26 junio 2019

Marigold




‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido trabajar y envejecer’’. Piensa esto mientras se observa en el espejo y se recoge el cabello en un chignon. Intenta contar las nuevas arrugas que va descubriendo en su rostro, en su cuello. No le perturban, pero tampoco le gustan. Son un fiel recordatorio de que se está venciendo, como un producto cualquiera del supermercado, y que pronto tendrá que dejar de trabajar (oh, la indeseada jubilación) y dedicarse por completo a envejecer (oh, maldita vejez).
Se maquilla sin excesos, como siempre, y se viste acorde. No olvida colocarse la alianza en el anular, para evitar coqueteos innecesarios de caballeros insípidos. A su edad, no necesita lastres. Ya tuvo suficiente con Ramiro, durante todo el tiempo que duró su matrimonio.
‘’Ramiro fue mi única mala decisión’’. Piensa esto al salir de su casa y esperar en el pasillo a que el lento ascensor llegue para llevarla a la planta baja del edificio. Varios pensamientos van detonando en su cabeza, mientras desciende, piso por piso. ‘’Muchas veces las personas confunden el amor con el deseo’’, ‘’dejarse obnubilar por la belleza física causa estragos’’, ‘’¿de qué sirve un buen cuerpo si no viene acompañado de un buen cerebro?’’.
Cuando el ascensor abre sus puertas, resopla. ‘’Allá vamos otra vez’’ se dice a sí misma. Ya no camina con el porte ni la decisión de antes. Ahora es más lento todo. No es que se queje, pero le hubiera gustado conservar eso de sus años anteriores, la rapidez de reacción de su cuerpo.
Al llegar a la oficina, saluda como lo hace de lunes a viernes, a la chica de la recepción: Con un ademán de cabeza, sin pronunciar palabra. ‘’A estas nuevas generaciones les importa tres carajos quién saluda y quién no’’, se lo decía a Ramiro, las raras veces que hablaban, porque ¿para qué emplear tiempo tratando de conversar con aquel ser tan banal?.
Está tratando de evitar la charla sobre su pronta desvinculación por edad. Seguro querrán hacerle una fiesta y la sola idea la aterra. ‘’¡Qué cosa tétrica y de mal gusto!’’ piensa y cierra los ojos con fuerza para espantar el pensamiento. Una vez en su escritorio, se concentra, como desde hace 20 años, en trabajar. Todo su ser se entrega a las labores cotidianas. A veces hasta se olvida de comer. Hace horas extra sin cobrar. Workaholic le dicen, pero no es eso. Lo hace para entretenerse.
Se demora adrede en ciertas labores, no para hacerlas mejor, sino para estirar lo más que puede las horas. Lo empezó a hacer una vez que dejaron Estados Unidos y se instalaron en el inclemente calor tropical de su nuevo país de residencia. Su flamante marido confirmó ser lo que ella sospechaba: Un inútil aburrido, nada más. Digno de mirar, eso sí. Pero solo eso.
Encontrar trabajo no fue difícil. Una multinacional la acogería rápidamente, con o sin experiencia. ‘’God bless America’’ dijo, cuando firmó el contrato. No era fácil encontrar angloparlantes nativos que no sucumbieran a los excesos del placer y la voluptuosidad de aquel país caribeño.
Fue una empleada modelo, desde siempre. No porque fuera inteligente, sino porque era dedicada por necesidad. Ese trabajo rutinario e intrascendente, la salvó de pasar sus mejores horas en aquel matrimonio insulso. Por fortuna, Ramiro murió joven, y ella no tuvo que pasar por el tedioso papeleo de un divorcio, cosa que había estado analizando desde sus primeros meses de convivencia.
Se fue quedando hasta altas horas en la oficina, más por costumbre que por productividad. Llegaba puntual y se iba a casa, cuando ya la ciudad empezaba a languidecer para entregarse al descanso. Estaba de lunes a viernes en el mismo lugar, como si fuera un mueble, un cuadro o una planta. Un algo decorativo, tal vez, que nadie echaría de menos si faltase.
‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido trabajar y envejecer’’. Piensa esto mientras alza la vista y se pierde por momentos observando a través de la ventana a la gente que huye de la fina lluvia que cae inocente sobre la ciudad. Se levanta y se acerca más al vidrio. Son cerca de las 4:00 de la tarde. Ya pasó la hora del almuerzo pero ni lo notó.
Se quita los anteojos y los limpia con delicadeza con un pañuelito. Al calzárselos de nuevo, observa detenidamente al hombre que está parado en la esquina y que la mira, con la misma mirada estúpida e insulsa con que la miró durante los años que compartieron juntos. Deja escapar un suspiro y se acerca más al cristal, hasta apoyar la frente, para cerciorarse de que está viendo bien.
Ramiro, su marido, le sonríe. Tiene la misma edad con la que falleció, hace tantos años. ‘’This can’t be!’’ dice para sí. A sus espaldas, escucha la voz de su jefe: ‘’Marigold…¿se siente bien?’’. Da un respingo, se da vuelta y responde cortés, que nada pasa, que está todo bien, como siempre. Espera unos segundos a que el hombre se aleje y vuelve a fijar la vista en la esquina, sorprendida. Ni rastros de Ramiro.
Vuelve a su escritorio e intenta concentrarse. La visión de su marido muerto la tiene estampada en las retinas, como si de un tatuaje se tratase. Ese día se va en horario a su casa, por primera vez. No deja de pensar el resto de la tarde en lo que vio. Era sin duda Ramiro, con la edad, apariencia y maneras exactas que tenía cuando (afortunadamente) falleció.
Después de ese episodio, los días volvieron a trascurrir sin inconvenientes, como siempre, y sin sobresaltos de visiones del más allá. ‘’Trabajar y trabajar. Esto siempre me ha salvado’’. Piensa esto mientras termina uno de los tantos informes inútiles que redacta para el departamento en el que está asignada. No volvió a pensar en Ramiro, ni como pensamiento buscado, ni como no buscado.
El tiempo avanzó inexorablemente, como siempre. ‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido trabajar y envejecer’’, dice, sin emoción. ‘’50 años en este país. Y yo que pensé que me devolvería no más pudiera. Así es la vida, la costumbre’’.
Al llegar a la oficina, se dirige al baño, antes de instalarse en su escritorio. Se lava las manos, se arregla el cabello y el atuendo. Siente de repente un dolor lacerante en el pecho que no le da tiempo ni de gritar para pedir ayuda. Cae al piso, como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas, sin ruidos innecesarios. ‘’Oh, Lord!’’ es su último y discreto pensamiento.
Pocos fueron a su funeral. No había registros de familia a la que avisar de su deceso. Pocos notaron su ausencia definitiva y eterna; sin embargo, ella siguió yendo a trabajar, como si nada hubiera pasado. En su escritorio y espacio de trabajo empezó a formarse una capa de polvo. La señora de la limpieza no quería perturbarla, al verla siempre tan concentrada.
Hasta que el caos se hizo muy evidente y le llamaron la atención los de mantenimiento: ‘’Tiene que limpiar TODOS los escritorios y el de la esquina tiene tiempo sin haber sido limpiado’’ le espetaron. La mujer abrió desmesuradamente los ojos y respondió: ‘’¿Pero cómo quiere que lo ordene y limpie, si la señora mayor nunca se quita de ahí, siempre está trabajando’’.
‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido trabajar y envejecer. Y ahora también me dedico a alimentar la creencia de que existo en este plano terrenal, cuando ya pasé al otro, más sobrenatural, por llamarlo de alguna forma. Con tal de que Ramiro nunca descubra que he muerto, me viene bien cualquier cosa. Con él no quiero estar dando vueltas en los mismos universos. De estas cuatro paredes y de este escritorio no saldré nunca más. Por lo que dure la eternidad’’.

04 mayo 2019

La jubilación




El enano entra al recinto como todas las mañanas, cargado de carpetas, folios, libros de anotaciones pesados y aparatosos. ‘’Buenos días’’ dice con la misma voz áspera de todos los días, esa que se ha ido arrugando con el tiempo.
Deposita su fardo de documentos en el escritorio, con gran estruendo y torpeza. De cara a la ventana y con los brazos entrelazados en la espalda, él ni se inmuta por el ruido, de tan absorto que está en sus pensamientos.
‘’Señor’’ dice el enano y carraspea. De un tiempo a esta parte, el hombre está sin estar, ya no se concentra como antes, ha perdido el empuje y el ánimo. El enano sabe que solo piensa en su descanso, que será eterno, en su caso, pero en silencio le reprocha su falta de interés, su egoísmo. No todo puede girar en torno a él. Hay todo un universo que depende de él.
Espera unos segundos antes de volver a hacerse notar. ‘’Señor’’ repite, esta vez con un tono más alto, al tiempo que hace sonar los tacones de sus zapatos. Como si volviera en sí, el hombre da un respingo. ‘’¿Hace mucho que estás ahí’’ le pregunta, al tiempo que lo observa de arriba a abajo, como si fuera la primera vez que lo viera.
El enano no se acostumbra a esa mirada de extrañeza que desde hace un tiempo acompaña esa pregunta, que se repite día tras día. Esta vez no responde. Le clava sus ojitos negros con fiereza. El hombre parpadea y lentamente se va acercando al escritorio. Acomoda un poco la silla y se sienta.
Al ver todo el papeleo del que tiene que ocuparse, resopla. ‘’Quiero ya salir de esto’’ piensa. El mundo, desde que es mundo, se ha vuelto muy aburrido. Sus tareas se han hecho monótonas y rutinarias. Ni en sus fantasías más disparatadas, llegó a imaginar este presente tan carente de todo, a pesar de que el trabajo se ha ido incrementando con los años.
‘’¿Me necesita para algo más, Señor?’’ pregunta el enano. ‘’Siéntate un rato. Charlemos’’. Un tanto incómodo por la petición, el hombrecillo acomoda su pequeña humanidad en una silla. Espera impaciente a que el hombre hable. Nunca ha sido de tener buena conversación. Tampoco sus ideas han sido prolíficas. Es más de ejecutar que de pensar. No en balde está donde está, de asistente.
‘’Hubo un tiempo, maravilloso, diría yo, en el que trabajar aquí era un deleite. Pero desde que se automatizaron muchas cosas y hasta surgieron apps, ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Además, convengamos que los que llegan ya vienen medio tontos. No es lo mismo un asesinato por celos que urdir un plan, trazar una estrategia para asesinar a alguien. Antes todo era mejor. Incluso el mal tenía otro matiz’’.
‘’Mi trabajo no ha cesado, Señor. Es más, tengo el doble de lo que tenía antes’’ dice el enano, sorprendido. ‘’No me refiero a eso’’ le espeta contrariado el hombre. ‘’Me refiero a la calidad de los casos. Ahora todos son iguales. Todos están cortados por la misma tijera. ¡Añoro las épocas de las intrigas que devenían en grandes catástrofes!’’ dice, al tiempo que se levanta de su silla, para imprimirle drama y fuerza a su opinión.
El enano parpadea. ‘’¿Puedo retirarme? Tengo aún mucho que hacer’’. El hombre le lanza una mirada displicente y agita su mano de largos dedos, para indicarle que se vaya, que desaparezca. Una vez que el enano ha abandonado el despacho, él camina por toda la habitación en silencio.
Quisiera dejarlo todo y ser lo que antes era: el mayor miedo que azotaba al mundo con tan solo pensarlo. Aunque claro está, la masificación solo trajo consecuencias ilógicas y su figura se vio sometida a la vulgarización. Durante la inquisición, esas cosas no pasaban. Él tenía mucha presencia. Sin siquiera aparecerse en vivo y en directo, ya infundía terror, pánico. ¡Fue una época dorada!
Los tiempos corren y nunca pudo seguirle el ritmo a esta modernidad tan falta de identidad. Por eso el tema de su retiro está tan presente en su actual vida.
Sin pensarlo mucho, decide ir a hablar con su contraparte. Se coloca la capa de raso y se ciñe el sombrero de copa, un atuendo innecesario y totalmente pasado de moda, pero así se siente un poco: fuera de todo. Desde sus profundidades asciende con el garbo que siempre lo ha caracterizado y que algunos artistas han sabido retratar muy bien.
Va subiendo por pasajes cavernosos, fríos, oscuros y húmedos. Le tomó bastante tiempo poner todo el escenario así de tétrico, pero quedó conforme con el resultado. Será una de las pocas cosas que extrañará, con certeza. Mientras avanza, piensa en qué reacción tendrá cuando comunique su decisión de retirarse. ‘’Lo que falta es que me lo prohíba’’ dice en voz alta, al tiempo que eleva los brazos hacia arriba, en tono de súplica.
Una vez en el pasadizo secreto que comparten para comunicar ambos reinos, respira hondo. Se acicala. Le gusta verse bien y que lo vean bien. Ser el amo del inframundo no es sinónimo de mala apariencia. ¡Al contrario!. Con delicadeza, toca la puerta tres veces, como convinieron desde el inicio de los tiempos.
Apoya la oreja contra la puerta, a espera de la confirmación de pasar. Del otro lado escucha como su contraparte levanta su pesada humanidad de la silla y como la túnica va haciendo ese ruidito delicado al rozarse contra el piso, se dirige hacia la puerta principal y la cierra con llave, no sin antes decirle a sus asistentes que no lo interrumpan por un largo tiempo. Oye sus pasos acercándose hacia la puerta secreta. Él se yergue y solemne, coloca una mano en el pecho, como se lo vio hacer a Napoleón tantas veces.
Al abrirse la puerta, su amigo de toda la vida exclama a medias: ‘’¡Querido! ¿A qué se debe…?’’ pero no termina la frase al verle el atuendo. El hombre lo ataja antes en la burla: ‘’¡No quiero oír un solo comentario al respecto!’’ lo amenaza infantilmente. Su contraparte ríe su mejor risa bonachona y feliz. ‘’El que te hizo el sombrero para los cachos fue realmente un genio’’, le dice y lo palmea.
Se sienta en una silla mullida, no sin antes quitarse la capa y el sombrero. ‘’Vengo a hablarte de algo importante y trataré de ser breve: Quiero jubilarme. Lo necesito’’. El otro hombre lo escucha atónito. Se lleva las manos regordetas al pecho y exclama: ‘’¡Me dejas helado!¡No me lo esperaba!’’ y se desploma sobre una silla cercana a la de su visitante.
‘’Lo he estado analizando desde hace rato. No es algo de buenas a primeras. Quiero irme, dejarlo todo. Ya nada es como antes. La maldad de la gente es básica, se dejan arrastrar por sus bajas pasiones. ¿Acaso tú no estás viviendo lo mismo, pero a la inversa?’’ pregunta, un tanto cándidamente.
El hombre de la túnica se acaricia la larga barba. ‘’Mi situación es distinta. Concuerdo en  que la gente que ha estado llegando es más tonta que nunca, pero mi caso es diferente. Yo tengo que luchar contra ti, por así decirlo. No lo tomes a mal, pero las cosas son como son. Redoblo esfuerzos para vencerte, a ti, a tu reino, a todo lo que significas y la verdad es que es cuesta arriba. Sin embargo, reconozco que tu partida me dejaría desolado. No hay luz sin sombra’’.
‘’Ah, qué poético te han puesto los años’’ dice el hombre, con un dejo de ironía. ‘’Yo solo quiero descansar, no prestarle más atención a tantas cosas inútiles. Que todo siga su camino, que tú hagas tu trabajo y que todo sea como tiene que ser’’. Cerró por instantes los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo.
‘’No estás entendiendo del todo. Si te vas, sembrarás más el caos. Si no hay compensación, no hay equilibro, todo quedará fuera de proporción. Te necesito para justamente eso: equilibrar fuerzas. ¿Qué tengo que hacer para que entiendas? ¡No te vayas!’’ suplica ya el hombre de la túnica, sin mucha esperanza de convencerlo.
Abre los ojos, endereza la cabeza y niega con la cabeza. ‘’Nada. Entiendo todo y si embargo, no puedo hacer nada. Déjame ir, ser uno más. Que el mundo del mal se las arregle como pueda sin mí. Y tú también, arréglatelas sin mí. Ya me encontrarás sustituto. Y si no lo haces, no pasa nada, querido. Ya verás que todo seguirá su curso, lo quieras tú o no’’. Se levanta del asiento, toma la capa y el sombrero. ‘’Debo retirarme. El camino es largo hacia mi averno’’ y se inclina, a modo de reverencia.
‘’Amigo mío…’’ dice el hombre de la túnica, un tanto desolado. ‘’Reflexiona, tómate unos días, ven a verme de nuevo. Te estaré esperando’’ lo atrae hacia sí y le da un abrazo, el más sincero de toda su existencia.
El hombre se despide y empieza a descender lentamente por el pasadizo secreto. ‘’Vendrán tiempos mejores para ti, peores para mí, pero serán los tiempos de cada uno’’ dice a la nada, mientras suspira. ‘’Será lindo comenzar una nueva vida, plena, tranquila, sin tantos tontos a los que acomodar en el infierno. Tal vez pueda incluso volver a estar a tu lado, volver a habitar el reino de los cielos’’.

13 marzo 2019

La pareja ideal




Le gusta contemplar, por sobre todos los recuerdos de todos los años que llevan juntos, el álbum de su boda. Ambos lucen radiantes y felices, prestes a iniciar una vida en común que nunca los separase. O al menos era lo que ella creía en ese momento.
Después todo fue cambiando, como todas las cosas en la vida que van evolucionando y adquiriendo un cariz diferente al planeado. Ha tomado por costumbre llegar de la fábrica, descalzarse, hacerse un té y sentarse junto a la ventana a leer las cartas que ambos se enviaron durante su noviazgo.
Sin embargo, es en las fotos de su boda donde más encuentra regocijo. Ella, que nunca fue linda, disfruta viéndose tan plena, porque no era solo la felicidad, sino era la plenitud de saberse protegida, amada, venerada. Y él luce impecable, sobrio, formal y dulce. Sobre todo eso, dulce. Con el tiempo, pensó que esa característica se disiparía, porque la vida da tantas vueltas y golpea a veces tan inesperadamente, que siempre pensó que él perdería ese rasgo tan propio de los espíritus leves.
Con el dedo, recorre la silueta de él y después la de ella misma, en su foto preferida. Ambos en la entrada del templo, después de casarse como Dios manda, sonrientes y dichosos. Le encanta verse así. Le encanta verlo así. Cierra la tapa de terciopelo del álbum y vuelve a colocarlo en su sitio.
Bebe un poco de té, al tiempo que piensa en su marido, en ella con él, en todos esos años. Que nadie diga que no lo quiere. Lo hace, sí, pero cada vez menos. Él nunca será capaz de seguirle el paso. Es igual que cuando intentaban bailar los ritmos de moda: él se movía como un muñeco desarticulado, totalmente desacompasado. Ella siempre fue grácil y ligera y todo su cuerpo vibra y entiende la música sin mucho esfuerzo.
Era una lástima que él siempre se quedara viéndola en la pista de baile, pero le agradecía que no lo obligara a bailar con ella para no hacer tan el ridículo. Así ha sido, infelizmente, con muchas cosas en su vida juntos. Él siempre aguarda, se queda quieto observándola, hasta que ella se cansa de insistir y terminan por no hacer nada.
Con el tiempo, se ha ido aburriendo. O tal vez esa no sea la palabra. Tal vez solo se ha acobardado y ahora respira cómoda en esa relación apacible, que es justo lo que él siempre quiso, pero que ella no. Hay algo en ella que se agita siempre más allá de los latidos de su corazón.
Por fortuna siempre estuvo el club.
Respira hondo. Él debe estar por llegar. Termina el té y se dispone a cambiarse y preparar la cena. Nada elaborado en extremo. Él es incluso fácil en ese aspecto. Todo le viene bien. Todo le parece bueno, incluso cuando no lo es, tiene esa capacidad pasmosa de ver más allá y quedarse siempre tranquilo, confiando en el proceso de su propia vida.
‘’Un marido predecible’’ piensa. No fue nunca lo que tuvo en mente para sí misma, pero ¿acaso sabía a ciencia cierta que era lo que quería? No. Solo quería la emoción de tener esta misma vida siempre diferente a su lado, como una única oportunidad de vivirla de modo distinta cada vez que lo quisieran, pero aquí estaba ella, parada en el medio de su cocina, pensando en hacer una pasta rápida, que no requiriera mucho esfuerzo. Como su propio matrimonio.
Cuando él llega de trabajar, la mira siempre como en esas fotos de su boda: con complacencia, con plenitud, con alegría. Como si su hogar fuera ese templo, ese día que se repite ad infinitum y él estuviera indefectiblemente condenado, de alguna forma buena, a adorarla y a agradecerle a la vida por su presencia.
Esa mirada a ella le pesa un poco. Cuando lo besa, lo hace cada vez con menos fervor. O le da esos besos rápidos y fugaces, típicos de quien quiere salir del paso. Y ha sido más así desde que él enfermó. Su dolencia lo hizo aún más tranquilo. Sus dolores lo hicieron aún más dulce y apacible. La enfermedad de él, a ella la aburrió.
 Por fortuna siempre estuvo el club.
Después de cenar, harán lo de siempre. Él se sentará a oír la radio o a ver en la tele cualquier programa insípido. Ella se pondrá a coser lo que no puede coser en la fábrica: sus vestidos de baile. Las raras veces que él le preguntó qué hacía, ella le dijo que eran encargos de clientas. Sonrió satisfecho. La primera vez que le mintió tan descaradamente, se ruborizó y bajó la vista. Él la había rodeado con sus brazos cálidos y blandos y ella se había soltado casi de inmediato con un ‘’necesitamos el dinero para tu tratamiento. Debo ponerme a coser’’ y había sonreído forzadamente, ante la cándida mirada de él.
Así pasaban sus noches. Cuando era la hora de irse a dormir, ella lo acompañaba en aquel ritual. De hecho, calculaba la cantidad de ronquidos que indicaba la pesadez de su sueño. Se inclinaba sobre él y lo observaba por segundos para ver cómo su pecho subía y bajaba cada vez que el aire hacía su labor y entraba en aquel cuerpo que ya a ella no le daba placer, sino lástima.
Era entonces cuando muy lentamente, se iba acercando a la orilla de su lado de la cama. Y como si de una pluma se tratase, etérea, vulnerable y diáfana, abandonaba aquel lecho y salía de la habitación. En su cuarto de costura, tenía preparado su ajuar de la noche, escondido entre las telas, retazos y vestidos poco llamativos. Se arreglaba lo más rápido que podía y dejaba su casa, en puntillas, con los zapatos de baile en la mano, sin hacer ningún tipo de ruido.
Ya en la calle, se calzaba y colocaba un toque de perfume dulzón y se cercioraba de que el maquillaje estuviese lo más prolijo posible, de manera de que aguantara todo el agite que la noche le ofrecía. Caminaba de prisa las exactas 11 cuadras que separaban su casa del club, aquel antro de fiesta eterna y personajes felices y sórdidos que vivían la vida que ella quería vivir.
Dejaba el abrigo y la cartera en el guardarropa y empezaba a mezclarse con la gente. A veces iba a la barra y se sentía osada dejándose cortejar por tipos inservibles que le ofrecían martinis, a cambio de algunos besos y apretujones. O siempre estaban los más vulgares, sus preferidos, que sin remilgos le decían que se fueran al hotel de la esquina, que cuánto cobraba por sus favores. Ella reía, se hacía la desentendida y se iba al centro de la pista a bailar sola. Porque podía con todo, menos con eso. Su marido no merecía esa tamaña descortesía de su parte.
Bailaba sola o acompañada. No importaba. La música se apoderaba de ella y se dejaba llevar. Se sabía todos los pasos, las canciones de moda. Las luces de colores del recinto la bañaban, mientras ella daba vueltas como si fuera una versión sin la fama y fortuna de una Isadora Duncan, Carmen Miranda o Josephine Baker. ¡Qué maravilla era ser anónima! ¡Podía ser quien ella quisiera!
Y en esa pista de baile era todas las mujeres y a la vez ninguna. Y eso la llenaba de energía de los pies a la cabeza. Podía jugar a ser seductora, malcriada, displicente, complaciente, furtiva y altiva. Podía ser lo que quisiera. Le encantaba dejarse llevar por el ritmo de brazos fuertes y desconocidos que la hacían sentir deseada y codiciada.
Le gustaba apretar sus labios contra otros y permitirse besos clandestinos, manos explorando su cuerpo, las de ella explorando ajenos. Pero hasta ahí. Abandonaba aquellos juegos cuando las cosas empezaban a salirse de control. ‘’No puedo seguir’’ musitaba, presa del deseo, pero presa también de lo que le inculcaron desde niña: ‘’No cometerás adulterio’’. Y así hacía siempre. De alguna manera se mantenía casta, para regresar después de unas horas, a los dulces y blandos brazos de su marido.
Escapaba cómo y cuándo quería, no sin antes dar las últimas vueltas en la pista, como la mejor bailarina del mundo. Recorría las 11 cuadras tan rápidamente como podía, siempre por distintos caminos, no fuera a ser que algún caballero quisiera seguirla y ella pudiera ceder ante los impulsos de su primitiva naturaleza.
Así que antes de entrar de nuevo en su casa, se quitaba los zapatos y sigilosa se dirigía al cuarto de costura, donde se desmaquillaba, se ponía de nuevo su camisón y volvía a ser la esposa perfecta que trabajaba de lunes a viernes en la fábrica, casada desde hacía tanto con el mismo tipo suave de siempre.
Sin hacer el menor ruido, se metía en la cama, no sin antes percibir la respiración acompasada de su marido, que dormía profundamente y sin culpa, como todas las noches. Entonces ella cerraba los ojos para tratar de calmar el frenesí de la noche, que buscaba repetir cada tanto, con cada vestido que terminaba.
En su mente se sucedían los eventos de esa noche en el club, y plácidamente se iba dejando vencer por el cansancio y por el sueño. Abrazaba la almohada y dormía las pocas horas que la separaban del amanecer y de la rutina de sus días.
En su lado de la cama, él la oyó respirar hondo y supo cuando ya se había dormido. Abrió los ojos y constató la hora: 4:10 am. Hoy volvió más tarde. Quedamente musitó para sí: ‘’Por fortuna tiene el club’’ y cerró los ojos, para intentar dormir lo poco que dormía, desde que empezó su enfermedad.


11 febrero 2019

Carnaval (versión audio)


''Carnaval'' en su versión audio se disfruta aquí.

10 enero 2019

Soledad y compañía



La madre se arrodilla para llegar a la altura del niño. Le abotona el saco, aunque le falten un par de botones, pero lo hace con esmero de manera que el niño luzca lo más prolijo posible. Le peina con cuidado el cabello, lo llena de colonia barata, el único lujo que pueden tener. Antes de levantarse, lo besa rápidamente en la frente y lo mira complacida: su hijo es muy lindo. Tiene la belleza tierna de los que nunca serán agraciados cuando crezcan. Aún así, ella sonríe.
Le entrega la minúscula maleta con sus pocas pertenencias. Ella cargará el resto de las pocas cosas que entre los dos tienen. El niño ha pasado los días emocionado con la idea de la mudanza, no así la madre, que sabe por qué lo hacen.
‘’Debemos irnos, hijo’’ le dice y casi lo saca a rastras de la casa. Él quería despedirse de cada rincón, pero la prisa de la madre no se lo permite. ‘’Tenemos que irnos ya’’ insiste la madre. ‘’Pero ¿y papá? ¿Sabe adónde vamos?’’ pregunta el niño. Ella no contesta y en lo sucesivo, no contestará nunca a esa pregunta que, en lo que les resta de futuro, se quedará en el limbo de todo aquello que no recibe respuesta.
Caminan varias cuadras hasta llegar al autobús. Aunque es temprano, ya hay gente con cajas, bolsos, animales de campo, muebles. Transportan todo lo que pueden transportar. Viajan todos apiñados, como se pueda. ‘’No sueltes la maleta’’ le recuerda la madre al hijo, quien se aferra de la manijita y a cada tanto la mira, para cerciorarse de que sigue con él.
El viaje es largo. Hay mucho ruido. Los demás pasajeros hablan en voz alta, algunos a los gritos. Los animales se quejan. La mujer respira hondo y reza. Quiere llegar a su destino y tratar de empezar una nueva vida, o lo mejor que pueda hacer con lo que resta de la que tiene.
Después de todas las horas imposibles de camino, llegan a destino, cansados y hambrientos. El niño está a punto de llorar. Ya quiere llegar a casa.
Caminan todas las cuadras interminables hasta que por fin divisan el que será su nuevo hogar. Con el último impulso del día, se apresuran para llegar lo más rápido que puedan. Antes de tocar a la puerta, observan la edificación: es un caserón que conoció épocas mejores y que ahora luce descuidado, lúgubre y triste.
El niño mira a la madre y en su mirada ella comprende que en menos de un minuto, se echará a llorar. También quiere hacerlo, pero no puede, ni quiere, asustar al pequeño, así que lo abraza y le sonríe, antes de tocar la puerta.
El hombre que los recibe los mira de arriba abajo con desgano. ‘’Es el cuarto del fondo. Antes de llegar al patio’’. No los acompaña. Le da dos llaves a la mujer, la del cuarto y la de la casa y solo le indica que las visitas no están permitidas.
Al dirigirse al cuarto, la casa se va haciendo más lúgubre y triste, más oscura y deprimente. En las paredes reposan años de humedad mal curada y diferentes tonos de pintura descascarada.
‘’De tripas corazón’’ dice en voz baja la madre cuando abre la puerta del que será su nuevo aposento. El único bombillo que pende del techo da una luz lastimera y mortecina. Dos camas, un clóset, una mesita de noche destartalada y un arcón son el precario mobiliario. Hay polvo por doquier.
La mujer cierra los ojos, se persigna y respira hondo. El niño se queda petrificado en la pared y las lágrimas empiezan a rodar lentamente por sus mejillas. También la mujer llora, pero no quiere que él la vea, así que se acerca a la ventana y la abre de par en par. Los últimos rayos de sol del día iluminan la habitación suavemente, como un bálsamo. Con disimulo, la madre se seca las lágrimas y le dice al chico: ‘’Limpiemos un poco y ordenemos, hijito’’.
Entre ambos ordenan y limpian el cuarto como pueden, de manera que quede lo más habitable posible. Una vez terminada la faena, la mujer le pide al niño que se quede que ella irá a comprar algo de pan para ambos. ‘’No le abras la puerta a nadie’’ le ordena con dulzura. El niño asiente.
Al abandonar el cuarto, el niño abre su maleta y coloca la ropa y los pocos juguetes que tiene en el espacio que la madre destinó para él en el clóset. Al terminar, se sienta en el borde de la cama para quitarse los zapatos y acurrucarse. Está tan cansado que dormirá hasta que vuelva su madre.
La tarde va cayendo para dar paso a la noche que se filtra por la ventana del cuarto, lentamente, hasta dejar todo a oscuras. El chico respira suavemente. Sueña sus sueños de niño. De repente, siente como unos dedos largos y finos le acarician el cabello y como la mano a la que pertenecen se posa con delicadeza sobre su cabeza. ‘’¿Mamá?’’ pregunta, a sabiendas de que no son los dedos ni la mano de su madre.
Entreabre los ojos. En medio de la oscuridad logra distinguir la silueta de un hombre alto, muy alto, que lleva un sombrero. A pesar de no conocerlo, el niño no siente miedo. El hombre se inclina hasta alcanzar la altura del chico. ‘’Por fin tengo compañía’’ le dice y vuelve a pasarle la mano por la cabeza. ‘’Duerme. Yo te cuido hasta que vuelva tu mamá’’. El niño asiente y enseguida vuelve a conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, la madre regresa y al abrir la puerta del cuarto, enciende la luz. El niño se despierta y se cubre la cara con el brazo. ‘’Mamá…’’ musita. ‘’Levántate hijo. Traje pan, queso y algo de verdura. Vamos a la cocina que preparo de comer’’ le ordena suavemente.
El niño se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos. ‘’Mamá…Vino un señor de visita’’ le dice mientras lo hace. La madre abre desmesuradamente los ojos. ‘’¡Te dije que no le abrieras  la puerta a nadie!’’ exclama. ‘’¡Pero no le abrí la puerta! Solo vino y me dijo algunas cosas…no sé…’’ se defiende el niño asustado.
La madre se lleva las manos a la cabeza, preocupada. ‘’Mi amor, recuerda que no debes hablar con extraños y menos abrirle la puerta a nadie mientras yo no esté’’. ‘’Pero mamá, no le abrí. Yo estaba durmiendo’’. ‘’Sea como sea hijo, recuérdalo: no le abras a nadie, no hables con nadie, hasta que todo pase’’. El chico se queda viendo a la mujer sin entender ni una palabra.
Ambos salen de la habitación hacia la cocina. En la soledad del caserón se escucha la voz de la madre, repitiéndole las órdenes al niño. Desde el fondo del pasillo, el hombre del sombrero asiente, entrelaza las manos y susurra complacido para sí: ’’Por fin tengo compañía’’.

15 noviembre 2018

El ruido








''El ruido'' se oye y ve aquí



21 octubre 2018

Rituales (Primera parte)




Lleva años haciéndolo y no le disgusta para nada.  Tampoco le parece aburrido, aunque sea una rutina que mantiene desde hace cinco años. Es el más joven del grupo, pero no por ello el menos inexperto. Es de hecho un referente para sus compañeros.
Cuando comenzó, por insistencia de su madre, no pensó que duraría mucho. Ganaba muy poco dinero que no le alcanzaba para comprar todas las cervezas o cigarrillos que hubiese querido, pero una vez que comenzó, esos vicios fueron desapareciendo. ‘’¡Un milagro!’’ había exclamado su madre cuando no descubrió más latas de cerveza ni colillas solitarias esparcidas por su cuarto.
Siempre está atento y vigilante. Ni en sus fantasías más anormales, hubiera pensado que esa ocupación de medio pelo le ayudaría a centrarse en la vida y a descubrir talentos que no sabía que tenía, como este, el de guiar y cuidar de la gente.
A su madre también le gusta que él haya encontrado algo de provecho en qué entretenerse, a sabiendas de que su único hijo nació bueno para nada, y que no haya desperdiciado su juventud en cosas inútiles, como casi todos los muchachos de su edad. Su madre nunca le tuvo fe, pero sí un amor desbordado, y eso a él le bastaba. Claro que a ella no, por eso le insistió tanto en que empezara a trabajar y así lo hizo, para no defraudarla más.
Como todos los viernes, sábados y domingos, está listo para empezar su faena. Se cerciora de que todo esté en orden, porque el éxito de su labor depende mucho de eso. Cuando comienzan a llegar todos, cada vez más (se nota que la gente está cada año más desconsolada), se van ubicando.
Los primeros, esos que aman tener el rol protagónico en todo, se ubican como siempre en la primera fila. Algunos no se conocen, pero de alguna forma sí, de tanto verse siempre en las mismas circunstancias.
Le gusta observar a la gente, sobre todo. Hay un par de viudos y muchas mujeres solas, como su madre, que aún en vida de su padre, estaba más sola que nunca, porque su padre siempre estaba metido de cabeza y corazón en el trabajo y a ellos casi ni les prestaba atención. Estas mujeres tienen la misma mirada lánguida y resignada de su madre y por eso le gustan, porque le parecen familiares, cercanas.
Hay más mujeres que hombres. Y de todas las edades. Se nota que muchas no tienen en qué ocuparse y por eso se dedican a esto con fervor. Son todas un caso. Los hombres son más escasos y no tan constantes. Si por él fuera, le gustaría que la cosa fuera equitativa, así habría equilibrio. No como ahora: mucho de mucho, poco de poco.
Lo interesante de todo esto es que la gente está unida por un mismo sentimiento: el desespero. No es la fe, como él creía en un principio. Tampoco son los dogmas inculcados desde temprana edad. Es el desespero. Ese perenne caminar en una especie de cuerda floja entre inconvenientes cotidianos y sufrimientos personales.
¿Pero quién es él para juzgar? Nadie. Absolutamente nadie. Tampoco le interesa inmiscuirse en la vida ajena. Todo ese fardo de quejas insolubles de los demás le parece una carga muy pesada y él es muy joven aún como para ser la esponja emocional de un grupo de gente que ni le va, ni le viene.
Le gusta, eso sí, cuidarlos, de la forma estéril y tranquila en que lo hace. Es su forma de demostrar educación. ‘’Compasión cristiana’’ diría su madre. Y gracias a esa educación, que es más un rasgo de carácter que una actitud aprendida por la fuerza, es que está pendiente de todos.
Su labor no pasa desapercibida. Se acercan y le hacen preguntas, que casi siempre son las mismas, porque la gente va variando cada tanto y el público se renueva. Él ya desarrolló la capacidad de anticiparse a las necesidades del otro y es algo de lo que se enorgullece. Por eso se siente útil. Por eso le gusta observar a la gente. Por eso le gusta su trabajo.
Es el encargado de abrir el portón unos minutos antes, para que los feligreses vayan escogiendo sus asientos. Es un día de mucho calor, así que no esperan que asista mucha gente. Los días así tan pesados, son difíciles de sobrellevar. No hay presupuesto para más ventiladores (solo un par de los grandes en la entrada y uno pequeño en el altar) y mucho menos para aire acondicionado, lo que sería un verdadero lujo.
Los días así, el público merma. Y si no fuera porque él es constante y comprometido con su trabajo, también lo haría. Se le hace interminable el rito de la misa cuando hacen tantos grados que el mismo diablo sufriría un golpe de calor, si es que existiese.
Las personas van llegando a cuentagotas. Él está cerca del pasillito que da hacia los baños y al jardín. Cada tanto corre algo de brisa, tan caliente como el mismo día que la produce y tan inútil como los pensamientos por los que vaga su mente cuando el calor lo azota.
Cierra los ojos unos instantes. Piensa en una piña colada, aunque en su vida haya visto o probado una. Cuando los abre, muy cerca de él está una mujer morena, corpulenta, de unos 50 años. Tiene el pelo tan negro e hirsuto, que le llama la atención, mucho más que la mirada centelleante con que lo observa.
‘’Te pregunté qué dónde estaba el baño, niño’’ le dice, de mala gana. ‘’Perdone, señora, no la oí. Al fondo, por este pasillo’’. La mujer sigue las instrucciones y él la sigue con la vista. Es la primera vez que la ve en la parroquia, está seguro de eso. La ve contonearse, no con la gracia propia de quien seduce, sino de quien es torpe y ordinario. Pero quizás es solo el calor lo que lo hace pensar estupideces.
La misa transcurre como siempre, sin altibajos. Los mismos de siempre fingen desmayos cuando el cura pasa por los bancos esparciendo agua bendita, tocándolos en la frente para ahuyentarles la mala vibra. Si no fuera porque sabe que es parte de un show barato que nadie organizó, creería ciegamente en esas representaciones; sin embargo, sabe de sobra que a las personas les gusta el drama, como si fueran actores de telenovelas baratas.
A veces él ayuda porque el padre, cuando le pasa cerca, le hace un guiño. Entonces él ya sabe, lo entiende todo, se coloca al lado del feligrés que está a punto de desmayarse como por arte de magia. Lo toma de un brazo o se coloca por detrás de la persona para que cuando caiga de rodillas, como un muñeco de trapo, no se golpee.
Es este accionar lo que a veces lo entretiene. Ya tienen identificados a esos amantes espontáneos del drama. ‘’Showceros’’ los llama el cura. A él le encanta esa palabra porque resume todo lo que es el ritual del espanto de los malos espíritus en cuerpos ajenos, un espectáculo barato, con actores de segunda.
Cuando todo termina, se dispone a ordenar los bancos, a barrer un poco el piso. Siempre se queda una hora más de lo estipulado. Le parece una bajeza dejar todo así sin más e irse y no ayudar a sus compañeros. Algunos se quedan orando, hasta que la pequeña iglesia cierre sus puertas para abrirlas más tarde, para la misa vespertina.
Una vez que todo ha quedado en silencio, enrumba hacia su casa. De repente, le asalta el pensamiento de la mujer que le pidió que le indicara dónde estaba el baño. Aquel pelo tan negro e hirsuto y mirada centelleante con que lo observó.
Su madre lo recibe con un beso. Lo estaba esperando para almorzar. La conversación hubiera sido la misma de siempre, llena de nimiedades, sino hubiera sido porque le cuenta la anécdota con la mujer. ‘’No la vi salir del baño, mamá’’ le dice. ‘’Pero hijo, seguro que salió. Además, si hoy hubo más desmayos de mentira que de costumbre, seguro no lo notaste. Anda, termina de comer, que tienes que tener fuerzas para la tarde’’, le dice dulcemente. Él obedece y se queda en silencio, pensando.
Contrario a su costumbre, se recuesta un rato en el sofá y dormita. En el sopor de la tarde, solo sueña un único sueño: la mujer del pelo negro que le hace la misma pregunta una y otra vez. Cuando se despierta, lo hace sobresaltado. Es casi la hora de estar de nuevo en la iglesia para el turno de la tarde y aún no está listo. Se apresura lo más que puede y sale corriendo para llegar lo menos tarde posible.


La segunda parte espera aquí.