es el tercero de la noche ya.

Decide entonces, después de varios minutos, ir a la cocina por agua para después pasar por el baño y cepillarse los dientes y así quitarse el aliento de fumadora, pero adrede se desvía para ir al jardín. ‘’A falta de capilla abierta, bueno está el jardín’’ piensa. La noche está fresca y la luna ilumina un poco el portón de entrada.

Respira hondo y se queda mirando absorta el cielo nocturno, cuando al poco tiempo escucha el ruido de pisadas apresuradas y cuchicheos. Son cerca de las 3:00 a.m. ¿Quién pudiera estar levantada a esa hora? ¿Alguna emergencia? ¿Habrán llamado a un médico? ¿Le habrá pasado algo grave a alguna de las hermanas?

Ve claramente a la directora, la hermana Josefina, y a la subdirectora, la hermana Imelda. Lejos de acercárseles para ofrecerles su ayuda, se esconde sin saber por qué detrás de una de las columnas del patio. Hay algo que no está bien en toda esa escena.

La hermana Josefina baja aún más el tono de voz. Abre con cuidado el portón y se queda viendo de un lado al otro de la calle. Detrás de ella, la hermana Imelda hace lo mismo.

A los pocos minutos aparece un hombre. Los tres susurran. Ella los observa más que impresionada. Parece que estuviese viendo una película cuya trama no entiende. Sin embargo, sigue inmóvil en su improvisado escondite.

El hombre va y viene con lo que parece ser pesados bolsos. Las hermanas los reciben y los van llevando, casi a rastras a la capilla. Ella cuenta siete. Cuando terminan de acarrearlos, los tres se dirigen a la cocina. 

Ella aprovecha para acercarse sigilosa hasta la capilla, cuya puerta está sin llave. Los siete bolsos están ahí, en fila, detrás del altar. Por minutos se siente investigadora privada, como las de las series de televisión que veía de niña. Está nerviosa y a la vez emocionada. Se agacha y sin hacer ruido, descorre el cierre de uno de los bolsos. Se lleva la mano a la boca para reprimir su sorpresa. Lo que hay dentro son fajos de dólares. Muchos. Abre el segundo bolso con el mismo resultado. Por no dejar, abre el cuarto y más se sorprende al ver que tiene el mismo contenido.

¿Cuánto dinero hay en esos bolsos y por qué los tienen las hermanas? Para nada bueno debe ser. ‘’Esto seguro no es para los pobres’’ piensa y se santigua. Los susurros de Josefina, Imelda y su misterioso acompañante, la sacan de un golpe de sus elucubraciones.

Sale sin hacer ruido, cierra la puerta de la capilla y se dirige de nuevo a su escondite en el jardín. Desde ahí puede ver cómo las monjas despiden al hombre, que se inclina a modo de reverencia para darles las gracias. Las hermanas cierran el portón y se dirigen a la capilla en donde permanecen unos minutos, que a ella le parecen eternos.

Cuando salen de la capilla, ve como la hermana Imelda esconde bajo su manga un fajo de dólares. Lo ve y no lo cree. Asume que la hermana Josefina hizo lo propio. Espera un tiempo prudencial para regresar a su cuarto.

Una vez en su dormitorio, anota todo lo que vio esa madrugada en un cuadernito. Se acuesta en su cama, boca arriba. Tiene mil preguntas, pero una sola certeza: Lo que presenció recién es ilegal.

Duerme muy poco y entre insomnio y sueño reza para tener claridad y saber cómo enfrentar esta situación, porque ella nunca será cómplice de nada turbio. No puede recurrir a la madre superiora, pero si tiene que enfrentarla lo hará.

A las 5:00 a.m llaman a la primera oración del día. No logró descansar, pero obtuvo la respuesta que esperaba.

Se dirige a la capilla un tanto nerviosa para la misa diaria. Contraria a su costumbre de sentarse en el banco de la última fila, ocupa el primero y a un costado, desde donde puede ver el altar. No están ya los bolsos. Trata de ocultar su sorpresa lo mejor que puede. ¿Adónde los llevaron? ¿Fuera del convento? ¿O los escondieron en algún otro lado?

No le prestó atención a la misa y después que terminó, se quedó arrodillada rezando. Pasados unos minutos, fue a la oficina de la madre superiora. Respiró hondo, cerró los ojos y esperó a que volviera del desayuno.

La hermana Josefina se sorprende al verla. ‘’¡Marina! ¡No te vi en el desayuno! ¿Te sientes bien?’’ Marina abre los ojos y la observa. En segundos recuerda todo lo que pasó la noche anterior. La hermana Josefina, que hasta unas horas atrás era su ejemplo a seguir, es ahora una persona desconocida totalmente.

‘’Tengo que hablar con usted, madre’’ le dice con voz firme. Josefina la mira un tanto perpleja. ‘’Sí, mi vida, pasa’’. Josefina siempre fue amable y dulce con ella, como si hubiera sido la hija que jamás tuvo y hubiese querido tener.

‘’Madre…Anoche…Anoche presencié algo muy raro’’. Hizo una pausa corta para decidir qué palabras usar, pero no las encontró. Le contó todo lo que la madre superiora ya sabía. Cuando terminó el relato, la directora la miraba impertérrita, como si ella fuera una niña pequeña que había ido expresamente a contarle un mal sueño. 

‘’Marina…Es usted joven y siempre será inexperta’’ le respondió, tratándola de usted, por primera vez en todo el tiempo que llevaba en el convento. ‘’Madre, yo sé lo que vi’’. La mujer volvió a responder con la misma frase inexplicable, sin alterarse: ‘’Marina, es usted joven y siempre será inexperta’’ e hizo un ademán para que se retirara.

La chica se levantó y en completo silencio salió de la oficina y fue a ocuparse de sus quehaceres, no sin antes pasar por su cuarto y anotar todo en el mismo cuadernito donde tenía lo que había pasado la noche de los bolsos.

Dos días después, la madre superiora le informó que la trasladarían a otro convento, donde su ‘’energía, carisma y espíritu de servicio serían de gran provecho’’. Marina lo tomó como lo que era, una llamada de atención, pero sabía bien qué tenía que hacer.

Antes de su traslado, pidió tiempo para despedirse de sus familiares y amigos. A su hermano le entregó en secreto el cuadernito y le contó todo lo que vio, con la advertencia de que si algo llegara a pasarle, él tendría que entregarle todo a los medios, a la policía. Le mandó un audio con toda la historia, además, estructurado como una especie de bitácora.

‘’Me siento como en una peli de espías’’ le dijo, antes de abrazarlo para despedirse. Tenía otra vez la ya tan familiar intranquilidad pegada en el cuerpo. ‘’Algo va a pasar’’ bromeó, antes de regresar al convento para irse al día siguiente.

A las 8:00 a.m del lunes de su partida, un auto la estaba esperando. Las hermanas Josefina e Imelda la despidieron sin emoción alguna. Ella las miró y antes de subirse al auto, les dijo: ‘’Que les aproveche el dinero, hermanas, y que Dios las perdone’’. Ellas la miraron también y solo Imelda bajó la mirada, sonrojada. ‘’Algo de vergüenza tiene al menos esta’’ pensó. Se persignó y se entregó a lo que estuviera próximo en su destino.

Un par de horas antes de llegar, el auto que la llevaba fue embestido por otro y tanto ella, como el chofer murieron en el acto. 

En su funeral, la madre Josefina dijo unas palabras tan patéticas como ella misma: ‘’Marina, en plena flor de la vida, Dios quiso tenerte en su jardín’’. Los que no estaban al tanto del drama que se había desarrollado días antes, lloraron sinceramente su partida. Pero su hermano, siguiendo las instrucciones que Marina le había dado, esperó el final del discurso para gritarle ‘’¡Sé en qué estás metida, vieja puta y de esta no saldrás bien parada!’’, al tiempo que un par de oficiales de la policía y algunos periodistas se le acercaban a las hermanas Josefina e Imelda para llevarlas a la comisaría para interrogarlas.


20 marzo 2022

La jauría

 


                                                                                                                                            A Danail

Van caminando por una callecita, de las empinadas, de las más oscuras. La ciudad está llena de esas, lo saben, pero esa zona en particular, más. Para ser finales de otoño, está haciendo más frío que de costumbre. Ráfagas de aire gélido los azotan cada tanto, a modo de antesala de lo que será el invierno.

Él le aprieta la mano enguantada, no solo para cerciorarse de que sigue junto a él, sino para resguardarse un poco del frío. Olvidó sus guantes en casa. Tampoco lleva abrigo, sino una chaqueta de cuero, ya bastante gastada, que no lo protege del todo. Si no fuera porque necesita el empleo, se regresaría a casa. Pero se muerde los labios y no se queja. Sabe que ella detesta que él se queje por lo que considera ‘’nimiedades’’, así que no dice nada.

Cada tanto, tararea una melodía y la mira de reojo, para contar inconscientemente con su aprobación. ‘’¿Ya estamos cerca?’’ le pregunta la chica, por dentro de la bufanda que le cubre la mitad de la cara. ‘’Creo que faltan dos cuadras o algo así’’, responde vacilante y antes de escucharla bufar. ‘’Crees’’. No lo sabes. Era de esperarse’’. Él se encoge un poco y saca un papelito del bolsillo de la chaqueta. ‘’Faltan dos y llegamos’’ le dice en voz baja, no sin antes sentirse fulminado por la mirada de la muchacha.

Al llegar a la dirección, ambos se miran sorprendidos. ‘’Es muy…muy…’’ dice él. ‘’Fancy’’ dice ella, usando uno de los tantos anglicismos que emplea para recordarle que él no habla inglés. El chico traga grueso antes de decir ‘’y yo tan mal vestido. No sabía que este lugar era así de elegante’’.

Se acercan despacio al portero de la entrada, que los mira de arriba abajo, con algo de lástima. ‘’¿Se equivocaron de sitio, chicos?’’ les pregunta, al tiempo que les guiña un ojo. ‘’No, creo que no. Tengo una entrevista de trabajo’’ y saca el papelito donde tenía anotada la dirección y se lo muestra al portero. ‘’¡Ah! Eso es por la parte de atrás, por donde entra el personal de servicio’’ y les indica que vayan por el callejón de al lado hasta la única puerta que verán.

Ambos van sigilosos. Al llegar a la puerta, que está entreabierta, escuchan el ruido típico de quienes trabajan en la cocina de un restaurante. Y también risas, muchas conversaciones diferentes en varios planos de mucha gente o al menos de gente muy ruidosa.

El muchacho se asoma por la puerta, sin soltarle la mano a la chica. En segundos se hizo silencio. Ojos ajenos se fueron posando en él sin discreción alguna. ‘’Buenas noches, busco a…¿Oscar?’’ dijo y de inmediato se arrepintió de su pregunta.

Casi todo el personal de la cocina eran mujeres, que lo silbaron y aplaudieron después de haberle visto entrar por esa puerta y en ese lugar en el que se diría no pasaba gran cosa.

La chica lo empujó suavemente y cerró la puerta tras de sí. Si iba a entregar a esa presa, mejor era hacerlo rápido. Se fijó detenidamente en el lugar: Tenía dos pisos. En el primero se preparaban los platillos y en el segundo se lavaba la vajilla. Las chicas del segundo piso suspendieron sus labores y se acercaron a la barandilla a hacer ruido con los cubiertos para que el chico las viera, pero él se abstuvo de levantar la vista.

Cuando llegó Oscar, las mandó a callar. ‘’¡Es a mí a quien buscas! Vienes por el aviso, ¿no?’’ le preguntó, mientras le estrechaba la mano que estaba helada, no solo el frío, sino del susto.

‘’Sí, pero creo que mejor…’’ respondió el muchacho lentamente. ‘’Pero mejor le cuentas bien de qué va el trabajo. Es un muy buen prospecto, ¿cierto?’’ se apresuró a decir la chica. Oscar asintió y sonrió. Le dio una rápida explicación de lo que tenía que hacer y un pequeño recorrido por la gran cocina. Las chicas se le acercaron lo más que pudieron, algunas hicieron el intento de rozarlo. El chico se sintió aturdido. Era la primera vez que esto le pasaba.

Al terminar de hablar, Oscar le preguntó cuándo podía comenzar. El chico iba a negarse, pero la muchacha respondió por él: ‘’¡Mañana mismo! Me aseguraré de venir con él para que no se arrepienta’’ dijo burlonamente. Le extendió la mano aún enguantada al hombre y le sonrió. Oscar hizo lo mismo. ‘’Cerrado el trato. Mañana te espero a las 7:00 p.m. Sé puntual, por favor’’ y los acompañó a ambos a la puerta.

De vuelta al callejón, la chica iba triunfante, pero el muchacho no. En un punto del recorrido se detuvo. ‘’No me gustó ese lugar. ¿Viste cómo me vieron todas esas mujeres?’’ le preguntó angustiado. ‘’Pero mi amor, ¿de qué otra forma iban a verte, si eres hermoso?’’ le respondió en un tono dulce. ‘’Mañana te acompaño de nuevo y ya verás que todo saldrá bien. Los primeros serán difíciles, hasta que te acostumbres’’ le aseguró. ‘’Pero esas tipas allá adentro…’’ insistió. Ella resopló y dio por terminada la charla.

Al día siguiente, no hizo más que pensar en lo que había pasado la noche anterior. No quería ir de nuevo, no quería empezar en ese trabajo, no quería verse expuesto como un objeto a esas chicas, pero no quería defraudar a su novia. Ella había insistido en ese trabajo, ella misma se lo había conseguido. Era algo bueno y fácil para comenzar, al menos, hasta que pudiera tener algo mejor. Era una pena que, sin papeles, lo único que pudiera encontrar era ese tipo de trabajos de medio pelo.

Pocas horas antes de presentarse en el restaurante para su primer día de trabajo, estaba sumamente nervioso. Ni siquiera estaba seguro de poder cumplir con el frenético ritmo que le esperaba y mucho menos estaba preparado para lidiar con las que supuestamente serían sus compañeras de trabajo.

Sin embargo, se dejó llevar hasta el restaurante y llegar a la hora convenida. Durante todo el trayecto sintió cada tanto punzadas en el estómago, pero no dijo nada. No quería que ella pensara que era un pusilánime. La chica lo hizo entrar, no sin antes besarlo, como nunca lo había besado. ‘’Todo va a estar bien’’ le aseguró. ‘’Tal vez te espere despierta, ya sabes, para compensar tu primer día de trabajo’’ le dijo en voz baja. El chico entró y enseguida se oyeron los silbidos de las chicas de la cocina. ‘’¡Hasta que por fin!’’ gritaban algunas, al tiempo que aplaudían la fresca carne, tan tierna, tan hermosa y apetitosa que degustarían esa noche.

La chica se quedó con la oreja pegada a la puerta, hasta que empezaron los gritos, seguidos de más aplausos, jadeos y gemidos. Se alejó tranquilamente y al llegar a la esquina, mandó un mensaje. ‘’Oscar, listo. Paso mañana por el pago. De nada’’. Un par de horas más tarde, leyó la respuesta: ‘’Tú sí que sabes encontrar buena carne. Esta era de primera, según las chicas. Era muy lindo tu chico’’. Terminaba el texto con un emoticono que guiñaba el ojo. Ella sonrió complacida. ‘’Yo sí que sé’’, dijo para sus adentros y se alejó tarareando una melodía, amparada por la oscuridad del callejón.


20 febrero 2022

El ascensor


 

Casi cuatro meses fuera de casa son suficientes para extrañarla. Si bien fueron meses entretenidos, echaba de menos su casa, tan grande, tan espaciosa, tan moderna y elegante.

Haber quedado viuda fue lo mejor que le pudo haber pasado. Era dueña absoluta de una libertad que nunca había experimentado antes. Toda su vida tenía ahora los mismos espacios amplios y libres de su casa. Todos esos espacios estaban llenos de la luz cálida que se filtraba juguetona por los vitrales. Nunca había sabido lo que era la felicidad, solía decir, pero estaba segura de que tenía que ver mucho con esta nueva sensación de libertad que vivía a diario.

Había decidido viajar cada tanto, aunque le marearan los viajes en barco y fueran extenuantes. De todas formas, la travesía valía la pena. Llegar a París era maravilloso y desde ahí planear travesías por Europa, más aún.

Sin embargo, con casi cuatro meses le bastaba. Casi cuatro meses de aventuras, paseos, reuniones sociales, diversión. Había tenido la astucia de permanecer en contacto con los otrora socios comerciales de su marido, por el ‘’nunca se sabe’’. No estaba particularmente dotada para los negocios, pero sí para moverse en ese estrato de la alta sociedad al que había entrado por obra y gracia de su marido.

Regresar a su magnífica casa, después de tanto tiempo, era su recompensa. Había decidido despedir a la servidumbre, poco después del fallecimiento de su esposo y contratar personal por horas. Se sentía una pionera en una ciudad en la que eso todavía no se veía.

Le gustaba no tener que toparse con criados a cada rato. Además, eran un gasto innecesario. ¿Para qué tanta gente a su servicio, si ella se bastaba sola? Una cocinera y una mucama por horas. Y el jardinero cada tanto también. De resto, quería disfrutar de su enorme casa para ella nada más.

En sus últimos dos viajes, había dejado a una señora al cuidado de la casa, no más para mantenerla aireada, limpia, quitarle el polvo, abrir y cerrar cortinas, barrer la entrada de las hojas de los árboles para que no se acumularan, entre otras cosas menores. Nada del otro mundo. Lamentablemente, para este viaje no pudo contar con ella y tuvo que apresurarse para encontrarle reemplazo.

Entrevistó a varias chicas, pero ninguna la convenció, hasta que dio con la indicada, a escasos días de su partida a Europa. Parecía una chica discreta, confiable. Había llegado a la capital desde provincia hacía poco, por lo que aún no se había contaminado de los malos hábitos de los capitalinos y mucho menos de su arrogancia. Le agradó tanto que hasta le ofreció que se quedara en la casa, en vez de ir y venir; cosa que la muchacha aceptó gustosa, así que dos días antes de su partida, la chica se mudó al caserón para familiarizarse con sus tareas.

‘’Esta es la primera casa de toda la ciudad – y me atrevería a decir de todo el país – que tiene ascensor’’ y acto seguido le enseñó el funcionamiento. La chica dio un respingo cuando vio descender la cabina enrejada desde el segundo piso. ‘’Es muy fácil: Aprietas este botón, si la cabina está en este piso, y viceversa. Traba bien ambas puertas. Si dejas la de adentro mal cerrada, el ascensor puede no funcionar o atascarse’’.

Hizo que entrara con ella para subir y bajar un par de veces. La chica se pegó de unas las paredes, entre atemorizada y asustada. ‘’¡Señora, me mareo del susto!’’ y rio. Ella también lo hizo. ‘’Es cuestión de acostumbrarse a la modernidad’’. Después dejó que lo hiciera sola. ‘’¡Esto parece magia!’’ dijo la chica mientras subía al segundo piso, sonriente.

Sin saber por qué, esa conversación fue lo primero que se le vino a la mente cuando el carruaje se detuvo en el portón de su propia casa. Era tal el estado de dejadez que el cochero le preguntó dos veces si estaba segura de la dirección, si esa era en realidad su casa.

La cantidad de hojas secas y ramas en la entrada formaron un manto grueso que se extendía desde el pórtico hasta la entrada principal. Le indicó al cochero que dejara el equipaje, pero que no se fuera. El hombre obedeció.

Antes de entrar, dio vueltas por su propio jardín que lucía mustio, salvaje, desordenado y bastante seco. El asombro y el desconcierto sobrepasaron la rabia que debía haber sentido en su lugar.

En su mente solo se repetía una pregunta: ¿Qué pasó? Entró por la puerta trasera, la que daba a la cocina. El polvo y algunas telarañas habían cubierto sin miramientos los muebles y alacenas.

A medida que avanzaba en su recorrido, se hacía más notoria la falta de meses de mantenimiento. ¿Dónde estaría la muchacha? Estaba claro que no en la casa.

Cuando llegó a la sala, abrió las cortinas y las ventanas. Le hizo señas al cochero para que trajera el equipaje. Una vez que todo estuvo todo adentro, fue a pagarle. El hombre miró alrededor y dijo: ‘’Se van a necesitar muchas manos para limpiar esta casa, señora’’. Ella no respondió de lo contrariada que estaba. Antes de ponerse el sombrero, el cochero añadió: ‘’Y también quien le arregle la cabina esa’’ y apuntó con la cabeza el ascensor. La mujer no se había percatado aún. El aparato se había quedado detenido entre el primer y el segundo piso.

Se acercó y presionó el botón, pero no hubo reacción. Probó sacudiendo las rejas. Nada funcionó. ‘’¿Sabe cómo destrabarlo?’’ le preguntó al cochero. El hombre se acercó a inspeccionar. ‘’No debe ser muy complicado’’ y se dispuso a revisar el mecanismo de funcionamiento del ascensor. Después de varios minutos, consiguió desatascar la traba que estaba en la parte superior izquierda de la puerta tijera para accionarlo y devolverlo al primer piso.

Abrió las puertas e iba a proferir triunfante ‘’¡listo!’’ cuando se dio cuenta de lo que había en el interior de la cabina. ‘’¡Señora! ¡No vea!’’, pero ya era tarde. La mujer lanzó un horrible grito ante la no menos horrible visión: El cuerpo – o lo que quedaba de él – de la muchacha que había quedado a cargo de la casa, rodeado de los artículos de limpieza, yacía sentado en una esquina de la cabina del ascensor.

17 diciembre 2021

Cuatro pasos

 


Las paredes están llenas de moho, de ese que parece musgo, que sobresale por entre los ladrillos y lo cubre todo como una película de humedad, podredumbre, asco y encierro. No se respira el aire del puerto que tímidamente intenta colarse por la diminuta ventanita, sino moho. Se respira moho. Por eso intentan no hacerlo. No saben qué los matará primero, si estar un día más ahí o las náuseas.

No hay luz suficiente para ver el desfile de ratas que van y vienen por toda la celda. Es mejor. Sus chillidos los mantienen alertas.

Los cuatro hermanos menores esperan todos juntos, sentados uno al lado del otro. Ya perdieron la cuenta de cuántos días llevan encerrados así, pero se mantienen firmes. Arrepentirse nunca fue una palabra que estuviera en su escaso vocabulario de piratas.

Tan cerca están que sus muslos se adhieren al muslo contrario. Se mueven solo para lo necesario. Son un bloque tan perfecto que incluso acompasaron sus respiraciones. En cambio, el hermano mayor cambia de lugar con frecuencia. Se mueve por todo el recinto espantando a las ratas con sus pasos.

Cada tanto se asoma por la ventanita y grita, maldice. La suerte está echada, pero eso lo sabía desde siempre. Esa misma suerte que insolente y descarada lo había acompañado durante años, llega a su fin en algún punto, como todo en la vida.

No había querido involucrar a sus hermanos, pero pudo más la codicia que cualquier sentimiento fraterno. Hicieron buena fortuna, estuvieron con todas las mujeres que quisieron, amedrentaron, robaron, saquearon e hicieron todo lo que se suponía un pirata podía hacer en el mar y fuera de él, aunque ellos no supieran a ciencia cierta qué comportamiento debían tener.

Sin embargo, tenían desde niños almas de granuja, así que solo se entregaron a su destino, como quien se lanza al mar desde un acantilado, sabiendo que el agua lo va a recibir de olas abiertas.

Durante años esa fue su vida de aventuras, dijeron ellos; de violencia, dijo el resto. Ahora no son más que prisioneros o la consecuencia de sus propios actos.

El día del juicio llegó tal y como llegó el día que los apresaron: Sin aviso, sin indicios. Los ataron a los cinco con una cuerda y tuvieron a bien hacer nudos de marinero, como si de una burla se tratase, para evitar su escape y su destino.

Cuando los sacaron de la celda para llevarlos a la plazoleta, el aire nuevo, que no fresco, los aturdió, de tan acostumbrados que estaban ya a la podredumbre. Y peor fue cuando la luz cegadora del sol los arrasó, tal y como ellos habían arrasado barcos y cargamentos hasta hacía poco.

El hermano mayor cayó de rodillas y arrastró sin querer al resto. La multitud gritaba enardecida, los insultaba al tiempo que los aplaudía con toda la rabia que nunca habían conocido. ‘’¡Mátenlos a todos de una vez!’’ decían.

Los jueces exigieron silencio para poder leer un veredicto que nunca tuvo un juicio como correspondía a la ley, pero sí una inmediata resolución: Los cinco eran culpables de piratería, asesinato, saqueo, robo y destrozo; entre tantos otros delitos que no se alcanzarían a enumerar.

‘’¡Son el maldito diablo en la tierra!’’ vociferaba la muchedumbre que iba creciendo para asistir al juicio del momento.

La lectura de la sentencia comenzó. El hermano mayor miró desafiante al juez, un hombrecito flaco y pálido, con voz de tiple. Se irguió y echó para atrás sus anchos hombros de manera de parecer más amenazante de lo que había sido toda su vida de pirata. Sus hermanos lo imitaron más por acto reflejo que por propia convicción de su osadía.

‘’Se condena a los hermanos Storzenbecher a morir decapitados, por orden de nacimiento, comenzando por Klaus Storzenbecher. Pero si este, después de habérsele cortado la cabeza, logra dar cuatro pasos, en línea recta, por cada uno de sus hermanos, podrán estos salvar sus vidas y ser eximidos de todos los cargos por piratería’’.

Un sonoro y rotundo ‘’oh’’ recorrió de punta a punta a la multitud. Era imposible que un cuerpo sin cabeza realizara tal hazaña. Klaus se mordió los labios y un temblor lo tomó por sorpresa. La vida de sus cuatro hermanos dependía de él, como había sido desde siempre. Se plantó más firme que nunca para intentar controlar las oleadas de pánico que lo estaban azotando.

Dos oficiales lo separaron del resto de sus hermanos y lo llevaron casi a rastras al centro de la plazoleta. La gente gritaba todos los improperios posibles conocidos y por conocer. A todos los miraba desafiante, como si quisiera recordarlos para después vengarse.

El juez le ordenó a un niño que trazara una línea recta desde donde estaba Klaus parado hasta aproximadamente cinco metros de distancia. Los oficiales que sostenían al pirata lo obligaron a ponerse boca abajo, con la cabeza apoyada en una estructura improvisada a modo de guillotina. Klaus resistió como pudo, hasta que un golpe en las costillas lo dejó sin aire para seguir luchando y fue en ese preciso momento que el verdugo, que había estado todo el tiempo al lado del juez, se acercó para asestar el golpe seco y certero y separar la cabeza de Klaus del resto de su cuerpo, que permaneció rígido, como si hubiera sido electrizado.

La multitud gritó e incluso el propio juez apartó la vista cuando la cabeza de rizos dorados rodó silente hacia un lado. Sus hermanos ahogaron un grito y trataron de mantenerse en pie, para no desmayarse.

Los oficiales pusieron el cuerpo sin cabeza de pie y le dieron un empujón para que se cayera, como era de esperarse, pero el cuerpo dio un primer paso tímido sobre la línea antes trazada. Era imposible creer lo que estaba pasando. ‘’¡Es cosa del diablo!’’ gritaba desaforada la gente. Algunos se desmayaron, otros huyeron despavoridos.

El segundo paso fue menos tímido que el primero. El tercero, si bien vacilante, no se desvió ni un ápice del camino y el cuarto, decidido por ser el último, duró lo suficiente como para cumplir con su cometido antes de desplomarse: Liberar a los hermanos.

El resto del clan Storzenbecher cayó de rodillas, todos riendo nerviosos y llorando. Nadie podía creer lo que acababa de pasar y sin embargo había pasado, a plena luz del día, con testigos a granel.

El juez no podía hablar y tenía los ojos desorbitados de la impresión. Cuando pudo articular palabra, tragó grueso, y con un hilo de voz eximió de los cargos de piratería a los cuatro hermanos restantes, ordenó recoger el cuerpo de Klaus e incinerarlo y hacer desaparecer sus cenizas de la faz de la tierra. ‘’¡Échenlas al mar! ¡Al mar! ¡Es ahí donde ese maldito tiene que estar!’’

26 noviembre 2021

20 segundos


 

El camión recogedor de la basura pasa puntualmente a las 9:00 pm todas las noches, menos los domingos, que pasa a las 6:00 pm.

Él no siempre saca la basura porque no todos los días tienen tanta; sin embargo, sí se encarga de hacerlo. No delega esa tarea en su mujer. Le enseñó a separar los residuos, los orgánicos de los inorgánicos, el plástico, el vidrio, etc. Juntos han ido a varias charlas de reciclaje, clasificación de la basura y reducción de desechos.

A ella no le interesaba el tema en lo más mínimo, pero él logró convencerla y desde hace ya algún tiempo, se metió de lleno. ¡Quién iba a decir que la basura los mantendría unidos! Pero es así. De todas formas, él se cerciora de que esté toda bien clasificada, antes de dejarla en los contenedores enfrente de su casa.

A las 8:45, él baja con las bolsas de basura. Se detiene en el tercer piso y recoge las de la anciana del 3B, desde que la operaron de la cadera y perdió algo de movilidad. Siempre lo recibe con una sonrisa y le ofrece alguna frase motivadora de calendario. ‘’No me cuesta nada hacerlo’’ le reitera él cada vez.

Eso le consume unos cincos o seis minutos. El resto los baja corriendo para que no pase el camión y a ellos los multen por negligentes, cosa que, por fortuna, no ha pasado nunca.

Hoy triunfó, como siempre, y en tiempo récord. No es la gran cosa, lo sabe, pero cumplir con su rol de buen ciudadano, lo alienta y lo deja tranquilo.

A las 9:00 ve acercarse el camión de la basura, por la misma esquina por la que avanza la vecina del 2A. Se divisan y ella apura el paso. Él, por el contrario, ensaya su pose de distraído y cruza la calle de vuelta al edificio con tanta calma que no se parece en nada al tipo frenético que bajó enloquecido hace menos de cinco minutos atrás.

Tanto él como la vecina se encuentran en la puerta y se saludan con un ‘’buenas noches’’ parco y simple. ¿Qué mas tienen que decirse dos vecinos que se ven esporádicamente cuando coinciden de vez en vez?

Ella se adelanta y enciende la luz automática que les dará 20 segundos para dirigirse a sus respectivos departamentos. Sube las escaleras sin premura, en parte porque va cargada con las bolsas de las compras, y en parte porque está cansada. Debería mudarse a un edificio con ascensor al menos.

Él la sigue a prudencial distancia. Han transcurrido cerca de 10 segundos. En el descansillo entre el primer piso y el segundo, él la toma por el ruedo de la falda, como si de un niño que quiere llamar la atención de su madre se tratara.

Ella se detiene en seco, con la respiración un tanto cortada. Él la abraza por la cintura y le libera la nuca del cabello. ‘’Estoy sudada’’ se queja. ‘’No me importa. Me gustas como estés’’ le responde él con voz ronca.

Los segundos restantes de la luz se vencen. Él desliza la mano derecha por entre los muslos de la mujer. Ella se inclina un poco más hacia él hasta frotarlo con rítmicos movimientos circulares suaves, pero decididos. Se sienten arder de a poco. En un punto, ella se da la vuelta, como puede, y lo besa.

Ese beso largo, húmedo, desesperado, íntimo dura poco, pero lo suficiente como para mantenerlos a ambos en vilo y felices por escasos minutos. ‘’Esta noche tendré insomnio. Deja abierta la puerta de tu departamento. Claro, si quieres que te visite sonámbulo’’ dice en voz baja, al tiempo que ríe.

Ella no puede contenerse y también ríe con esa risa pícara y a la vez tierna que a él le fascina. ‘’Abierta quedará. Este finde estaré libre también. No me toca trabajar. Tal vez puedas escaparte un rato, no sé, tal vez algún otro episodio de insomnio puede afectarte’’ explica ella en susurros. Se separa y vuelve a encender la luz. Se despide con mirada anhelante y sube hasta su departamento. Segundos después él hará lo mismo, antes de que la luz vuelva a apagarse.

Cuando llega a la puerta de su casa, respira hondo y se pasa las manos por el cabello. Ve a su esposa en el sofá, totalmente dormida, con la tele encendida. Se acerca despacio y la besa en la frente. ‘’Mi amor, te quedaste dormida. ¿Vemos una peli juntos? Aún es temprano para irnos a acostar’’. Ella asiente y le hace espacio.

La abraza y ella apoya su cabeza en su hombro. No tarda en quedarse dormida de nuevo. Él va haciendo zapping, mientras mata el tiempo para fingir un nuevo episodio de insomnio.

 


15 octubre 2021

Alzheimer

 


Ha acondicionado su habitación, al fondo de la gran casa, para que sea lo más acogedora posible y se parezca a la que una vez fue su cuarto de estudiante, cuando se fue de la casa de sus padres para estudiar y labrarse el brillante futuro que tenía supuestamente ante sí.

Tiene incluso una cocinita eléctrica para prepararse sus antojos y así no depender de la comida que sin ningún esmero le preparan a él y al resto de los pacientes. No le gusta autoproclamarse como tal, pero no encuentra otra forma.

Su vida ahora es muchísimo más satisfactoria y plena que cuando estaba libre, si es que alguna vez lo fue mientras estuvo allá afuera, en el mundo. Sin rutinas ni responsabilidades, solo está él consigo mismo y su propia compañía le agrada, mucho más de lo que pensó, cuando tomó la decisión de ser internado.

Mientras repasa los últimos 10 años de la vida que ha llevado en esta casona que le sirve de refugio, escucha los pasos conocidos de la enfermera que se detienen en su puerta y antes de que la chica golpee, él ya le ha dicho que puede pasar.

Nerviosa y casi sin aliento le avisa que su esposa está en la recepción. ‘’¿Qué? ¿Cómo? ¡No es día de visita hoy!’’ responde irritado. ‘’Pues aquí está, con un ramo de flores y todo’’, le informa la chica. ‘’Qué mujer de mierrrr…Perdona, perdona. No quise ser grosero o al menos no contigo’’ se disculpa y continúa: ‘’¿Qué le dijeron?’’ indaga. ‘’La atajaron en la entrada, pero seguro que irá a escabullirse hasta su habitación, ya sabe, la compartida. ¿Qué hacemos, don?’’ pregunta la chica, más nerviosa que antes. ‘’Deja que me cambie y me vaya hasta el jardincito. Tú haz como si no me hubieras encontrado en mi cuarto’’ dice, mientras uso los dedos para crear comillas imaginarias en esas últimas dos palabras.

La chica asiente y sale veloz de la habitación. El hombre se cambia tan rápido como puede y tiene el tino de despeinarse y ponerse la bata de baño al revés, para parecer más desubicado y perdido en su propio mundo que nunca. ‘’Vieja hija de puta’’ masculla, al tiempo que se escapa por la ventana para ir hasta el jardín. Y ahí se queda, tranquilo en apariencia, sentado en una de las sillas de metal, viendo para el cielo. ‘’En algún punto me gano el Oscar al mejor actor’’ piensa divertido para sus adentros. Sonríe.

La mujer lo ve y casi se abalanza sobre él: ‘’¡Mi amor! ¡Aquí estás!’’ grita con su voz desagradable de siempre y haciendo esos ademanes que a él terminaron por asquearlo hace mucho tiempo. ¿En qué momento el amor le dio paso al horror? Porque es justo eso lo que siente cuando piensa en ella o cuando la ve llegar: Horror.

‘’¡Mamá!’’ le dice y la envuelve en un abrazo infantil e incluso tierno. La enfermera, parada a prudencial distancia ahoga una carcajada, mientras él le guiña un ojo. La mujer se lo quita de encima con prisa, casi molesta. ‘’No soy tu madre, Ramiro. Soy tu esposa’’ le dice enfadada. De mala gana le entrega el ramo de flores. El hombre lo recibe sonriente. ‘’Es primavera aquí en París’’ dice. ‘’Ramiro, mi vida, no estamos en París, nunca estuvimos’’, le responde ella, descorazonada, mientras le pasa la mano por los cabellos para intentar peinarlos.

Se desploma en la silla al lado de la que él ocupaba y lo obliga a sentarse a su lado. El hombre se deja llevar e insiste en llamarla ‘’mamá’’. Le encanta usar ese personaje. Sabe bien lo mal que se la llevaban ella y su madre. Hacía tiempo que no la confundía de esa forma. Se lo merece, por haberse aparecido sin avisarle, el día que no tocaba visita.

Él alterna entre episodios de ‘’te reconozco y no’’ durante toda la visita para exasperarla. Ha estudiado bien sus personajes y después de tantos años rodeado de personas que se perdieron en los vericuetos de sus propias mentes en serio, ha aprendido varias cosas que va poniendo en práctica en cada visita.

Le encanta ser otros porque siempre quiso hacer teatro, dedicarse a ese arte, pero la vida lo llevó hacia otros rumbos, en los que quedó atrapado durante mucho tiempo, hasta que decidió liberarse, a su manera.

Después de un rato que le parece eterno y en medio de uno de esos episodios de ‘’sé quién eres y qué eras en mi vida’’, le confiesa que está cansado, que es mejor que se vaya, que él quiere dormir una siesta y que gracias por las flores, preciosas y aromáticas, que compró para él. Se levanta de la silla y le dirige una mirada tierna a la enfermera, que se apresura a llevarlo del brazo. ‘’Te compré flores, mi amor’’ le dice con voz pícara, al tiempo que le guiña un ojo. ‘’Es usted tan amable, don’’ le responde ella, tomando el ramo de flores.

Su mujer lo observa con rabia. ‘’Me gasto un buen dinero en esas flores del carajo para que este imbécil se las dé a otra, que quién sabe con quién confundirá. ¿Tal vez crea que soy yo de joven? ¿Qué tengo que hacer para que este malparido me reconozca, me recuerde del todo?’’ piensa.
Se abre paso entre ambos, de manera de separar a Ramiro de la enfermera, para abrazarlo y besarlo. Él se hace el sorprendido, el que no sabe quién es ella, ni qué hace ahí, mirándola con un desprecio mal disfrazado. Se aleja, con el movimiento ya no tan grácil de sus enormes caderas que en algún tiempo a él le parecieron jugosas y carnales y ahora solo le da grima ese exceso de grasa mal distribuido.

Respira hondo. ‘Voy a darme un largo baño, porque ese perfumito de cuarta que usa, se queda impregnado en todo lo que toca esta vieja’’, refunfuña. ‘’Hoy estuvo estupendo, don. Debió haber sido actor. No me canso de repetírselo. ¡Casi no aguantaba la risa!’’ confiesa divertida la enfermera. ‘’Te conté, bueno... a ti y a las demás chicas, que siempre quise ser actor, pero la vida me fue llevando hacia otros derroteros’’ explica, mientras se inclina y hace un movimiento, a modo de reverencia. Ella aplaude y sonríe.

‘’¿Qué hago con las flores?’’ pregunta, viendo con detenimiento el ramo. ‘’Son meros cadáveres, ya, querida, pero me las llevo, no te preocupes’’, responde. Se peina un poco el cabello con las manos, se quita la bata y se la cuelga en el brazo izquierdo y se va silbando a su habitación, la del fondo de la gran casa. Mientras prepara el baño, mira el ramo y con desdén lo tira a la basura. ‘’Pobre diabla. Voy a esperar a que te mueras de vieja, nada más para llevarte yo flores a tu tumba’’.