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12 septiembre 2017
13 agosto 2017
El lago
El
lago le causaba una curiosidad imposible; así que a veces se escapaba de clases
bajo cualquier pretexto y se iba a contemplarlo. Su madre le tenía prohibido ir
sola. ‘’¿Y si te caes? ¡Tú no sabes nadar!’’, le decía. Pero su madre era muy
temerosa e insegura y tenía muy poca confianza en ella, su hija. Por tanto,
escaparse a veces para ir al lago era una muestra silente de su madurez y
también de su rebeldía. ¡Su madre tenía que saber con quién estaba lidiando!,
aunque claro, nunca lo sabría, a menos que la descubriera y eso nunca pasaría.
Amaba
la libertad que le daba el estar sola ante la inmensidad del lago. Sus aguas
tranquilas desvanecían cualquier preocupación innecesaria a sus 11 años. Jugaba
a tirar piedrecillas y ver cómo formaban tímidas ondas en la superficie. A
veces se quedaba absorta observando el agua calma. Otra veces vagaba por la
orilla y se quedaba lo suficientemente cerca hasta hundir los pies en la arena
húmeda.
La
tarde que decidió no ir a la escuela (aunque se despidió de su madre como todos
los días) tomó el camino de siempre, pero a la mitad, se desvió adrede, tal y
como había planeado. Sin embargo, había mucha neblina. Tuvo que detenerse
varias veces para que sus ojos se acostumbraran a la poca visibilidad. Tenía la
certeza de estar en el camino correcto. ¡Lo había recorrido ya tantas veces!
pero la densa neblina la hizo dudar.
¿Retrocedería o seguiría avanzando? El invierno sería implacable como todos
los años y ella tendría que esperar durante largos meses para poder volver al
lago. Decidió entonces avanzar, después de pensarlo mucho. No había marcha
atrás.
Dos
horas después y sin saber cómo, creyó llegar al lago. El escenario parecía tan
diferente. Se veía pequeño, oscuro. La vegetación parecía muy densa, como si
fuera a abalanzarse sobre ella y devorarla. No parecía su lago del todo. El
ambiente mostraba ya su cara menos amable, todo estaba casi marchito, los árboles
desnudos y sin gracia y la pátina transparente y cruel del hielo comenzaba a
congelarlo todo a su paso.
Se
detuvo en la orilla, no sin antes quitarse la mochila y dejarla en el suelo.
Gritó: ‘’¡Llegué!’’ y el eco de su grito resonó en el silencio del lugar. Se
agachó y tocó la superficie con los nudillos, como si tocara una puerta, para
cerciorarse de que estaba lo suficientemente dura para soportarla. Avanzó unos
diez pasos. Observó el lago a sus pies: transparente, casi congelado. Era todo
tan raro. Desestimó su aprehensión infantil. Dio otros diez pasos sin
percatarse de que la neblina se había hecho más densa y dificultaba la visión.
La aprehensión dio entonces paso a la maravilla. Se sintió poderosa y feliz.
Continuó caminando tan segura de sí misma que cuando el hielo empezó a resquebrajarse
en su parte más fina, ella no lo notó; al contrario, siguió avanzando,
convencida de que llegaría al centro del mismo lago.
El
hielo, mucho más delgado y frágil, dado que aún no era del todo invierno, fue
cediendo ante el peso de la niña. Los últimos ocho pasos que logró dar hicieron
que el hielo cediera por completo y que fuera tragada sin misericordia hasta el
fondo del lago. El frío congeló sus pulmones en segundos y quedó atrapada con
una expresión de sorpresa en su rostro de niña. El agujero que formó su cuerpo
en el hielo fue instantáneamente llenado por la misma pátina transparente y
cruel que cubría el lago.
La
terrible neblina hizo que se suspendieran las actividades en el pueblo y los
niños fueran enviados de regreso a sus casas, alrededor de la una de la tarde.
La
madre aguardó a que la niña volviera. En vista de que no llegaba, llamó a la
directora: ‘’No vino hoy a clases. Pensamos que no la había mandado dado el mal
tiempo’’. Se sentó de golpe y empezó a sentir cómo el pecho se le iba
oprimiendo. Algo muy malo había pasado. A su niña. A su única niña. Comenzó a
llorar. Sin pensarlo, salió de la casa hasta la estación de policía. No se
podía ver nada, no reconoció el camino, así que desesperada tuvo que volver
sobre sus pasos como pudo, aterida de frío y muerta del pánico. Al llamar a la
estación, le informaron el protocolo: ‘’Hay que aguardar 48 horas para
declararla como perdida’’. Y fue justo 48 horas después que la policía comenzó
la búsqueda.
El
último sitio en el que buscaron fue en el lago. En la orilla encontraron la
mochila, que fue reconocida por la madre. Rastrearon la zona lo más que
pudieron. El lago casi congelado no dio ningún indicio de haberse devorado a la
niña porque no permitió dejar rastros.
El
tiempo, sin embargo, fue avanzando inexorablemente. La angustia había también
avanzado en la madre, quien no había dejado de buscar a su hija. Había
adelgazado. Unas ojeras perennes habían hundido sus otrora vivaces ojos azules.
El cabello, antes rubio y ahora mustio, permanecía siempre preso en una suerte
de moño desordenado en la nuca. Parecía desorientada la mayor parte del tiempo,
siempre triste, siempre sola.
Fue
finalmente en una primavera cualquiera, durante la época de deshielo, que el
lago decidió devolver lo que había tomado prestado seis largos años antes: la
niña de 11 años. Primero, el cuerpo fue ascendiendo desde el fondo, poco a
poco. Formaba burbujas a su alrededor. La fauna del fondo bailaba también a su
alrededor. La niña ascendía con los brazos hacia arriba, los ojos abiertos, la
boca abierta, las trenzas en su sitio, la falda, las medias, las botas, la
camisa, el abrigo. Todo en su sitio. Cuando las manos chocaron con la gélida
superficie del lago, la niña despertó y empezó a luchar por salir de su prisión
de hielo. Golpeó lo más que pudo con sus débiles nudillos la superficie, hasta
que se resquebrajó del todo, se rompió en cristales de colores y ella pudo salir,
después de tantos años. Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro,
tratando de hacer despertar a sus pulmones, que reaccionaron con prisa. La niña
soltó entonces un grito sordo: ‘’¡Llegué!’’.
Como
pudo salió del agujero de hielo y se dirigió a gatas hasta la orilla, hasta
desplomarse. Respiraba hondo y exhalaba. Cuando se recuperó lo suficiente, se
levantó y observó el paisaje. Era su lago. Pero ¿cuánto tiempo había estado
ahí? ¿Y la niebla? ¿Ya era primavera? Dio algunos pasos. Tenía mucho frío.
Empezó a andar. Empapada como estaba, apretó los puños y apuró el paso. Tal vez
llegaría antes que su madre y si todo salía bien, ella nunca sabría que había
faltado a la escuela por ir al lago.
Llegó
corriendo a su casa y decidió entrar por la parte trasera. Eran casi las seis
de la tarde cuando abrió la puerta con cuidado, de manera de hacer el menor ruido
posible. El fogón estaba encendido. Se acercó un poco para entrar en calor, que
le devolvió el aspecto rosa de siempre a sus mejillas. Estuvo parada ahí unos
minutos, hasta que el sonido de los pasos de su madre y el grito que esta
profirió al verla, la hicieron saltar. ‘’¡Mamá!’’ le dijo y la miró aterrada, a
sabiendas de que ahora vendría un castigo. ¡Maldición! ¡Había calculado mal el
tiempo y su madre había llegado antes! Pero, ¿era esa su madre? La mujer
envejecida que la miraba sin poder articular palabras se parecía a su madre.
Era y no era ella. La madre se le fue acercando poco a poco. La niña se fue
encogiendo, segura de que ahora vendría una buena tanda de golpes por haber
faltado a la escuela. Pero en vez de eso, la madre cayó de rodillas, llorando.
La abrazó como solo se abrazan a las personas que se creían del todo perdidas.
No le importó que la niña estuviera empapada y helada. No le importó que
estuviera muerta del miedo. Sólo la escondió entre sus brazos.
‘’Mamá...no es para
tanto. Perdóname, no quería ir a clases hoy’’.Rodeó con sus brazos el cuello de la madre, la besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro. La madre sólo lloraba y le acariciaba el cabello. Después de varios minutos, logró decirle: ‘’Has vuelto a casa, mi amor. Por fin has vuelto’’.
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10 julio 2017
Las sogas
‘’Sólo escuché cuando no sé quién
me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi
oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba
aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos
entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me
acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que
uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo
que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a
sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al
agua.
Me parece mentira haber vivido
todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien
torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a
varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían
ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento
y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me
solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi
cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden
que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si
fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo
y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico
que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato.
Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que
hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué
estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando
pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos
exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me
rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé
dónde.
Yo había perdido toda noción de
absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida,
traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui.
Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios
nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un
documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres
habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que
todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí
detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un
sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que
no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al
agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por
lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa,
al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el
mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número
más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy
aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los
ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que
resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era
una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla,
para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre
su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no
las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo
oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se
levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo,
rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe. No alcanzó a ver de quién era esa mano. No
supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma
fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones:
¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo
aplaudieron de nuevo a él, el héroe.
11 junio 2017
La gallina
Corre.
Lo más rápido que puede. No sabe bien adónde ir, pero corre. El matorral es
espeso, denso, pero él no lo nota, tan sólo corre. Se resbala varias veces.
Otras cae. Está casi sin aliento, pero debe continuar corriendo. Tiene la
camisa pegada al cuerpo, el sudor empapa todo su cuerpo. Sabe que están detrás
de él, muy cerca y si lo atrapan…
Corre.
Cuanto puede, aunque el corazón se le salga por la boca, corre. Sin rumbo, pero
corre. Lo más rápido que puede. Debe parar por segundos para tratar de respirar
un poco, al menos. Se detiene. Curva el cuerpo y apoya ambas manos sobre las
rodillas. Respira con desorden por la boca, la nariz. El cabello cae sobre el
rostro empapándolo aún más de sudor. Observa sus manos, con la sangre ya seca
cubriéndolas aún. Observa su ropa, con rastros de sangre todavía fresca. Su
respiración se hace más entrecortada. Tiembla. Tiene que seguir huyendo. Si lo
atrapan…
Cuando
se incorpora nota el humo. ¿Una casa? ¿Una fábrica? Empieza a escuchar las
voces a lo lejos. Vienen por él. Oye los ladridos de los perros. Debe
continuar. Cada segundo que pasa, pone su vida aún más en peligro.
Comienza
a correr de nuevo, esta vez buscando el origen del humo. Al aproximarse ve de
dónde proviene: una humilde casa de adobe, con un cobertizo de paja para la
leña, un pequeño huerto y un gallinero. En la entrada hay un perro viejo que
dormita.
Contiene
el poco aliento que le resta y se acerca con sigilo. Observa al perro, que no
detecta su presencia. Observa la casa y sus alrededores. Cuando está lo
suficientemente cerca, se asoma por una de las ventanas. El interior de la casa
es aún más precario que el exterior. Un solo ambiente, dividido por sábanas,
sirve de cocina, comedor y habitación. Hay dos catres, uno junto al otro y un
colchón grande en el piso, en el que dos niños pequeños duermen abrazados para
espantar el frío. Puede ver detrás de una de las sábanas las siluetas de dos
adultos, un hombre y una mujer. El hombre está sentado en un banco y mira hacia
la nada. Sostiene una taza humeante de café entre sus grandes manos. La mujer
está de espaldas, inclinada sobre el fogón. Cuando termina de beber el café, el
hombre se levanta, le entrega la taza a la mujer y la besa con ternura en la
frente, al tiempo que le dice: ‘’Me voy a la faena’’. Lentamente sale de la
casa y en la entrada se agacha para acariciar al perro, que responde lamiéndole
la mano, resoplando y moviendo la vieja cola.
Desde
la ventana, ha seguido con atención todos los movimientos del hombre. Si entra
a la casa, puede robar algo de comida y algo de ropa. Es más fácil si el
campesino no está porque podrá dominar a la mujer y a los niños, si llegaran a
despertar. Sin embargo, el campesino bordea la casa y se dirige al cobertizo,
de donde sale con un hacha, y después enfila hacia el gallinero.
El
corazón del hombre se paraliza. Tiene que pensar y actuar rápido para evitar
ser descubierto, así que sin hacer ruido, entra al gallinero. Su presencia
provoca el cacareo y la inquietud de las gallinas. Nota que hay fardos de paja
y es justo detrás de ellos que se esconde lo mejor que puede. El campesino
entra escasos minutos después. ‘’¿Qué pasa que amanecieron tan contentas?’’
dice, al tiempo que esboza una cálida sonrisa.
Oculto
detrás del fardo, el hombre observa toda la escena. El campesino coloca el
hacha sobre el tronco que le sirve de apoyo para matar gallinas, toma una vieja
cesta de mimbre y va jaula por jaula recolectando los huevos. Una vez que
termina, recorre con la vista las jaulas, abre una sola y saca una de las
gallinas, que aletea y cacarea sin cesar. El campesino le agarra con fuerza el
pescuezo y lo tuerce hasta que oye el familiar ‘’crac’’. El ave queda entonces
sin vida en sus manos. Coloca el cuerpo en el tronco, toma el hacha y le corta
la cabeza que le salpica el pecho de sangre sin querer. ‘’¡Ah, carajo!’’
exclama. Termina de faenar la gallina y sale del gallinero en dirección a la
casa. El hombre sale de su escondite improvisado, no sin antes quitarse la
camisa y lavarse como puede con el bidón de agua que encontró en el gallinero.
De repente, se percata de las voces de los hombres que aún lo buscan y de los
ladridos de los perros, que parecieran estar cada vez más cerca. Esconde la
camisa ensangrentada entre la paja y se oculta de nuevo detrás del fardo. Con
algo de suerte, los hombres y sus perros pasarán de largo y él podrá reanudar
la huída.
Mientras,
el campesino le dice a su mujer, desde la puerta: ‘’¡Agarre la gallina! ¡Mire
cómo me dejó!’’. La mujer toma una olla grande y coloca dentro al ave, no sin
antes decir: ‘’¡Qué buen sancocho tendremos hoy!’’. Ambos ríen. Los niños, ya
levantados, corren a ver a la gallina y gritan y ríen con el escándalo propio
de sus años. El campesino se aleja de la casa hacia el cobertizo. Justo en ese
momento, seis gendarmes y tres perros lo rodean. El hombre los mira sin
entender nada. Tiene las manos aún cubiertas de la sangre fresca de la gallina,
así como la camisa. ‘’¡Que no se escape!’’. Dos gendarmes lo golpean hasta
dejarlo inmóvil en el suelo. Los perros ladran con vehemencia. Ante tal
alboroto, la mujer sale de la casa gritando: ‘’¿Pero qué está pasando, Dios
mío?’’. Desde el gallinero, el hombre observa toda la escena y logra escuchar
partes aisladas de lo que dicen: ‘’Lo estábamos buscando’’, ‘’…porque asesinó
a…’’, ‘’¡no es posible!’’, ‘’sólo era una gallina…’’.
Los
gendarmes esposan al campesino y se lo llevan a rastras. La mujer los sigue
llorando, con las manos en la cabeza, pero los gritos de los niños la hacen
regresarse. Dentro del gallinero y aún atónito, el hombre se persigna al tiempo
que dice: ‘’¡De la que me salvé!’’. Sale sigiloso en dirección al cobertizo y
una vez dentro, encuentra un pantalón de montar y una camisa vieja. Al fin
puede deshacerse del resto de su ropa, aún salpicada de sangre, que esconde
debajo de algunos troncos para leña. Encuentra también un viejo sombrero de
paja, se lo coloca de manera que le oculte el rostro lo más que pueda y sale
sin ser notado del cobertizo, sin rumbo fijo, pero seguro hacia su nueva vida.
08 mayo 2017
Te buscan
‘’Te buscan’’, dice la chica.
‘’¿Quién?’’, pregunta la mujer,
sin levantar la vista de lo que está haciendo.
‘’Un hombre. Me dijo el nombre
pero me olvidé. ¡No puedo ocuparme de todo!’’ responde divertida.
La mujer bufa, deja de lado lo
que está haciendo y esboza una media sonrisa. Se levanta, se arregla el vestido
y el cabello y se dirige a la entrada. En la recepción aguarda un hombre alto, delgado,
de aspecto lánguido, algo desaliñado, de anteojos. Se levanta de un salto
cuando la ve.
‘’¿Usted me buscaba para…?’’
pregunta la mujer, un tanto sorprendida por la reacción del hombre.
‘’¿No te acuerdas de mí? ¿No me
reconoces?’’ dice el hombre, tuteándola, como si fueran viejos conocidos que
han dejado de verse por un tiempo inexorablemente perdido.
La mujer niega con la cabeza al
tiempo que frunce el ceño.
El hombre se le acerca un poco y
baja la voz, para crear un ambiente de intimidad inexistente. ‘’Yo te recuerdo
perfectamente. Todos los días de mi vida. Fue un error haber huido, haberme
casado con Mayra y no haber ido tras de ti, pero nunca es tarde’’.
Ella lo mira, perpleja: ‘’No creo
que lo conozca’’, responde, manteniendo el mismo tono formal y distante del
principio. ‘’Me parece que me está confundiendo con alguien. Lo siento. No creo
poder ayudarlo’’.
‘’Soy Damián’’ contesta el hombre
y en su tono de voz se refleja el estupor que le causa la respuesta de la
mujer. ‘’¿Quieres ignorarme como todos estos años? ¿Acaso no te basta ya todo
este tiempo?’’.
‘’Honestamente, no sé quién es
usted. No sé de qué me habla. Le pido que se retire’’, y con un ademán firme le
indica la salida.
El hombre balbucea algunas
palabras: ‘’Yo..’’. ‘’Esto no…’’. ‘’No merezco…’’. Se quita los anteojos y
empieza a temblar, como si no pudiera soportar el peso de su vida en ese momento.
Le da la espalda a la mujer, que lo mira perpleja.
Al abrir la puerta, trastabilla
un poco. Camina arrastrando los pies. En cualquier momento, pudiera perder el
equilibrio, caer, como tantas otras veces; pero aun así, continua su camino, dando
tumbos.
La mujer lo observa, sorprendida
todavía y piensa lo difícil que debe ser la vida de ese hombre, que busca a
alguien que no existe más. Se dirige a su oficina y cierra la puerta tras de
sí, cosa que nunca hace. Toma el teléfono y marca un número. Del otro lado de
la línea, responde un hombre, con voz pausada, que de antemano sabe que es ella
quien llama: ‘’Me agarraste en la puerta. Iba a salir. ¿Viste que lindo está el
día? Quería dar una vuelta por la plaza’’. Ella le responde: ‘’No deberías
dejar salir a Damián. Vino a buscarme. ¿Acaso no te basta ya todo este tiempo
que lleva así?’’.
Después de una larga pausa, el
hombre pregunta, alzando la voz levemente: ‘’¿Te da lástima? ¿Ahora te da
lástima ese espanto de persona?’’. ‘’No me da lástima, papá. Sólo que si lo
dejas salir, puede hacerse daño. Además, ¿para qué dejas que lo saquen? Nos
cuesta mucho dinero mantenerlo, como para que se te ocurra de vez en vez que pasee’’, responde, tratando de contener
la ira.
‘’No te enojes, mi amor. A veces
cuando me acuerdo, llamo a los enfermeros y les digo que lo saquen, que dejen
que se airee un poco. Nada más que eso’’.
‘’Pues vino’’ responde la mujer,
apretando los dientes.
‘’¡Ah! No sé cómo llegó hasta a
ti. No sabe dónde estás. Nunca lo ha sabido. Pero descuida, mi vida. Papá se
encargará de que no te moleste otra vez’’ contesta.
La respuesta de la mujer contiene
en sí toda la rabia de la que es capaz de albergar: ‘’Más te vale, papá. Más te
vale’’ y cuelga.
Respira hondo, para tratar de
calmarse. Se levanta, se arregla el vestido y el cabello y se dirige a la
entrada. Abre la puerta. Sonríe al tiempo que dice: ‘’Susana, ¿me traerías un
café por favor. La tarde va a ser muy larga’’. Vuelve a sentarse en su
escritorio y se entrega al trabajo, como siempre.
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02 abril 2017
La agonía
La puerta que se activa por
sensor se abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente,
antes de entrar, resuelta, con paso firme, por el reluciente pasillo de
entrada.
Sus tacones van dejando el eco
del ritmo acelerado y rápido de su andar. Sabe exactamente adónde va, aunque
nadie le haya dicho nada antes, aunque nadie le haya avisado, porque nadie sabe
de su existencia.
En vez de tomar el ascensor, se
dirige a las escaleras y sube los cuatro pisos que debe subir con el mismo
ritmo constante que mantiene desde que entró al recinto.
Abre la puerta y se detiene por
segundos. Mira hacia la izquierda, hacia la derecha. Constata los números de
las habitaciones para encontrar la que busca. Camina entonces hacia la
izquierda: 402, 401. 400.
No toca para entrar. Simplemente
la abre y pasa, resuelta, como lo ha sido toda su vida. Observa al hombre que
yace agonizante en la cama. No le presta atención a las personas que están también
en la habitación, llorando, esperando un desenlace que ya está marcado por
destino.
‘’Augusto…’’ dice, sin un dejo de
ternura o compasión. La agonía del hombre pareciera ir en aumento. ‘’Augusto’’
repite, con más firmeza, como si estuviera a punto de darle una orden al
moribundo. ‘’No nos queda mucho tiempo. Mírame’’ le dice sin parpadear.
‘’¿Pero usted quién es?’’ le
increpa una mujer que la mira atónita. Sin inmutarse ni responder a la
pregunta, toma la mano del hombre y la aprieta. El hombre empieza a reaccionar
lentamente, como si aquel apretón le hubiese infundido un nuevo aliente. Abre
los ojos despacio.
Las demás personas presentes en
la habitación gritan asombradas y ‘’Augusto’’ y ‘’papá’’ son palabras que se
mezclan en el ambiente. El hombre no presta atención a nada, solo a la mujer
que sostiene su mano y a quien mira ahora fijamente.
Trata de incorporarse, pero la
debilidad de su cuerpo después de meses de enfermedad, se lo impide. La mujer
lo observa, sin haberle soltado aún la mano. ‘’Vine a despedirte. Es largo el
camino y yo debo volver pronto a mi casa’’ le dice esta vez, en un tono suave,
tierno.
El hombre respira hondo y
asiente. ‘’Lo mejor de mi vida fuiste tú’’ le dice en un hilo de voz. Ella
asiente y con delicadeza le suelta la mano y se acerca más. Lo besa en la
frente, en las mejillas y por último en los resecos labios. Él intenta
abrazarla, pero su cuerpo no responde. Llora.
‘’Me voy Augusto. Que tengas el
viaje de tu vida’’ le dice y le sonríe con una sonrisa dulce, impropia en ella.
El hombre cierra los ojos. Su respiración se hace entrecortada a medida que la
mujer avanza, con el mismo paso firme con el que entró a la habitación, hacia
la puerta.
Nadie dice nada ahora; sin
embargo todos observan cómo el hombre en segundos empieza a agonizar de nuevo,
hasta que arquea la espalda en un último espasmo violento, aprieta los puños y
deja de estar.
‘’¡Papá! ¡No!’’ son las palabras
que la mujer escucha ya cuando va caminando hacia la derecha. 400. 401. 402.
Abre la puerta que conduce a las escaleras y desciende los cuatro pisos, con la
misma prisa y fiereza con que antes los subió.
Atraviesa el reluciente pasillo
de entrada que ahora marca su salida. La puerta que se activa por sensor se
abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente, antes de
salir, resuelta, con el mismo paso firme de toda su vida.
Camina hacia la parada de taxis.
El chofer de turno le abre la puerta y ella se sienta, tranquila e inmutable, y
le indica hacia dónde llevarla. Se arregla el cabello cada vez más grisáceo.
Observa sus propias manos que hacía segundos sostenían la
mano de Augusto. Apoya suavemente la cabeza en el asiento y dice, con voz casi
imperceptible: ‘’Que tengas, mi querido, el viaje de tu vida’’.
12 marzo 2017
(Entre paréntesis)
La noche trágica que nos
separamos (y digo trágica porque tú te quedaste sin mí y yo me quedé sin ti)
habías ido un par de horas antes a mi casa y al no encontrarme (yo había huido
para evitarme verte) me dejaste una nota simplona y escueta: ‘’Vine y no
estabas. Besos. M’’.
Yo volví tardísimo (adrede) y
encontré la nota, que me pareció simplona y escueta (tenía la esperanza de que
me dijeras que no te ibas, que te quedabas) y fue tal mi rabia, que salí
corriendo a buscarte, no para besarte y abrazarte y pedirte que no te fueras, o
que retrasaras tu partida hasta que yo decidiera que hacer con nuestro
‘’nosotros’’; sino para reclamarte tu escasa imaginación a la hora de escribir
una nota de despedida (en aquel desastre que me volví por tu ida, fue lo único
que atiné a usar como excusa para ir a buscarte).
Así que al llegar a tu casa,
prácticamente derribé tu puerta y esperaba que cuando me vieras, yo estallara
en insultos (para evitarme estallar en llanto) que comenzaran con un ‘’¿qué clase
de nota simplona y escueta es esta?’’.
Sin embargo, me abrió la puerta
el chico que compartía contigo tu casa. Se me quedó viendo con lástima (y supe
en ese instante que te había perdido) y a modo de infame confesión me dijo: ‘’Se
fue hace una hora…no quería irse, quería esperarte más, pero sabía que no
vendrías. Fue lo que me dijo…’’. No pude proferir ninguna palabra (sentí como
toda tu tristeza estaba adherida a las paredes de esa, la que hasta hace poco
había sido tu casa, y se desplomaba sobre mí) ni pensar coherentemente, así que
solo le di la espalda y bajé corriendo las escaleras. Corrí, corrí y seguí
corriendo hasta llegar a mi casa.
Lo cierto es que nunca, querido,
aprendí a estar sin ti desde ese momento. Nunca. (Y nunca tuve el valor de
decírtelo…)
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