15 octubre 2021

Alzheimer

 


Ha acondicionado su habitación, al fondo de la gran casa, para que sea lo más acogedora posible y se parezca a la que una vez fue su cuarto de estudiante, cuando se fue de la casa de sus padres para estudiar y labrarse el brillante futuro que tenía supuestamente ante sí.

Tiene incluso una cocinita eléctrica para prepararse sus antojos y así no depender de la comida que sin ningún esmero le preparan a él y al resto de los pacientes. No le gusta autoproclamarse como tal, pero no encuentra otra forma.

Su vida ahora es muchísimo más satisfactoria y plena que cuando estaba libre, si es que alguna vez lo fue mientras estuvo allá afuera, en el mundo. Sin rutinas ni responsabilidades, solo está él consigo mismo y su propia compañía le agrada, mucho más de lo que pensó, cuando tomó la decisión de ser internado.

Mientras repasa los últimos 10 años de la vida que ha llevado en esta casona que le sirve de refugio, escucha los pasos conocidos de la enfermera que se detienen en su puerta y antes de que la chica golpee, él ya le ha dicho que puede pasar.

Nerviosa y casi sin aliento le avisa que su esposa está en la recepción. ‘’¿Qué? ¿Cómo? ¡No es día de visita hoy!’’ responde irritado. ‘’Pues aquí está, con un ramo de flores y todo’’, le informa la chica. ‘’Qué mujer de mierrrr…Perdona, perdona. No quise ser grosero o al menos no contigo’’ se disculpa y continúa: ‘’¿Qué le dijeron?’’ indaga. ‘’La atajaron en la entrada, pero seguro que irá a escabullirse hasta su habitación, ya sabe, la compartida. ¿Qué hacemos, don?’’ pregunta la chica, más nerviosa que antes. ‘’Deja que me cambie y me vaya hasta el jardincito. Tú haz como si no me hubieras encontrado en mi cuarto’’ dice, mientras uso los dedos para crear comillas imaginarias en esas últimas dos palabras.

La chica asiente y sale veloz de la habitación. El hombre se cambia tan rápido como puede y tiene el tino de despeinarse y ponerse la bata de baño al revés, para parecer más desubicado y perdido en su propio mundo que nunca. ‘’Vieja hija de puta’’ masculla, al tiempo que se escapa por la ventana para ir hasta el jardín. Y ahí se queda, tranquilo en apariencia, sentado en una de las sillas de metal, viendo para el cielo. ‘’En algún punto me gano el Oscar al mejor actor’’ piensa divertido para sus adentros. Sonríe.

La mujer lo ve y casi se abalanza sobre él: ‘’¡Mi amor! ¡Aquí estás!’’ grita con su voz desagradable de siempre y haciendo esos ademanes que a él terminaron por asquearlo hace mucho tiempo. ¿En qué momento el amor le dio paso al horror? Porque es justo eso lo que siente cuando piensa en ella o cuando la ve llegar: Horror.

‘’¡Mamá!’’ le dice y la envuelve en un abrazo infantil e incluso tierno. La enfermera, parada a prudencial distancia ahoga una carcajada, mientras él le guiña un ojo. La mujer se lo quita de encima con prisa, casi molesta. ‘’No soy tu madre, Ramiro. Soy tu esposa’’ le dice enfadada. De mala gana le entrega el ramo de flores. El hombre lo recibe sonriente. ‘’Es primavera aquí en París’’ dice. ‘’Ramiro, mi vida, no estamos en París, nunca estuvimos’’, le responde ella, descorazonada, mientras le pasa la mano por los cabellos para intentar peinarlos.

Se desploma en la silla al lado de la que él ocupaba y lo obliga a sentarse a su lado. El hombre se deja llevar e insiste en llamarla ‘’mamá’’. Le encanta usar ese personaje. Sabe bien lo mal que se la llevaban ella y su madre. Hacía tiempo que no la confundía de esa forma. Se lo merece, por haberse aparecido sin avisarle, el día que no tocaba visita.

Él alterna entre episodios de ‘’te reconozco y no’’ durante toda la visita para exasperarla. Ha estudiado bien sus personajes y después de tantos años rodeado de personas que se perdieron en los vericuetos de sus propias mentes en serio, ha aprendido varias cosas que va poniendo en práctica en cada visita.

Le encanta ser otros porque siempre quiso hacer teatro, dedicarse a ese arte, pero la vida lo llevó hacia otros rumbos, en los que quedó atrapado durante mucho tiempo, hasta que decidió liberarse, a su manera.

Después de un rato que le parece eterno y en medio de uno de esos episodios de ‘’sé quién eres y qué eras en mi vida’’, le confiesa que está cansado, que es mejor que se vaya, que él quiere dormir una siesta y que gracias por las flores, preciosas y aromáticas, que compró para él. Se levanta de la silla y le dirige una mirada tierna a la enfermera, que se apresura a llevarlo del brazo. ‘’Te compré flores, mi amor’’ le dice con voz pícara, al tiempo que le guiña un ojo. ‘’Es usted tan amable, don’’ le responde ella, tomando el ramo de flores.

Su mujer lo observa con rabia. ‘’Me gasto un buen dinero en esas flores del carajo para que este imbécil se las dé a otra, que quién sabe con quién confundirá. ¿Tal vez crea que soy yo de joven? ¿Qué tengo que hacer para que este malparido me reconozca, me recuerde del todo?’’ piensa.
Se abre paso entre ambos, de manera de separar a Ramiro de la enfermera, para abrazarlo y besarlo. Él se hace el sorprendido, el que no sabe quién es ella, ni qué hace ahí, mirándola con un desprecio mal disfrazado. Se aleja, con el movimiento ya no tan grácil de sus enormes caderas que en algún tiempo a él le parecieron jugosas y carnales y ahora solo le da grima ese exceso de grasa mal distribuido.

Respira hondo. ‘Voy a darme un largo baño, porque ese perfumito de cuarta que usa, se queda impregnado en todo lo que toca esta vieja’’, refunfuña. ‘’Hoy estuvo estupendo, don. Debió haber sido actor. No me canso de repetírselo. ¡Casi no aguantaba la risa!’’ confiesa divertida la enfermera. ‘’Te conté, bueno... a ti y a las demás chicas, que siempre quise ser actor, pero la vida me fue llevando hacia otros derroteros’’ explica, mientras se inclina y hace un movimiento, a modo de reverencia. Ella aplaude y sonríe.

‘’¿Qué hago con las flores?’’ pregunta, viendo con detenimiento el ramo. ‘’Son meros cadáveres, ya, querida, pero me las llevo, no te preocupes’’, responde. Se peina un poco el cabello con las manos, se quita la bata y se la cuelga en el brazo izquierdo y se va silbando a su habitación, la del fondo de la gran casa. Mientras prepara el baño, mira el ramo y con desdén lo tira a la basura. ‘’Pobre diabla. Voy a esperar a que te mueras de vieja, nada más para llevarte yo flores a tu tumba’’.

21 septiembre 2021

La segunda dosis


Hace infinitos minutos que el hombre está sentado en la mesa de la confitería que da a la calle. Revisa su celular con impaciencia a espera del mensaje, hasta que la mujer llega con retraso adrede arrastrando el carrito de las compras, con un par de tonterías adentro compradas únicamente con el fin de que todo parezca muy casual, como si llegara a la cita sin un ápice de la ansiedad que la ha corroído desde que él la invitó a salir.

Su nerviosismo se incrementa cuando la ve acercarse. Se acomoda el barbijo al tiempo que se levanta con dificultad y le extiende el puño. Es el saludo norma de los tiempos pandémicos que están viviendo. Ella responde el saludo de la misma forma, pero se queda a prudencial distancia, de manera de quitarse el barbijo y esbozar una sonrisa sincera:

-  Es un placer verte, Dalmiro.

- ¡Qué placer ni que nada! ¡Si soy un viejo decrépito ya! – dice, mientras siente el avance del rubor en sus mejillas.

- Ni que fueras tan viejo. Me llevas tan solo cinco años de ventaja… - responde ella en voz baja, a modo de confidencia.

Ambos se sientan y se observan discretamente de a ratos, mientras la charla descansa sobre un colchón de trivialidades. ¿De qué pudieran hablar? ¿De sus respectivos achaques, del paso inexorable del tiempo, de la pérdida del amor y de su deshonrosa soledad? Eso no los llevaría a lo que el uno desea del otro: compañía; pero tienen el tino de no abalanzarse sobre declaraciones aún prematuras.

- Me gusta mucho poder estar aquí contigo – confiesa él risueño.

Ella se limita a asentir. Siente cómo el corazón le cabalga de prisa y esa urgencia ya conocida de gustarle a un hombre, de pretender ser una femme fatale y seducirlo. Esas sensaciones que creía olvidadas están presentes, como el último regalo sensorial de la vida.

En un momento de la charla, el hombre se levanta para ir al baño. Ella se queda sentada en la mesa, inquieta. Trata de organizar sus pensamientos y de pensar cómo llevar la conversación a otro nivel, al de la invitación a su casa, la de él. Por respeto a su marido, ella no llevaría a Dalmiro a su casa y no porque no sea osada, sino porque le guarda un mínimo de respeto desde que lo internó en el ancianato. Vivo todavía está, pero ausente; así que el plan de tener a otro hombre en su casa está descartado.

Con paso lento, Dalmiro regresa a la mesa y se sienta. Sin mucho preámbulo, le pregunta si le gusta el fútbol, si le interesa porque justo hoy, a la tardecita, jugaba la selección.

‘’¡Es el momento!’’ piensa ella. Ningún deporte le interesó jamás y mucho menos el fútbol, pero tiene el tino de preguntarle si jugaba Messi, porque era un espectáculo verlo. Dalmiro sonríe y todo su rostro de 78 años se ilumina: ‘’¡Sabía que te gustaba el fútbol! ¡Es que lo sabía!’’ dice encantado. Por algunos minutos, se derrama en un discurso verborrágico futbolero y ella finge interés, le sonríe, asiente, hasta que por fin él llega al momento de la propuesta:

- ¿Quieres venir a casa a ver el partido? Tengo té, café, mate y bizcochitos light. Los de grasa me los prohibió el doctor’’ dice riendo tiernamente.

 - Me encantaría - responde y prosigue: Mi tele es pequeña y no puedo disfrutar de los partidos como Dios manda.

- Hace un par de meses, me compré una bien grande para ver todo mejor. Ya verás la resolución que tiene, manifiesta.

Los dos siguen hablando, mientras la ansiedad va ganando terreno en ella. Esto puede ser el comienzo de una nueva relación, de un presente en compañía, de estar con alguien con quien conversar, discutir, salir a dar una vuelta. ‘’Sola y aburrida nunca más’’ piensa.

- ¿Quieres que vayamos directo o tienes que pasar tu casa antes? Te pregunto porque veo que tienes compras. Tal vez tengas algo que necesite refrigeración, no sé – indaga Dalmiro.

- No, no tengo nada importante, ni que necesite ir directo al refri. Descuida – responde, al tiempo que le guiña un ojo.

El hombre sonríe. Le gusta mucho estar con ella. Desde que quedó viudo, hace ya tantos años atrás, no se sentía atraído por ninguna otra mujer y si ahora todo avanza como él espera que avance, será una buena manera de seguir llevando la vida. Sin embargo, hay algo antes que él debe saber. Se aclara la garganta y escoge con cuidado las palabras para hacerle la pregunta que definirá todo:

- Dime una cosa antes, ¿tú…ya tienes la segunda dosis? -pregunta en voz baja.

La mujer parpadea. No se esperaba esa pregunta. En el mismo tono de voz bajo y secreto, le responde: ‘’No, Dalmiro. La primera me la dieron hace unos meses atrás, pero me despisté y perdí el turno para la segunda. Ahora tengo que esperar a que…’’. El hombre no la deja terminar. ‘’¡Es una insensatez!’’ dice en voz alta, al tiempo que golpea la mesa con el puño cerrado, alterado.

Las demás personas de las mesas vecinas los observan impresionados. Dalmiro sigue contrariado e inmerso de repente en otro monólogo sobre las ventajas de la vacunación contra el virus que desde hace algún tiempo azota al mundo. Culmina su declaración con un ‘’no puedes ser tan tonta’’ lleno de ira.

Se levanta con la dificultad propia de sus 78 años, deja dinero en la mesa y sin despedirse, deja la confitería de mala gana. La mujer se queda aún más contrariada que el propio Dalmiro. No pensaba que esto fuera tan grave. A fin de cuentas, el tiempo que están viviendo ya ambos es de descuento. ¡Qué importa la vacuna! ¡Qué importa el virus!

Se queda unos instantes más, esperando a que cese el cuchicheo de las mesas vecinas sobre lo que acaba de pasar. ‘’Qué mala pata’’ piensa. Ahora va a tener que empezar todo de cero o esperar a tener la segunda dosis.

 

 

 

 

13 julio 2021

El balcón de enfrente

 


Debía mudarse de prisa, así que el primer depto que encontró, que más o menos le interesó, fue el elegido. Estaba dentro de sus posibilidades y sobre todo, tenía algo que hacía rato quería en un depto: Ventanas grandes.

 

Este tenía dos, una en la habitación y otra en la sala. La de la sala daba a la parte de atrás de otros edificios y uno de ellos tenía un balcón discreto, rodeado de las ramas benévolas de unos árboles vecinos.

 

Decidió que ahí pondría su escritorio y la computadora. Si tenía que pasar parte del día trabajando, al menos que el verde de los árboles le refrescara la vista.

 

No tardó en adaptarse a su nueva casa y a la que sería su nueva rutina en ese espacio. No solo empezó a gustarle estar ahí, en esa ventana, mientras trabajaba, sino que encontró simpático verse observada por el vecino de la casa de enfrente.

 

Era un tipo de unos cuarenta y pocos años, con aire de intelectual, a decir por los lentes y la hermosa biblioteca que ella veía con envidia, aunque también pudiera no serlo y tener todos esos maravillosos libros de mero adorno. Eso no importaba, en realidad. Le gustaba verlo sin verlo y jugar a no prestarle atención, cuando en realidad estaba atenta a sus movimientos.

 

Empezó a contar las veces que él aparecía y se quedaba viéndola unos instantes. Ella fingía concentrarse en sus tareas, fingía anotar cosas en un cuaderno, hacer caras que variaban entre el supuesto análisis de datos irreales hasta la desesperación por no encontrar solución a X o el triunfo por haber encontrado solución a X.

 

Nunca pensó que algo tan infantil y banal sería tan entretenido, de lunes a viernes. Su vecino de enfrente se convirtió en su compañero de trabajo sin saberlo y sin saber que ella lo observaba y cada vez más estaba familiarizada con su rutina y cómo la fue adaptando para estar más tiempo en su balcón y verla.

 

Porque eso, sobre todo, la enternecía: El desconocido fue cambiando su hábito balconero para estar más tiempo ahí y observarla. Ella incluso le comentó a sus colegas de los episodios de salidas diarias al balcón del vecino y a sus amigas les detalló su falta de belleza física, la blancura extrema de su torso en verano, las plantas que fue comprando y las mil tazas de café que se tomaba al día para pasar más tiempo al aire libre, en su balcón, mientras ella se mostraba concentradísima en sus tareas.

 

De igual modo, supo de la existencia de la mujer que compartía esa casa, pero que sentía cero interés por ese balcón y tal vez cero interés por ese hombre, a juzgar por la falta de cariño con que lo trataba.

 

En ese tiempo atípico, pandémico, raro en todo sentido y sobre todo caótico, esos encuentros vecinales que de fortuitos pasaron a ser rutinarios para ambos, fueron necesarios. Más para él que para ella, pero eso ella no lo sabía.

 

Una vez, cuando salió a comprar algunas cosas, se lo topó en la tienda de frutas. Lo reconoció por su cabello desordenado, sus lentes de intelectualoide y por la remera rosa que varias veces ya le había visto usar en el balcón, cuando se ocupaba de sus propias plantas. Quiso saludarlo y decirle que era ella, la vecina del depto de enfrente, pero se contuvo. Hacerlo equivaldría a reconocer que ella también lo observaba y que había descubierto su rutina para estar con ella, a distancia.

 

Así transcurrieron algunos meses. Sin embargo, en esa casa  ajena hubo cambios y ella estuvo atenta a todos ellos. Él dejó de aparecer con frecuencia en el balcón y las veces que lo veía, él no se asomaba tanto como antes y tampoco tenía ya el porte de quien es dueño, sino un mero visitante. 

 

Ella creyó entender que él se había marchado, que ese balcón ya no era su balcón y que algo se había roto; no con ella, precisamente, si no algo de él, con su propia mujer o dentro de sí mismo.

 

La última vez que lo vio pasar tiempo de sobra como antes, fue en un magnífico día de sol invernal. Se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

 

10 mayo 2021

El depto de enfrente

 




El departamento de enfrente estuvo mucho tiempo deshabitado. A veces, cuando se asomaba al balcón, veía al chico que lo mostraba a posibles inquilinos. Nunca fue del tipo fisgón, ni mucho menos. Las vidas ajenas le importaban poco, por no decir nada. Hasta que ella llegó.

Fue ese septiembre atípico, pandémico, raro en todo sentido; sin embargo, en medio de todo ese caos, la nueva inquilina se instaló. Estaba tan acostumbrado a no ver a nadie en el depto de enfrente, que se sorprendió a sí mismo pendiente de los cambios que se sucedían vertiginosamente.

Más sorprendido quedó cuando vio que la chica había instalado su escritorio justo en la ventana que daba al balcón de su casa y él pasaba más tiempo de lo normal apareciendo de vez en vez para verla o hacerse el que no la veía.

Compró algunas plantas, para sorpresa de su propia mujer que sabía que nunca le habían interesado, y las colocó en el balcón. Les empezó a dedicar ciertos cuidados, a cualquier hora del día, de manera de observar a su nueva vecina.

La chica no hacía más que trabajar, atender llamadas, reuniones de trabajo seguramente fastidiosas y rutinarias. Nada del otro mundo. Pero él se sentía observado, sin que ella lo hiciera adrede. O quizás él quería sentirse de esa forma.

Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le llamaba la atención y no sabía tampoco por qué esta extraña lo obligaba a pasar rato en su propio balcón, primero esporádicamente y después por largos periodos.

La chica de enfrente no era particularmente bella, ni tan siquiera interesante a la vista, al menos desde donde él la veía, pero era magnética y eso creaba un halo de interés que pensó nunca volvería a sentir por ninguna otra mujer.

 ‘’Me gusta tomar el sol de la mañana’’, ‘’el café sabe mejor al aire libre’’ le había dicho a su mujer, cuando ella le preguntó por qué esa nueva rutina. ‘’Tenemos este balcón y casi nunca lo disfrutamos’’, había añadido. ‘’Me he vuelto un patético voyeur a estas alturas de mi vida’’ pensaba; sin embargo.

En verano, él salía al balcón sin camisa, con un poco de vergüenza y de curiosidad por saber si a ella le resultaba atractivo verlo, pero, para su infelicidad, no. Ella solo quitaba la vista del computador para ver los árboles del jardín de la casa de al lado, no para verlo a él.

Los días fueron transcurriendo de la misma forma, con esta rutina que para él ya era parte esencial de su accionar cotidiano, pero que a la vez fue minando su relación de pareja de tantos años.

El creciente desinterés que sentía por su mujer fue sustituido por el creciente interés que sentía por la desconocida del depto de enfrente. ‘’Todavía existe la posibilidad de una nueva vida para mí’’ pensaba y ese pensamiento dio pie a su separación definitiva.

Cuando se despidió de su ahora exmujer, lo hizo también de la vecina desconocida. La vio, como siempre, desde el balcón. Quiso gritarle para llamar su atención y darle las gracias por haber hecho algo que él ni siquiera sabía que necesitaba, pero se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

06 abril 2021

Confesiones

 



Te dejé al descubierto ahí latiendo, con tus tatuajes, tus ademanes irredentos, tus cigarrillos humeantes y todo lo que eras, lo que no fuimos y debimos haber sido.


13 marzo 2021

Asfixia

 


Se despertó sobresaltado y sintió que le faltaba el aire. En medio de aquella oscuridad absoluta e irreconocible por segundos, solo quiso gritar y pedir ayuda, pero al instante recordó que estaba muerto y volvió a entregarse a su propio descanso eterno.

01 marzo 2021

Parálisis

 



Se inclinó sobre la cuna. Acarició con ternura la tersa mejilla y la besó. Limpió con delicadeza el hilo de saliva que casi siempre manaba de esa boca que no podía permanecer cerrada. ‘’Mi pequeño vegetal’’ dijo en voz baja y se retiró del cuarto de ese hijo que no había podido cumplir sus expectativas de realizarse como padre.