25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

16 enero 2021


Cuentos para pasar el rato.

 

12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.

10 septiembre 2020

Todo el tiempo del mundo


Son tantos años ya juntos que él sabe cuándo se avecina un escándalo, por cualquier cosa, sea él el culpable o no. Así que esta vez, cuando supo que estaba por ocurrir otro episodio, se escurrió un poco en la silla y respiró hondo. Deseó una vez más, no tener que pasar por esto.

La mujer salió del cuarto hecha una fiera, lo que era común en ella, dado su carácter impetuoso e incontrolable. Desde el extremo opuesto de la mesa donde estaba el hombre agitó el periódico que sostenía con fuerza en la mano: ‘’¿Leíste esto? E-S-T-O’’ le espetó, como si él fuera capaz de saber con antelación las noticias del mundo que ya no habitaban.

Respondió con un tímido no, pero de nada hubiera servido responder con un sí. De todas formas, ella haría un lío, fuera algo importante o no, aunque a estas alturas, ¿qué era lo verdaderamente importante, si todo ya había perdido sentido?

’’No fue a esto a lo que nos comprometimos’’ dijo ella, con ese tono de voz exasperante. El hombre tomó el periódico arrugado y leyó lo más rápido que pudo la noticia, a grandes rasgos. Una noticia sensacionalista, amarillista, sin razón de ser, más que llenar de historias estúpidas las páginas de los tabloides.

‘’¿Importa ya acaso?’’’ le respondió, pero se arrepintió en el mismo momento en que terminó de hacer la pregunta. La mujer le clavó la mirada furibunda. Si hubiera podido asesinarlo en ese preciso momento, lo hubiera hecho. ‘’¿Cómo que si importa o no importa ya? ¿Eres imbécil, acaso? ¡Claro que lo eres! ¿Cómo no puede importarte esto, cómo? ¡Dímelo!’’ le gritó.

‘’Y…pasan cosas. No las podemos controlar’’ le dijo, en un tono de voz que buscaba calmarla, pero ella ya no lo escuchaba. Seguía gritando a más no poder. Lo típico. Él se sabía ese guion de memoria, pero siempre le seguía el juego, con la vana esperanza de que en algún momento, todo fuera diferente.

Después de un rato, que a él se le hizo más eterno que de costumbre, ella se calló. Él aprovechó para hablar. Se levantó de la mesa y se acercó, con cuidado y lentitud. ‘’Mi amor…ya nada de esto importa, ni tampoco nos compete. Una vez que dimos nuestro consentimiento, nos desligamos de los resultados’’. Se fue acercando más y más, hasta apoyar una mano en el hombro de la mujer y llevarla hasta su mejilla.

‘’No nos compete’’ repitió ella. ‘’Era mi cuerpo. Era el tuyo. Y tú dices que ‘’no nos compete’’. ¡Cínico!’’ y de un manotazo, le retiró la mano de la mejilla. Él parpadeó, sin saber qué más decir para hacerla entrar en razón. Se sintió parte de un episodio de una serie policial, en la que el funcionario le explicaba que mejor no hablara, porque todo podía ser usado en su contra.

Agachó la cabeza y dio por perdida esta nueva batalla, en la que ella sola peleaba, por cualquier motivo, para sentirse viva, de nuevo. Fue hasta el extremo de la mesa donde estaba el periódico arrugado y leyó de nuevo la nota: ‘’El escándalo de los cuerpos donados a la ciencia dejados a merced de las ratas’’.

‘’Un escándalo más, uno menos. Ni a nuestras familias les importa lo que haya pasado con nuestros cuerpos’’, pensó. Quiso decírselo, pero se contuvo. Se retiró de la habitación, a esperar tan solo a que ella se tranquilizara. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para esperar a que eso sucediera. Ya no tenía nada que esperar, salvo el descanso eterno. 


 

18 agosto 2020

La avería

 

De un tiempo a esta parte, va a la playa con frecuencia para desconectarse de todo y de todos, dejar que el sol dore su piel tan blanca y así parecer un poco menos marchita y sí más exuberante. Le gusta flotar por horas en el mar, enterrarse en la arena, como cuando era niña y le pedía a su hermano que lo hiciera, con el único fin de caer del otro lado del mundo.

Ese fin de semana no sería la excepción. Se dispuso a preparar un bolso con lo necesario, pero el grito de su madre la distrajo unos instantes: ‘’¡Virginia! ¿Tú vas a ir a la playa con el auto en esas condiciones?’’. ‘’Es cierto, el auto y su falla’’, pensó. Antes de responder con un ‘’sí, mamá, tranquila, no es grave’’, recordó que la semana pasada, tuvo inconvenientes a la vuelta y casi se queda varada.

En 45 minutos llegaría, la playa estaría casi libre y ella tendría un buen lugar para escoger y quedarse tendida en la arena, hasta que ya su piel chillara de tanto sol.

Una vez en la playa, estacionó el auto. Seguía con ese ruidito extraño, pero por fortuna, no se había apagado, como otras veces. La única precaución que pensó en tomar fue la de regresarse más temprano que lo usual, pero fue solo un pensamiento.

El sol aún no calcinaba del todo y el mar, siempre calmo, iba y venía suavemente. Se quitó las sandalias y hundió los pies en la arena. La brisa juguetona la despeinó y casi le roba el sombrero. Respiró hondo para ‘’llenarse del aire de mar’’ como le decía su madre cuando eran niños.

Escogió un lugar cercano a la orilla y ahí se instaló. Saludó al hombre que alquilaba las sillas y las sombrillas. ‘’Esta vez no, amigo’’ le explicó. Esta vez quería quedarse tumbada en la arena, de cara al sol, de espaldas al sol, como fuera, pero en la arena.

Así pasó casi todo el día. Nadando en el mar, tomando sol, leyendo. El tiempo había volado cuando se dio cuenta de la hora. Eran casi las 6:30 P.M, muy tarde para emprender el regreso. Debió de haberlo hecho alrededor de las 5:00 P.M. No solo por el auto, sino por el tráfico y por lo peligrosaque pudiera ser la carretera en la tarde, cuando se acercaba la noche.

Se apresuró a volver al auto y así emprender el regreso a casa. La playa estaba quedando vacía, lo que indicaba que la mayoría de la gente estaría ya encaminada hacia su destino y eso solo implicaría que el tráfico iba a ser intenso.

Respiró hondo. El camino iba a ser largo. Con suerte, tardaría unas 2 horas en llegar. Subió al auto, lo encendió. Lamentó no haber estado más atenta a la hora, si hubiera salido antes, ya estaría en casa. De repente recordó el atajo que sus amigos le habían enseñado. Era por la carretera vieja, un tanto más peligrosa que la otra, pero si no se detenía e iba a toda velocidad, podía acortar camino y no sufrir el embotellamiento.

Hizo exactamente eso: Salir del estacionamiento a toda velocidad y enfilar hacia la carretera vieja. Subió las ventanillas, dada la polvareda que se levantaba a su paso. Prefería asarse en su propio auto que aspirar el polvo del camino.

La tarde había dado paso lentamente a la noche. En la carretera vieja no había luces, así que pronto tendría que usar solo los faros del auto para alumbrar el camino e ir con cuidado, pero sin bajar la velocidad. A lo sumo en 35 minutos estaría ya en casa. ‘’En la civilización’’ pensó, para calmar los nervios que empezaban a aflorar. Sin embargo, el ruido extraño del auto comenzó de nuevo.

Prestó atención, ya que el sonido se había intensificado. Se le heló la sangre de solo pensar que pudiera quedarse varada justo en ese momento. Segundos más tarde, pasó justamente eso: El motor se detuvo. El auto tosió un poco, antes de apagarse por completo.

Oleadas instantáneas de pánico empezaron a atacarla. La noche iba ganando terreno y pronto ya la cercaría con su manto oscuro. Más nerviosa se sintió. Aseguró las puertas antes de tratar de encender de nuevo el auto. ‘’¡Vamos, coño!’’ gritó para sus adentros, al tiempo que daba golpes en el volante, como si con eso pudiera obra el milagro de hacerlo reaccionar.

Después de varios minutos, apoyó la cabeza en el volante. ‘’Dios mío, esto no puede estar pasando’’. Cuando levantó la cabeza, un hombre la estaba observando. Delgadísimo, con un cigarrillo en los labios. La chica tragó grueso.

El hombre se fue acercando paulatinamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo a su disposición. Apoyó una mano en el capó y fue deslizándola sin pausas hasta el parabrisas, recorriendo el techo, la puerta, la ventanilla. Parecía que dibujaba el contorno del auto con los dedos.

Desde adentro, aferrada al volante, Virginia lo observa, casi sin parpadear. Siente que, si desvía por segundos la mirada, el hombre se abalanzará sobre el automóvil, romperá el vidrio y la sacará a rastras. Le falta el aire. Tiene los dientes apretados y le está empezado a doler la cabeza de la tensión.

El hombre no se detiene en su recorrido ni un segundo. A medida que va avanzando, da largas pitadas al cigarrillo. La oscuridad de la noche se hace cada vez más presente. La chica intenta dar marcha al auto varias veces, sin éxito. Golpea repetidamente el volante, como si con eso pudiera lograr que el motor reaccionase.

Cuando termina el cigarrillo, el hombre se aleja y se sienta a pocos metros del auto. Observa cómo la muchacha está al borde del desespero. ‘’No pasa nada, reinita’’ dice en voz baja, mientras enciende otro cigarrillo.

La chica lo mira desde el espejo retrovisor. Él le devuelve la mirada, impasible. Ella siente que en cualquier momento se desmayará, no solo del calor sofocante que reina en su propio auto, sino de los nervios.

Ha perdido la cuenta de cuántas veces intentó hacer andar su auto. Sin dejar de mirar al hombre por el retrovisor, saca la llave del encendido y despacio, la vuelve a colocar. El hombre ya terminó el cigarrillo y se levanta, después de tirar la colilla. Se va acercando de nuevo al auto, pero esta vez sin la prisa de antes, sino con paso decidido.

Virginia está temblando. Intenta encender de nuevo el auto que esta vez sí responde. Sin calentar el motor, pisa el acelerador y sale a toda marcha, dejando tras de sí una polvareda. Por última vez, se fija en el espejo: El hombre no está. No es posible que en tan solo segundos se hubiera esfumado. Aminora la marcha, solo para cerciorarse de que sigue ahí, donde lo dejó, pero no hay nadie. Las luces del auto no delatan la presencia de nadie, solo de ella. Ella dentro de su auto, en la vieja carretera.


13 julio 2020

¡Tantas cosas que se escapan!




Con la dificultad que le causa movilizarse, la mujer desciende del taxi de la forma más digna y elegante posibles. ‘’Que no se note tanto mi edad’’, piensa divertida. Echa un rápido vistazo a su atuendo. No luce mal, dentro de lo que cabe. Intentó vestirse de manera sobria, aunque él seguramente la recuerde como excéntrica y extravagante. No importa. Siempre puede esgrimir que eran ‘’cosas de la juventud’’. Lo cierto es que se sigue vistiendo como una excéntrica y una extravagante, pero no para hoy. Hoy quería ser elegante, discreta, llevar bien la etiqueta de ‘’una señora de su edad’’, aunque nunca haya tenido claro qué significa esa frase. De su cartera saca un espejito para constatar que aún sus labios tienen brillo, que sus mejillas conservan el rubor y que su cabello no luce desaliñado. Todo está en su sitio, por fortuna. Toma con firmeza el mango de su bastón y avanza decidida hacia su destino. Abre la reja y observa la casa. Es pequeña, sensata, con un jardín diminuto, pero necesario. Es una casa de un solo piso, diferente a las otras del vecindario. Por fuera no tiene nada llamativo, pero está segura de que por dentro está decorada con gran gusto, ecléctico, tal vez, como su dueño. Recorre despacio el caminito de baldosas hacia la puerta principal. Toca el timbre. Oye unos pasos que se arrastran desde el interior y lo ve, cuando corre la cortina y se le queda viendo, impertérrito. Esa mirada la desarma. No sabe si sonreírle o hablarle u ordenarle que abra la puerta, que es ella. El anciano la observa. Ella oye cómo destraba la puerta y la abre, sin miramientos. ‘’¿Qué desea?’’ le pregunta. Está en piyamas, despeinado y luce bastante acabado, como si la vida no hubiera sido benévola del todo con él. ‘’Sigo siendo virgen, Mario. ¿Me dejas pasar?’’ le pregunta ella, en voz baja. El hombre parpadea. Le franquea el paso más por curiosidad que por familiaridad; a fin de cuentas, ¿qué tan peligrosa puede ser esa señora, tan vieja como él? No la invita a sentarse, sino que se dirige a la cocina. Ella lo sigue, titubeante. Estos nuevos modales que le descubre, la hacen sentir incómoda. ¿Dónde está el caballero educado de antaño? Tal vez todo quedó en el pasado o tal vez era solo una impostura para atraerla, en aquel tiempo pretérito que compartieron. ‘’Mario…Tenemos que hablar’’ le dice, en un intento de introducción al tema que la ha traído a esa casa. ‘’Pues habla. No sé de qué, pero habla que te escucho’’ responde tuteándola también, no sin antes mirarla, sin poder reconocerla. Prepara té para ambos, sin haberle consultado si quería y se sienta a la mesa. La observa, con más detenimiento ahora. Recuerda la advertencia de su hija de no abrirle a extraños, pero esta mujer lo conoce, no sabe de dónde, pero lo conoce. Ella también se sienta, aparta la taza de sí, sin tomar ni un sorbo del té. ‘’¿No lo bebes?’’ pregunta. ‘’No me gusta el té. Te lo decía con frecuencia, pero ya veo que no lo recuerdas’’, responde. Él se encoje de hombros, como un niño al que no le importa la opinión de un adulto. ‘’¿Qué era lo que tenías que decirme?’’ indaga. Ella cierra los ojos por instantes. El empuje inicial la ha abandonado y ahora se siente un tanto cohibida ante este Mario, que no es el suyo, tan extraño, tan hostil, tan malcriado. Un sinfín de pensamientos la asalta: ¿Habrá hecho bien en buscarlo?, ¿qué otras razones inconscientes la llevaron a esto?. Después de una larga pausa, logra repetir: ‘’Sigo siendo virgen, Mario. Y he venido para solucionar esta situación. Contigo y con ningún otro’’ dice. El anciano resopla, pero retiene una carcajada de burla y desdén, al verla tan ansiosa, a espera de una respuesta. ‘’¿Tú crees que a esta edad que tenemos, podemos resolver esa ‘’situación’’? pregunta, levantando los dedos y haciendo comillas imaginarias. ‘’Y en caso de que pudiéramos, ¿no ha pasado ya demasiado tiempo? ¿No debió haber sido un plan de hace mucho tiempo atrás? La mujer se le queda viendo. Hace un esfuerzo para no echarse a llorar ahí mismo, en esa cocina ajena. El hombre nota su desazón, como si le hubiera respondido una canallada y no con la verdad de sus pensamientos. Sin embargo, no suaviza su respuesta: ‘’Es un tanto dramática tu situación y me parece que todo está perdido. En esto no te puedo ayudar’’. ‘’Yo…’’ comienza diciendo. ‘’Pensé que podíamos solucionar esto o que al menos te mostrarías dispuesto. El tiempo es implacable, a estas alturas Mario, y tú…’’ Él la ataja, antes de que continúe con su discurso lastimero: ‘’Querida, pero ¡dispuesto siempre estuve para esos menesteres, hasta que envejecí!’’ y no puede no reír. ‘’No es que no quiera ayudarte, es que simplemente ya no tengo fuerzas. Digamos que es una cuestión biológica, química, anatómica, ¡qué sé yo! y también de ganas. Lo que propones, no me interesa y además, fíjate en tu apariencia, tampoco es que me es atractiva. Y siento ser tan rudo, pero ese es el estado actual de mi vida, querida’’. Perpleja ante tal declaración, toma con fuerza su bastón y se levanta. ‘’No te hagas la ofendida. ¿Ya te quieres ir? Ni siquiera has probado el té’’ replica. Sin responder, la anciana camina lentamente hasta la puerta. ‘’Ten al menos la amabilidad de pedirme un taxi, Mario’’. ‘’Como gustes’’, responde el hombre, encogiéndose de hombros. Cuando el auto aparece en la puerta, el viejo hace el intento de acompañarla, pero ella lo aparta con un ademán y con un ‘’no nos volveremos a ver jamás’’ seco y hosco. La ve alejarse y responde: ‘’Tampoco es que nos queda mucho tiempo de sobra para eso’’ y ríe divertido, como si fuera un niño nuevamente, que se burla de sus mayores adrede. ‘’Cuánta diversión en una sola tarde’’ piensa. ‘’¿Quién sería esta mujer? ¿Por qué me llamaría ‘’Mario’’? Empieza a dudar. Se dirige a la cocina y bebe el té de la taza que antes le había ofrecido a la anciana. Hoy le preguntará a su hija, cuando venga, cuál es su nombre. ¡Hay tantas cosas que olvida a diario, que se le escapan! ¡Tantas!

26 junio 2020

El polvo del Sahara




Poco a poco, se extiende sobre las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda evitarlo.

Corrió los muebles de la sala hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su casa.

Mantiene la radio y la televisión encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que está nerviosa con todo esto.

Responde los mensajes que le llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.

Desde que la alerta nacional comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea, entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las sobrevivientes.

Duerme en el suelo de la sala, incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso y también poderoso, así que no quiere darle tregua.

Por momentos, cuando está muy cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.

Sin embargo, esa noche, el cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.

Se fue formando poco a poco y se fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.

Lo cierto es que fue avanzando con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.

Cuando por fin despertó del profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla, alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.

‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó, mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en el piso de su propia casa.

Mientras tanto, los vecinos, acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella, la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.