La bruma espesa de la
contaminación todo lo envuelve. Sin embargo, ella parece no notarlo. Camina
deprisa por la avenida hasta que divisa al muchacho, que está de espaldas, con
las manos en los bolsillos, en actitud de espera. La bruma impide la
visibilidad, pero ella avanza rápida hacia él, hasta que está tan cerca que le
susurra: ‘’Una ciudad se hace un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes’’.
El muchacho sorprendido se da la vuelta, pero no hay nadie. Solo esa bruma
espesa que todo lo envuelve.
12 octubre 2016
09 septiembre 2016
La fiebre
Antes
de que toque el timbre, sabe que es ella. Así que se levanta de la silla y
corre hasta la puerta. La abre. Lo mira sorprendida. ‘’¿Cómo sabías que era
yo?’’. ‘’¡Shh! Baja la voz que duerme. Reconocí tus pisadas. Nada más que
eso’’. ‘’¿Está en su cuarto?’’ pregunta con un tono de voz muy, muy bajo. ‘’Sí.
Desde hace dos días. Si sigue así, creo que deberíamos llamar a un médico’’. ‘’Tranquilo.
No creo que sea nada grave. Un simple malestar, seguramente’’.
Se
dirige al cuarto de Simón, quien está en su cama, cubierto hasta la cabeza con
el edredón de plumas, a pesar de los 25 grados del día, y acurrucado sobre su
lado izquierdo.
Se
sienta con delicadeza en la cama y va descubriendo poco a poco ese cuerpo que
tan bien conoce. Simón aún no despierta, no nota su presencia, no sabe cuando
aquellas manos se posan sobre su espalda y lo palpan, lo acarician, lo
recorren. Solo cuando la muchacha le coloca una mano en la frente y siente que
él está hirviendo, es que reacciona. Entreabre los ojos y solo atina a
preguntar ‘’¿tú, aquí?’’ desganado. Ella asiente, al tiempo que lo descubre
totalmente.
42
grados de fiebre.
Desviste
al chico por completo y lo deja desnudo en el medio de la cama. Con una toalla
húmeda va recorriéndole el cuerpo de arriba hacia abajo, para obligar a la
fiebre a abandonarlo; y después de abajo hacia arriba, para que recupere la
energía.
Simón
parecería inerte, sino fuera por las tímidas, pero a la vez violentas sacudidas
que le causa la fiebre, en su afán por adueñarse más de él.
Empieza
entonces a preparar compresas de agua fría con alcohol. Seis en total: una para
cada tobillo y cada muñeca, otra para la nuca y otra para la frente. A veces
Simón parpadea y la mira sin verla del todo. Intenta decirle algo, pero ella lo
calla, colocándole suavemente el índice sobre los labios. ‘’Descansa, amor’’ y
lo besa con la delicadeza que le es propia.
41
grados de fiebre.
Va
cambiando las compresas con regularidad durante la próxima media hora. Y a
medida que lo hace, besa las palmas de las manos, hombros, rodillas, cuello. Le
arregla el cabello lo mejor que puede. Recorre aquel cuerpo sin premuras, no
con la lujuria que los dominó durante los años que estuvieron juntos, sino con
la ternura y sutileza que nunca tuvo antes para él.
40
grados de fiebre.
Retira
todas las compresas, cambia las sábanas y viste a Simón como si fuera un niño
que está dormido. Lo abraza. El muchacho despierta del letargo en el que se ha
visto sumido estos dos últimos días. Intenta liberarse del abrazo, pero no
tiene fuerzas, ni físicas ni espirituales, así que después de unos minutos, se
abandona en ella por completo. ‘’¿Para qué viniste?’’, le pregunta. ‘’Para
salvarte. Es lo único y lo último que me quedaba por hacer’’, le responde y le
besa los labios agrietados por la fiebre. Simón reacciona del todo y se
abandona también en aquel beso.
39
grados de fiebre.
‘’Descansa’’
le ordena sin hacerlo. Simón se acurruca sobre el lado izquierdo y la chica lo
arropa hasta la cintura. Antes de abandonar la habitación, lo besa en la frente
y musita ‘’adiós, amor’’.
Al
cerrar la puerta, se dirige a la cocina. El chico está fumando en la ventana.
‘’Está mejorando. No creo que necesite un médico’’. Él sonríe: ‘’Bien. Cada vez
es más caro enfermarse en este país’’. La acompaña entonces a la puerta.
‘’Gracias. Como siempre’’ y la despide con un abrazo, impropio de su naturaleza
esquiva.
38
grados.
Simón
despierta pasadas las 9:00 de la noche. El hambre acumulada le estalla en el
cuerpo. Se levanta y aún algo mareado, camina hacia la cocina. El muchacho al verlo exclama: ‘’¡Y al casi
tercer día resucitó de entre los muertos!’’. Simón le responde: ‘’Eres un
tarado. ¿Qué hay para comer? ¡Muero del hambre!’’ y se desploma sobre una de
las sillas. El chico le sirve un plato de arroz con pollo y verduras y un vaso
de agua. ‘’¡A devorar!’’, le dice. Al terminar, Simón pregunta:
-
‘’¿Volverá Camila mañana?’’ Hoy ha sido una enfermera extraordinaria’’.
-
‘’¿Eh? ¿De qué me hablas, hombre?’’.
Simón
repite la pregunta y añade:
-
‘’Camila estuvo parte del día aquí, cuidándome. Tú debiste haberle abierto
porque ella ya no tiene llaves de esta casa. Quisiera llamarla para agradecerle
todo lo de hoy’’.
-
‘’¡Pero la fiebre te ha dejado inútil! ¡Con el cerebro frito! Aquí no ha
entrado nadie y además, hasta donde yo sé, tu ex sigue en España, seguro que en
los brazos de su noviecito. ¡Basta ya, supéralo, hombre!’’.
El
chico entonces sale de la cocina hacia su cuarto. Simón, perplejo, no puede
articular palabra ni ordenar sus pensamientos. Todavía siente el perfume de
Camila en su cuerpo, donde quedaron sus besos, el camino recorrido por sus
caricias y su voz diciendo: ‘’Salvarte es lo único y lo último que me quedaba
por hacer’’.
Etiquetas:
cuento,
cuento corto,
cuentocorto,
en español,
fiebre
10 agosto 2016
El director
El
único día que falté al trabajo fue cuanto sentí que me estallaba la cabeza del
dolor. Estuve recluido en mi habitación todo el tiempo. El sólo hecho de
intentar abrir los ojos, me producía náuseas. Sentía que todo daba vueltas a mi
alrededor. Veía sin ver del todo luces de colores brillantes y después una
total oscuridad. Así todo el día. Nunca antes me había pasado algo así. Nunca fui
de enfermarme, ¡y de faltar al trabajo, menos!
No
podía ni moverme. Los empleados entraban y salían de mi habitación y
murmuraban. Yo no entendía qué decían. Sólo logré entender lo que el Dr.
Merchán dijo: ‘’Aquí no hay nada que hacer’’, pero no supe a qué se refería.
Dos
días después que pasara esto, me reincorporé al trabajo. Sé que no estaba en condiciones
aún, pero trabajar para mí es parte esencial de mi vida, así que débil como
estaba, reanudé mis labores. No por ser director puedo tomarme libertades.
Sí
noté que en ese corto tiempo que estuve de reposo, el personal cambió su
actitud hacia mí. No me hacían caso como antes y ese respeto ciego que previamente
me tenían, había dado lugar a una suerte de desdén. Era como si me dejaran de
lado, me ignoraran o qué sé yo. No sé bien cómo definirlo. Pero yo sentía ese
relajo en sus ocupaciones, su dejadez y eso no estaba bien. Sin embargo, tuve
que lidiar con tantas cosas que me fue complicado atender aquello también.
Ahora tenía que pasar algún tiempo encerrado en mi despacho porque me daban dolores
agudos en la cabeza, como miles de agujas que se clavaban con rabia y me
dejaban inutilizado por horas. Entonces era eso: ese dolor lacerante, que
aparecía de vez en vez y las mil cosas por hacer acumuladas.
Tenía
que hacerle frente a todo. De mi desempeño no se podían tener quejas, pero era
cierto que estaba a media máquina. Lento, muy lento. Mi cuerpo no me respondía
como antes.
Una
noche, en que no podía dormir, me fui al
jardín de atrás del hotel, donde están las cocinas, a fumar. Me oculté un poco
por si acaso venía algún empleado también a fumar y a darme charla. Fue
entonces que escuché pedazos de una conversación entre Marta y Jorge: ‘’Todo es
más tranquilo ahora’’. ‘’¡La verdad es que ejercía tanta presión!’’. ‘’Era un
tirano. No más que eso’’. ‘’No me alegro por estas cosas, pero de que estamos
mejor sin él, lo estamos’’. ¿A quién se referirían? No alcancé a escuchar todo
lo que decían pero quedó claro que odiaban al sujeto del que hablaban.
Me
terminé el cigarrillo y esperé a que se fueran. Subí sigiloso hasta mi
habitación. Entré al baño y encendí la luz. De repente me topé con una pálida
imagen de mí en el espejo. Tenía ojeras, profundas. ‘’La falta de sueño’’,
pensé. Estaba blanco, como ausente. Mis mejillas hundidas. ¿Y qué era eso? Me
acerqué al espejo para observarme mejor, me costaba enfocarme en mi rostro.
Tenía una herida del lado izquierdo. Mi cráneo parecía haberse hundido. Quizás
era eso lo que estaba causando los agudos dolores de cabeza.
Apagué
la luz y salí del baño. Mañana llamaría al Dr. Merchán. Él sabría qué hacer. Creo
que mañana me tomaré el día para recuperarme del todo. Se lo comunicaré a los
patrones. Tendrán que entenderlo porque, a fin de cuentas, este hotel no
funcionará nunca bien sin mí, su director.
04 julio 2016
Las hermanas
Se detiene en la puerta de
entrada. No tiene necesidad de detallarla puesto que, en todo ese tiempo que ha
pasado desde la última vez que visitó la casa de su infancia, nada ha cambiado.
Absolutamente nada.
Abre entonces la puerta. Da un
vistazo rápido a la sala, que sin muebles luce más grande de lo que en realidad
es. Camina hacia su cuarto y abre las ventanas. La luz de la mañana todo lo
inunda con su calidez. Sonríe. Cierra los ojos por momentos y puede verse de
niña, jugando con sus muñecas o espiando por la ventana la vida de la calle que
transcurría tan lejana y tan cercana a la vez. ‘’Qué tiempos aquellos’’ piensa.
Ya en el cuarto que era de sus
padres abre también las ventanas y una brisa fría la envuelve. Puede escuchar a
sus padres hablando sobre el futuro de ellos, sus niños, la escuela, la
familia, los vecinos, los amigos; todo aquello que era su universo cuando ella
era pequeña. Suspira.
Los cuartos de sus hermanos
corren con la misma benéfica suerte: las ventanas se abren para dar paso a la
novedad de la luz. Por último, va hasta la cocina. Su hermana mayor está sentada
en el suelo, de espaldas a la puerta. ‘’No sabía cuándo llegarías, Amalia. Pero
no podía cansarme de esperarte. ¡Te necesito tanto!’’ le dice con voz triste,
sin darse la vuelta. Amalia se acerca despacio, coloca las manos sobre los
hombros de su hermana y después la abraza. ‘’Ya estoy aquí’’ le dice
dulcemente. ‘’¿Faltará mucho para que papá y mamá lleguen? ¿Y Ángel? ¿Y
Raúl?’’. Amalia suspira hondo antes de responder: ‘’Les tomará más tiempo,
hermana. Pero ya llegarán y volveremos a estar todos juntos.’’ Amalia abraza
con más fuerza a su hermana. La siente tan frágil, tan desorientada. No solía
ser así, pero el accidente todo lo cambió. La toma de la mano y la lleva a
recorrer la casa.
‘’Abrí todas las ventanas. Debe
entrar la luz. Es necesaria’’ explica Amalia. ‘’¿Cuándo podremos irnos del
todo?’’ pregunta ansiosa su hermana. Amalia la mira con lástima: ‘’No lo sé.
Debemos permanecer y no sé por cuánto tiempo’’.
Los papeles se han intercambiado
desde la última vez que se vieron. Amalia luce fuerte, decidida; atrás quedó la
adolescente insegura y tímida que era. Su hermana, en cambio, ahora es una
mujer joven temerosa de todo, fatalista y melancólica. Amalia la observa: tiene
los ojos hundidos, sin brillo, como si una preocupación muy grande la estuviera
consumiendo. ‘’¿Qué te está pasando, hermanita?’’ le pregunta con dulzura. Las
lágrimas caen pesadas por el rostro de su hermana. ‘’¿Dolió acaso?’’. Su
hermana asiente. ‘’Me vi volando. Me vi cayendo. A veces me duele mucho aún la
cabeza’’. ‘’Yo también me vi volando, me vi cayendo, pero no dolió’’ le
confiesa Amalia, y continúa: ‘’Esto es una suerte de liberación. Es así como
debes verlo’’. Sonríe y atrae a su hermana hacia sí y de nuevo la abraza y la
consuela. ‘’Quiero que esto termine, Amalia. Todo’’, le dice, mientras
permanece escondida en el abrazo salvador de su hermana menor.
Muy lejos de ahí, de la casa de
su infancia, Ángel recuerda su pasado y piensa en sus hermanas. ¿Cómo serían
ahora? ¿En qué se hubieran convertido? ¿Se habrían casado como Raúl y como él?
¿Habrían tenido hijos? ¿Qué habría sido de sus hermanas? Respira hondo y en muy
baja voz se persigna, al tiempo que dice: ‘’Que en paz descansen’’.
11 junio 2016
El hombre en la azotea
Para Antonio José Loprestty.
In memoriam
El helicóptero sobrevuela la zona del desastre. El río, en su crecida arrasó con todo a su paso: casas, escuelas, la iglesia, la plaza y los hoteles del malecón. Todo sucumbió a la fiereza del río.
El piloto y el copiloto prestan mucha atención durante su recorrido, puesto que todavía hay personas en las azoteas de los edificios, de las casas, que esperan ser rescatadas. No deberían sobrevolar la zona de Playa Grande, porque fue prácticamente arrasada y no hay sobrevivientes, pero ambos confían en su instinto, así que se dejan llevar.
Los dos chicos de Defensa Civil que viajan también en el helicóptero, no dejan de estar atónitos ante el tamaño de la tragedia que causó la madre naturaleza. No han dormido bien en días, pero están en estado de alerta perenne, como perros de caza, porque están seguros de que hay más personas perdidas, desplazadas, desorientadas y sobre todo, desesperadas.
‘’Damos una última vuelta. Atentos todos’’ dice el piloto, a modo de orden. Playa Grande es zona de casas de dos pisos, pero no altas. La mayoría quedó destrozada o sepultada bajo el lodo y los escombros que formó y arrastró el río. Es la zona donde más decesos se registraron y siguen registrando.
Divisan, sin dar crédito a sus ojos, lo que parece ser una persona en la azotea de una casa azul claro. Se van acercando lo más que pueden y constatan que es un hombre, en piyamas. Y al estar más cerca, se dan cuenta de que es un anciano, de unos 75 u 80 años.
El anciano contrasta en medio de aquel panorama de desolación. Es blanco, muy blanco, lleva un piyama largo color crema y sólo una sandalia en el pie izquierdo. En el helicóptero todos se miran entre sí. ¿Habían pasado por ahí antes? ¿Dónde había estado este anciano que recién ahora aparece? La duda de si habían sobrevolado antes ese grupo de casas destrozadas, se instala como el quinto pasajero del helicóptero.
Pero ¿acaso eso importa? Su labor es rescatarlo. Después aclararán sus dudas, si el tiempo lo permite. Así que poco a poco se van acercando. Uno de los chicos se ata una soga, para poder bajar, mientras es sujetado por su compañero, y subir al anciano a la cabina. No pueden aterrizar, pero sí pueden acercarse lo suficiente como para maniobrar y rescatar al hombre.
A medida que se van acercando, el chico con la soga empieza a gritar: ‘’¡Don! ¡Acérquese que lo subimos y lo sacamos de ahí!’’. El anciano le responde, gritando más fuerte que el propio rescatista: ‘’¿Qué dijiste?’’, pero como se tapa a medias la boca con la mano, el chico no logra entenderle y empieza a hacerle señas para que se aproxime.
El anciano los saluda, sin quitarse la mano de la boca. Les hace también señas pero de que se alejen. El chico le grita de nuevo: ‘’¡Venga, don, venga!’’, pero el hombre repite los ademanes y en vez de acercarse se aleja.
El piloto ni el copiloto pueden creer lo que ven. Pero a pesar de la aparente negativa del hombre en la azotea, se acercan aún más, por última vez. ‘’Debe estar insolado, el pobre’’ dice el copiloto. ‘’El desastre no lo deja pensar’’, añade.
El chico colgado de la soga intenta gritarle una vez más, pero se ve interrumpido por el hombre que le dice: ‘’¡Vayan a buscar a otra gente. Yo no me voy de aquí. No así!’’. El muchacho lo mira sin entender bien qué trata de hacer. ‘’¡Suba ya, don! ¡Deje la pendejada!’’. Pero el anciano insiste con sus ademanes para que se vayan.
‘’¡Suéltame, Andrés!’’, le ordena a su compañero. Contrario a lo que debería hacer, Andrés obedece y lo suelta con cuidado, hasta que llegue a la azotea. ‘’¡No podemos quedarnos mucho más tiempo!’’, advierte el piloto.
El joven se acerca al anciano y le habla, con tono fuerte: ‘’Se viene ya, don, ¿me entendió?’’ y se va aproximando. El hombre va retrocediendo, poco a poco. ‘’No voy, no puedo ir con ustedes así’’ le responde, sin quitarse jamás la mano de la boca. ‘’¿Así cómo, abuelo?’’, pregunta perplejo el chico. ‘’¡Váyanse! ¡Hay otros que los necesitan. Yo estoy bien aquí. Así no voy!’’, responde el anciano. ‘’¿Pero no entiende que no lo podemos dejar así, aquí?’’ insiste el muchacho. ‘’¡Váyanse de una vez!’’. En un último intento, el chico se acerca rápidamente y lo agarra fuerte de un brazo, al tiempo que le dice: ‘’¡Abuelo, usted se viene conmigo, carajo!’’ y justo es en ese forcejeo que el viejo deja descubierta su boca desdentada. ‘’¿Vio lo que me hizo hacer? No puedo ir con ustedes así, sin dientes. ¡Abajo tengo mis dientes! ¡Al menos déjeme ir por ellos!’’. El chico no tuvo otra que soltar al hombre y a la vez soltar también una gran carcajada. ‘’Venga conmigo, don, así sin dientes. Le conseguiremos unos en el hospital’’ dice, riendo. ‘’Bueno, pero que conste que se lo dije. Me monto en ese aparato, pero no diga nada, hágame el favor’’. El joven lo toma con dulzura de la mano. ‘’¡Véngase, no más. Yo le guardo su secreto, abuelo’’. Y finalmente el hombre de la azotea subió al helicóptero, sin proferir ninguna palabra, porque siempre llevó la boca tapada con la mano.
23 mayo 2016
La investigación
La mujer abre delicadamente la
puerta de la vieja oficina. Lleva un pañuelo azul claro en la cabeza y unos
lentes de sol grandes que ocultan su rostro, imposibles en el día nublado que
escogió para presentarse.
Duluc la observa. La detalla.
Tiene el mismo porte que todas las demás mujeres que entran sigilosas en su
oficina. No hay nada de extraordinario en ella. Nada que lo haga conmover.
La oficina está casi en
penumbras. Los viejos muebles le dan un aspecto entre tétrico y triste, como si
el tiempo se hubiera detenido incierto, sin saber qué hacer, sin avanzar, ni
retroceder. Hay una bruma espesa, producto de las innumerables cajetillas de
cigarrillos que Duluc consume al día.
‘’Señor Duluc’’ susurra la mujer.
El anciano le indica con la cabeza que tome asiento en la salita, al tiempo que
vuelve a hundirse entre las carpetas y los papeles que pueblan su escritorio.
Pero la mujer permanece de pie. Y del susurro pasa a una voz fuerte, dura. ‘’No
pienso sentarme en ninguno de estos sillones de asco’’. La declaración toma a
Duluc por sorpresa. ‘’Entonces no se siente, pero va a tener que esperar
igual’’, le responde ásperamente. Ella se encoge de hombros. Así que permanece
de pie, erguida, con la cartera entre las manos y cada tanto, levanta un pie,
sin despegar el talón del piso, y golpea el suelo. El hombre la mira por encima
de sus propios lentes e intenta ignorarla, pero cuando escucha el ruido por
cuarta vez, deja lo que estaba haciendo, se levanta y la encara: ‘’¡Deje el
ruido!’’. ‘’¿Va a atenderme? Fui puntual. Espero lo mismo de usted, señor
Duluc’’.
Secretamente impresionado por la
determinación de la mujer, Duluc se acomoda los lentes para disimular su
repentina admiración. Hacía años que una clienta no lo trataba con tanta
fiereza. Siempre le gustaron las mujeres de carácter, aquellas que pasaban por
encima de su malhumor, de sus malos modales, de su desdén y lo trataban como si
él fuera un alguien totalmente dominable y hasta prescindible.
‘’Pase, entonces, así deja de
comportarse como una niña malcriada’’. ‘’Pago sus honorarios, así que tengo
derecho a comportarme como me dé la gana, señor Duluc’’ le espeta, con voz aún
más dura.
Duluc toma las solapas de su saco
y respira hondo. La detalla de arriba abajo. ‘’Pase. Puede sentarse ahí, si no
le da a-s-c-o o puede quedarse de
pie, como prefiera. Tenga en cuenta que tengo mucho que decirle sobre su
caso’’. La mujer entra al despacho. De su cartera saca un pañuelo, lo desdobla
y lo coloca sobre el asiento. ‘’Todo en esta oficina es un soberano a-s-c-o’’ dice, remedando al viejo.
El hombre ignora el comentario.
De la gaveta saca una carpeta abultada que contiene fotos, informes con fechas,
escritos varios detallando actividades de las dos personas que le interesan a
la mujer en cuestión. Duluc comienza con su discurso de la única forma que sus
modales de hombre rico venido a menos le permiten: ‘’Su marido, señora, no le
es infiel; sino infielísimo’’ dice y suelta una risita irónica. Ella permanece
imperturbable. El anciano continúa: ‘’Durante las tres semanas que nos pidió
que lo siguiéramos, para corroborar su teoría de que su hombre tenía un affair, constatamos que se encuentra con
regularidad, digamos unas dos o veces por semana, a la hora del almuerzo a
veces y otras en la tarde, alrededor de las 4:00p.m con una dama, y cuando digo
‘’dama’’ señora, me refiero a una mujer tal vez contemporánea con usted, pero
con una clase indiscutible’’. Duluc escogió sus palabras con esmero para causar
un efecto parecido a la hecatombe en su clienta, pero no lo logró. Ella
permaneció inalterable.
El hombre carraspeó, antes de
continuar. Quería que cualquier cosa que hiciera o dijera, alterara a la mujer,
pero no lo lograba. Ni siquiera cuando le detalló los encuentros de su marido
con su amante, ni cuando le contó las veces que los siguieron hasta la entrada
del hotel de paso en el que se veían, ni los cafés que frecuentaban, ni los
besos en plena calle, amparados por la multitud; nunca logró hacer que la mujer
cambiara el ritmo de su respiración, reaccionara, se incomodara. Nada.
Cuando el detective terminó su discurso,
la mujer se quitó los lentes por primera vez en toda la tarde y clavó su oscura
mirada en el hombre. ‘’Todo eso lo sabía ya, señor Duluc’’ dijo. ‘’No
necesitaba la confirmación de que mi marido tiene una amante, como usted acaba
de decir. Eso no fue lo que le pedí que investigara ni para eso le pagué. Yo
quiero saber quién es ella, dónde trabaja, qué hace cuando está sola, qué
restaurantes frecuenta, sin mi marido, claro´´ y esbozó una sonrisa irónica.
‘’Para eso le pagué. Quiero su nombre, número de documento, dirección, todo.
Pero no se asuste. Ya debe haberse dado cuenta de que no soy el tipo de mujer
que sale corriendo a vengarse de la otra con una cuchillo en la mano, no no no.
Eso es para las débiles’’.
Duluc, sorprendido, se levantó
del asiento. ‘’¿Pero señora y entonces qué pretende? ¿No quería usted
constatar, como todas las mujeres que sospechan que su marido le es infiel, que
sí lo es? ¿A qué está jugando? Le agradezco que…’’. La mujer lo interrumpió:
‘’Sé muy bien lo que hace mi marido y desde hace cuánto tiene aventuras
amorosas. No necesité de sus servicios para esto, caballero. Yo quiero que
recabe los datos que le exigí desde un primer momento y a la brevedad’’.
El hombre la miró fijamente, sin
entender. ‘’Pero dígame: ¿qué pretende?’’, le preguntó impaciente.
‘’Entretenerme. ¿Le sorprende? Esta ‘’dama de clase indiscutible’’ como señaló
hace un rato usted mismo, no es como las otras. Es muy diferente. Tiene algo
que ha hecho que mi marido sea un mejor marido. Digamos que lo ha convertido en
un hombre dócil, dulce y hasta interesante. Rasgos que nunca tuvo’’, respondió,
sin el tono áspero de voz que había empleado durante toda la reunión. ‘’Yo
quiero saber qué tiene esa mujer para haber hecho de mi marido un tipo
diferente, digno incluso de mi curiosidad. Él no va a terminar conmigo por
ella, lo sé. Y si lo hiciera, le aseguro que me estaría haciendo un gran favor,
para acabar con el tedio que es lo único que siempre nos unió. Investigue
Duluc. Quiero detalles’’.
El anciano respiró hondo y volvió
a sentarse. Mientras mascullaba, iba rompiendo los informes, las fotos, delante
de la mujer. ‘’Le digo que nunca…’’, comenzó a decir, pero ella lo atajó:
‘’Nunca diga nunca. Investigue. Quiero llegar al corazón de todo este asunto.
Precisamente eso, Duluc: al corazón’’. Se colocó los lentes de sol. Se levantó
del asiento y tomó el pañuelo, no sin antes arrugarlo y arrojarlo en la
papelera. Dio medio vuelta y salió del despacho, despacio. Abrió la puerta de
la oficina y salió.
El anciano bufó. ‘’Hay cada loca
en este mundo’’, dijo en voz alta, pero secretamente estaba complacido de
trabajar para esta mujer, que buscaba otra cosa, respuestas a verdaderas
interrogantes, que van mucho más allá de los hechos. Ese era el tipo de trabajo
que le apasionaba: investigar las verdaderas razones que oculta la mente detrás
del corazón.
Etiquetas:
cuento,
cuento corto,
detective,
pareja
27 abril 2016
La chica de la foto
Se
quedaron detenidos por minutos en la entrada, observando. Era uno de esos
apartamentos grandes, armónicos y espaciosos de la avenida Santa Fe, con
dimensiones tan grandes que pueden albergar tristezas y alegrías sin que estas
se mezclen, ni se perturben entre sí.
Era
todo muy moderno, muy anticuado, muy de esta época, muy de ninguna. Pero una
única cosa predominaba, eso sí: el color. Había cuadros llenos de color en
todas las paredes de la sala. Los muebles, que entre sí no guardaban ninguna
relación, eran también coloridos. En aquella amalgama nada estaba fuera de
lugar; sin embargo, y sólo una única cosa llamaba la atención de los curiosos:
una foto en blanco y negro de una chica, en la entrada, de 20x30. La chica
estaba sentada de lado y miraba hacia la nada. Sonreía a medias, como si
quisiera complacer a quien le pidió que posara. La muchacha no era linda, pero
dentro de todo, hacía juego con lo abigarrado del sitio, no desentonaba y eso,
al final de cuentas, la hacía linda. Era como si de alguna forma estuviera de
acuerdo, dentro de su monocromía, con la explosión de vida del lugar.
Compartieron
con sus amigos y con los que no lo eran, hablaron con propios y desconocidos de
temas banales, frívolos, desechables. Se hicieron los sociales a más no poder y
conversaron con todos. Deambularon por las habitaciones repletas de gente, como
si de repente fueran los invitados estrella y el resto una suerte de público. Cada
tanto volvían al hall de entrada y veían la foto en blanco y negro. ¿Por qué no
había otras fotos en toda la casa?
Deciden
separarse e indagar, amparados por el alcohol de más que habían consumido.
‘’Que no nos vean’’, susurraron riendo. Recorrieron con sigilo las habitaciones.
Todas guardan el mismo patrón: son amplias, llenas de muebles que no hacen
juego, de diferentes estilos, de muchos colores. No había ni un solo cuarto,
baño o sala que no tuviera el mismo concepto; hasta que llegaron a una
habitación del fondo. Al abrir la puerta, vieron que era más pequeña que el resto
de las otras, pero quizás era la más acogedora. Tenía un balcón pequeño que
daba a la calle, dos bibliotecas una enfrente de la otra, repletas de libros,
carpetas, papeles amarillentos, cartas, en desorden. Había una cama individual
con un edredón rosa, muy viejo, gastado no por el uso, sino por el paso del
tiempo, una almohada. Un escritorio pequeño, lleno de papeles, cuadernos,
libros, justo al lado de la cama. Hay una lámpara de mesa, caída, con el
bombillo roto y los pedacitos en desorden alrededor. Todo el mobiliario está apretujado.
Era claramente la habitación de alguien joven, que está más interesado en vivir
la vida que en pensar en mantener un cierto orden de las cosas. No había
cuadros en las paredes y era la única habitación con papel tapiz. Tenía un
fuerte olor a humedad.
La
pareja nota que hay libros tirados en el piso, por doquier, abiertos unos,
cerrados otros; como si alguien, en un ataque de ira, los hubiera tirado al
piso sin importarle nada, como si los odiara. Caminan con cuidado y descubren
sobre una repisa fotos en blanco y negro de una niña, quizás la misma joven de
la entrada. Se quedan un rato viéndolas. No se dan cuenta de la anciana, parada
en la puerta del cuarto, que los observa con curiosidad. ‘’Se llama Daniela’’,
dice. Los chicos dan un respingo y más asustados que asombrados la miran. Él
dice: ‘’Perdone, nosotros no…’’ y ella: ‘’¿Quién? ¿La de aquí?’’ y le enseña a
la anciana la foto de la niña. ‘’Tengan cuidado con dejar las cosas tal y como
las encontraron. Daniela puede volver en cualquier momento’’. Los muchachos se
miran entre sí. La muchacha ríe al tiempo que pregunta: ‘’¿Cómo alguien puede
vivir en semejante chiquero?’’. La anciana sonríe, no sin antes responder con
dulzura: ‘’Los filósofos son así. Andan tan perdidos en su mundo de ideas que
se olvidan de lo práctico, de lo exacto, del orden. Son como los poetas y como
toda esa gente que vive en otro mundo, desafiando lo ya establecido’’. El
muchacho observa a la anciana. Debe tener unos 80 años. Tiene el cabello muy
blanco, casi platinado, la piel como un pergamino, pero sus ojos rebozan vida,
como los colores del propio lugar.
La
chica, aún más osada que el chico, pregunta: ‘’¿Daniela estudia filosofía?’’.
‘’No se ha graduado aún. Pero en cuanto vuelva lo hará’’, responde la mujer.
Los chicos se miran entre sí, ahora más intrigados. ‘’¿Está de viaje, acaso?’’
quiere saber la muchacha. La anciana la observa. Con cuidado y sin tropezar
ninguno de los libros del piso, avanza desde la puerta hasta el balcón. ‘’No. A
Dani se la llevaron los militares hace algún tiempo atrás. Su padre, sus
hermanos y yo esperamos a que regrese, a que ellos nos la devuelvan. Por eso
esta habitación debe permanecer así, para que ella la reconozca como suya. Ya
sus hermanos no viven aquí. Vienen de vez en vez, pero cuando lo hacen, le
quitamos el polvo con cuidado a todo. No quiero que Daniela entre y no
encuentre sus cosas tal y como las dejó. Así que por favor tengan cuidado de
dejar las cosas como las encontraron’’. Les sonríe de nuevo, y camina lento
hasta la entrada.
Como
si un velo triste y pesado hubiera caído de repente sobre la habitación, los
chicos dejan las fotos en la repisa y con cuidado caminan entre los objetos del
piso, apagan la luz y salen, cerrando tras de sí la puerta.
‘’Esta
es una historia sin final feliz’’, dice el muchacho. La chica asiente. Sin despedirse
de nadie, se dirigen a la puerta
principal del apartamento. Por última vez, observan la foto en blanco y negro
de la entrada y salen. Desde la foto, Daniela los sigue con la mirada. Sonríe a
medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara.
Etiquetas:
blanco y negro,
cuento,
cuento corto,
pareja,
secuestro
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






