08 noviembre 2016

La decisión



Recuerdo claramente el día que llegamos a casa, después del funeral de mi único hermano, Lucas. Mamá, que siempre se le dio perfecto el papel de víctima, entró casi a rastras a la casa. Se sentó en el primer sillón que encontró, se llevó la mano izquierda a la frente y empezó a sollozar: ‘’Mi niño, mi niño. ¿Quién cuidará ahora de nosotros?’’.

Repitió esa frase varias veces, algunas en un tono de voz más alto o más agudo o con la voz temblorosa que sólo tienen los que han llorado durante un buen rato. Papá la miraba y estrujaba entre sus manos su sombrerito negro, sin saber si tenía que abrazarla, sentarse a su lado, seguir de pie o cerrar los ojos y hacer como si nada estuviera pasando.

Ambos, cabe destacar, ignoraban mi presencia. Y no sé si adrede. Mi familia nunca fue una familia donde las mujeres tuvieran un peso importante, pero eso no lo sabía aún. Era adolescente y todo mi mundo había girado en torno a cosas tan simples como las rosas de nuestro pequeño jardín, cuándo y cómo sería mi primer beso, recoger la limosna en la misa de los domingos y visitar a mis abuelos los viernes por la tarde. Nada más. No tenía aficiones, ni preocupaciones, ni esperanzas, ni nada. Vivía la vida de una jovencita normal de clase media baja, sin grandes sobresaltos.

Pero el deceso temprano de mi único hermano, quien se suponía iba a estudiar, a graduarse, a aliviar un poco nuestra situación económica -que a veces era precaria- cuando consiguiera su primer trabajo; cambió los planes de nuestras vidas. Bueno, yo no tenía ningún plan a esa edad, reitero. Siempre me quedó la duda de si Lucas hubiera aceptado esa vida que nuestros padres habían trazado tan meticulosamente para él y nosotros.

Mamá estuvo dos días en su cama, encerrada en su cuarto, para darle más dramatismo a la pérdida. Papá durmió en la salita, como pudo, en el sofá verde. Al no tener qué comer, dado el estado de depresión autoimpuesta de mamá, tuve que llamar a mis tías, para que vinieran en mi auxilio. Yo tenía hambre y todavía no sabía cocinar. Limpiar sí, porque mamá me obligaba, pero cocinar aún no era algo que me hubieran enseñado.

Mis tías se encargaron de poner un poco de orden, dentro del caos posterior al funeral. La noche antes de que regresaran a sus respectivas casas, no sé cuál de las dos hizo le hizo la observación fatal a mamá: ‘’Te queda esta hija. Tienes que cuidarla’’. Mamá parpadeó y fue como si la sola idea de cuidar de alguien inútil para ella, la hubiera sacudido desde la profundidad de sus entrañas. Me miró como quien mira a un objeto desconocido, nuevo, llamativo. ‘’Es ella quien tendrá que encargarse de nosotros. Iba a hacerlo Lucas’’.

Así que de esa forma, mi mamá, con el silencio aprobador de papá, decidió mi presente y mi futuro: tendría que cuidar de ellos hasta su muerte, que pudiera sobrevenir pronto, dado el grado de tristeza insoportable que los aplastaba. Más a ella que a él, claro.

Yo había pensado en estudiar, al terminar el colegio. No era una decisión muy firme, porque básicamente no sabía para qué era buena, pero quería saber qué era estudiar en una universidad, y no hacer un cursito tonto en cualquier academia, sino tener una carrera, un diploma y diferenciarme del resto de las mujeres florero de mi propia familia. A veces fantaseaba con eso.

Creía que una vez que llegara a la universidad, seguro encontraría un novio y me casaría con ese novio. Y tendríamos hijos. Era ese el orden natural de la vida, ¿no? O al menos es lo que decían mis amigas. Me gustaba imaginarme por momentos las caras de mis padres cuando me graduara de…lo que fuera, y llegara a casa con mi diploma en mano.

‘’Te quedarás con nosotros’’ sentenció mamá esa noche, cuando entró a mi cuarto para darme las buenas noches, cosa que hacía mucho tiempo no pasaba. Yo estaba peinándome, parada frente al espejo, cuando ella entró, un tanto menos demacrada que los días anteriores y con un brillito diferente en la mirada.

Se fue acercando lentamente. Apoyó sus huesudas manos en mis hombros y me quitó con delicadeza el cepillo, para entonces continuar lo que yo estaba haciendo: peinarme. Cuando dio por terminada la sesión, me devolvió el cepillo y dijo: ‘’Sabes hija, tu papá y yo sabemos que serás muy buena compañía. Nuestra compañía. Terminarás el colegio y te quedarás en casa, aquí con nosotros. Hay que limpiar, cocinar, lavar, planchar. Hay mucho que hacer, todos los días’’. Siguió enumerando la cantidad increíble de faenas hogareñas a las que debía consagrar mi vida, justo ahora que el destino nos había jugado una mala pasada y nos había dejado sin Lucas. Malísima, en realidad.

Invertir en mí, en mi futuro nada promisorio según mis padres, no era algo que estuviera en sus cabezas. Ni siquiera creo que la muerte de mi único hermano tuviera algo que ver. Creo que, al no existir yo para ellos, no había nada pensado, ni hecho, ni planeado. Por tanto, al recordar que yo existía, me movía y pensaba, como cualquier otra persona medianamente normal, me había puesto en la mira de sus vidas.

Ahora contaban con alguien que se ocuparía de ellos en su presente, en su vejez y decrepitud, enfermedad, etc. Yo estaba ahí no para ser su hija, la que quedó, sino para servirles. Así de simple. Ahora lo puedo decir abiertamente. Me llevó un tiempo asimilarlo.
Adiós a mi carrera universitaria, al novio con el que me casaría y tendría hijos, a la rutina de una vida en familia, de una vida gris, tal vez, o llena de colores, luces y matices. Adiós a todo lo poco que pude haber deseado en algún punto.

Esa noche, cuando mamá me confió sus magníficos planes de sacrificio, no pude dormir. Estuve dando vueltas en la cama. Me levantaba, me asomaba a la ventana, volvía a la cama. Así durante horas, hasta que el sueño me venció. No rendí nada en el colegio al día siguiente. Estaba como ausente. Pensaba sólo en el terrible futuro que se presentaba ante mí y que venía como una boa, lenta y peligrosamente, a engullirme. Y yo no podía hacer nada. Mi deber de señorita era quedarme al lado de mis padres, porque ellos en algún momento, iban a necesitarme.

Justo el día que terminé el bachillerato, dos años después de la muerte de Lucas, esperé a que papá llegara del trabajo y seria le dije que tenía que hablar con él y con mamá. Respiré hondo, muy hondo y les dije que quería ser monja. ‘’Tomar los hábitos’’ fue la expresión exacta que usé. Papá sonrió tímidamente, como siempre. Miró a mamá y quiso decir algo, pero nunca se atrevió.

Mamá se me quedó mirando, como escrutando mi rostro para encontrar algún punto de quiebre para desbaratarme la mentira, pero no lo encontró. Yo llevaba dos años ensayando el momento en el que les comunicaba a todos (mis padres, las monjas de mi colegio de segunda) mi decisión de dejar el mundo material y entregarme al espiritual.

Yo creo, y digo ‘creo’ porque nunca lo constaté, era sólo una sospecha, que cuando me preguntaban si estaba realmente segura de lo que quería, porque era joven, muy joven, e inexperta, yo mantenía la mirada y respondía sin vacilaciones: ‘’Tan segura como el aire que respiro’’. Esa frase, pequeño extracto de una canción lastimera que cantábamos en la misa de los lunes en el cole, le daba toda la solemnidad a mi respuesta. Pero toda la que justo necesitaba.

Era un cambio de prisiones, en realidad. Y lo tenía claro. De una reclusión a otra, pero con ciertos beneficios que no tendría en la prisión familiar. Podía intentar ser yo, un poco. Aunque no sabía qué significaba serlo, de todas formas. Y cuando mis padres murieran, yo dejaría los hábitos, como quien deja una maleta vieja olvidada en algún rincón de su propia casa e intentaría tener una vida. No sé cuál, pero la tendría.

Dada la religiosidad extrema y el pensamiento conservador de mis papás, mi plan de entrar al convento tuvo un éxito increíble. Fui una novicia ejemplar, obediente, tranquila. Cuando tomé los hábitos en serio, me despedí de mi mamá como quien se despide de alguien lejano. No la abracé. A papá sí. Le esperaba un largo camino junto a mi madre en soledad. Sin Lucas y sin mí, aunque yo no importase mucho.

Traté de seguir al pie de la letra mi nueva vida de obediencia, rectitud y demás virtudes. Pero eso sí: no dejé ni un momento de abrazar las únicas tinieblas que me descubrí y por eso rezaba un rosario todas las noches, arrodillada, por la pronta desaparición de mis padres. Así yo podía dejar la farsa, quitarme el hábito, bajarme del escenario y decir ‘’señores, se acabó la función’’. Sin embargo, fieles a sus ganas de no morirse para estropear los únicos planes de mi vida, mis padres sobrevivieron a las suyas durante años sin término. Ambos murieron nonagenarios, con pocos días de diferencia, tranquilos, en su cama, sin grandes aspavientos. Y ahora reposan al lado de Lucas.

Me fui acostumbrando a la rutina del convento. Me adapté fácilmente, debo decir. Llegué a pensar que me costaría, pero no. Todos mis años aquí me fueron templando y despojando de las ganas de no sé qué, como una florecita que va perdiendo sus pétalos, conforme pasa el tiempo.

No me quejo. Ahora está de moda decir que ‘’hay que dejarse llevar’’ y fue justamente lo que hice, muchos años antes de que esa tendencia new age o lo que sea, se pusiera de moda y todos estuvieran buscando lo que nunca habían perdido.

Quise hacer una revolución y me quedé en la promesa de hacerla: cambié una prisión por otra, siempre con el pensamiento, que no la esperanza, de que mis padres decidieran liberarme. Nunca fui adicta a los escándalos ni a hacerme la víctima, papel que había acaparado mi mamá por mucho tiempo; por eso, aguanté y aguanté. Y aún aguanto. 

12 octubre 2016

Hasta que te ame



La bruma espesa de la contaminación todo lo envuelve. Sin embargo, ella parece no notarlo. Camina deprisa por la avenida hasta que divisa al muchacho, que está de espaldas, con las manos en los bolsillos, en actitud de espera. La bruma impide la visibilidad, pero ella avanza rápida hacia él, hasta que está tan cerca que le susurra: ‘’Una ciudad se hace un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes’’. El muchacho sorprendido se da la vuelta, pero no hay nadie. Solo esa bruma espesa que todo lo envuelve.  

09 septiembre 2016

La fiebre



Antes de que toque el timbre, sabe que es ella. Así que se levanta de la silla y corre hasta la puerta. La abre. Lo mira sorprendida. ‘’¿Cómo sabías que era yo?’’. ‘’¡Shh! Baja la voz que duerme. Reconocí tus pisadas. Nada más que eso’’. ‘’¿Está en su cuarto?’’ pregunta con un tono de voz muy, muy bajo. ‘’Sí. Desde hace dos días. Si sigue así, creo que deberíamos llamar a un médico’’. ‘’Tranquilo. No creo que sea nada grave. Un simple malestar, seguramente’’.
Se dirige al cuarto de Simón, quien está en su cama, cubierto hasta la cabeza con el edredón de plumas, a pesar de los 25 grados del día, y acurrucado sobre su lado izquierdo.
Se sienta con delicadeza en la cama y va descubriendo poco a poco ese cuerpo que tan bien conoce. Simón aún no despierta, no nota su presencia, no sabe cuando aquellas manos se posan sobre su espalda y lo palpan, lo acarician, lo recorren. Solo cuando la muchacha le coloca una mano en la frente y siente que él está hirviendo, es que reacciona. Entreabre los ojos y solo atina a preguntar ‘’¿tú, aquí?’’ desganado. Ella asiente, al tiempo que lo descubre totalmente.
42 grados de fiebre.
Desviste al chico por completo y lo deja desnudo en el medio de la cama. Con una toalla húmeda va recorriéndole el cuerpo de arriba hacia abajo, para obligar a la fiebre a abandonarlo; y después de abajo hacia arriba, para que recupere la energía.
Simón parecería inerte, sino fuera por las tímidas, pero a la vez violentas sacudidas que le causa la fiebre, en su afán por adueñarse más de él.
Empieza entonces a preparar compresas de agua fría con alcohol. Seis en total: una para cada tobillo y cada muñeca, otra para la nuca y otra para la frente. A veces Simón parpadea y la mira sin verla del todo. Intenta decirle algo, pero ella lo calla, colocándole suavemente el índice sobre los labios. ‘’Descansa, amor’’ y lo besa con la delicadeza que le es propia.
41 grados de fiebre.
Va cambiando las compresas con regularidad durante la próxima media hora. Y a medida que lo hace, besa las palmas de las manos, hombros, rodillas, cuello. Le arregla el cabello lo mejor que puede. Recorre aquel cuerpo sin premuras, no con la lujuria que los dominó durante los años que estuvieron juntos, sino con la ternura y sutileza que nunca tuvo antes para él.
40 grados de fiebre.
Retira todas las compresas, cambia las sábanas y viste a Simón como si fuera un niño que está dormido. Lo abraza. El muchacho despierta del letargo en el que se ha visto sumido estos dos últimos días. Intenta liberarse del abrazo, pero no tiene fuerzas, ni físicas ni espirituales, así que después de unos minutos, se abandona en ella por completo. ‘’¿Para qué viniste?’’, le pregunta. ‘’Para salvarte. Es lo único y lo último que me quedaba por hacer’’, le responde y le besa los labios agrietados por la fiebre. Simón reacciona del todo y se abandona también en aquel beso.

39 grados de fiebre.
‘’Descansa’’ le ordena sin hacerlo. Simón se acurruca sobre el lado izquierdo y la chica lo arropa hasta la cintura. Antes de abandonar la habitación, lo besa en la frente y musita ‘’adiós, amor’’.
Al cerrar la puerta, se dirige a la cocina. El chico está fumando en la ventana. ‘’Está mejorando. No creo que necesite un médico’’. Él sonríe: ‘’Bien. Cada vez es más caro enfermarse en este país’’. La acompaña entonces a la puerta. ‘’Gracias. Como siempre’’ y la despide con un abrazo, impropio de su naturaleza esquiva.
38 grados.
Simón despierta pasadas las 9:00 de la noche. El hambre acumulada le estalla en el cuerpo. Se levanta y aún algo mareado, camina hacia la cocina.  El muchacho al verlo exclama: ‘’¡Y al casi tercer día resucitó de entre los muertos!’’. Simón le responde: ‘’Eres un tarado. ¿Qué hay para comer? ¡Muero del hambre!’’ y se desploma sobre una de las sillas. El chico le sirve un plato de arroz con pollo y verduras y un vaso de agua. ‘’¡A devorar!’’, le dice. Al terminar, Simón pregunta:
- ‘’¿Volverá Camila mañana?’’ Hoy ha sido una enfermera extraordinaria’’.
- ‘’¿Eh? ¿De qué me hablas, hombre?’’.
Simón repite la pregunta y añade:
- ‘’Camila estuvo parte del día aquí, cuidándome. Tú debiste haberle abierto porque ella ya no tiene llaves de esta casa. Quisiera llamarla para agradecerle todo lo de hoy’’.
- ‘’¡Pero la fiebre te ha dejado inútil! ¡Con el cerebro frito! Aquí no ha entrado nadie y además, hasta donde yo sé, tu ex sigue en España, seguro que en los brazos de su noviecito. ¡Basta ya, supéralo, hombre!’’.

El chico entonces sale de la cocina hacia su cuarto. Simón, perplejo, no puede articular palabra ni ordenar sus pensamientos. Todavía siente el perfume de Camila en su cuerpo, donde quedaron sus besos, el camino recorrido por sus caricias y su voz diciendo: ‘’Salvarte es lo único y lo último que me quedaba por hacer’’. 

10 agosto 2016

El director



El único día que falté al trabajo fue cuanto sentí que me estallaba la cabeza del dolor. Estuve recluido en mi habitación todo el tiempo. El sólo hecho de intentar abrir los ojos, me producía náuseas. Sentía que todo daba vueltas a mi alrededor. Veía sin ver del todo luces de colores brillantes y después una total oscuridad. Así todo el día. Nunca antes me había pasado algo así. Nunca fui de enfermarme, ¡y de faltar al trabajo, menos!
No podía ni moverme. Los empleados entraban y salían de mi habitación y murmuraban. Yo no entendía qué decían. Sólo logré entender lo que el Dr. Merchán dijo: ‘’Aquí no hay nada que hacer’’, pero no supe a qué se refería.
Dos días después que pasara esto, me reincorporé al trabajo. Sé que no estaba en condiciones aún, pero trabajar para mí es parte esencial de mi vida, así que débil como estaba, reanudé mis labores. No por ser director puedo tomarme libertades.
Sí noté que en ese corto tiempo que estuve de reposo, el personal cambió su actitud hacia mí. No me hacían caso como antes y ese respeto ciego que previamente me tenían, había dado lugar a una suerte de desdén. Era como si me dejaran de lado, me ignoraran o qué sé yo. No sé bien cómo definirlo. Pero yo sentía ese relajo en sus ocupaciones, su dejadez y eso no estaba bien. Sin embargo, tuve que lidiar con tantas cosas que me fue complicado atender aquello también. Ahora tenía que pasar algún tiempo encerrado en mi despacho porque me daban dolores agudos en la cabeza, como miles de agujas que se clavaban con rabia y me dejaban inutilizado por horas. Entonces era eso: ese dolor lacerante, que aparecía de vez en vez y las mil cosas por hacer acumuladas.
Tenía que hacerle frente a todo. De mi desempeño no se podían tener quejas, pero era cierto que estaba a media máquina. Lento, muy lento. Mi cuerpo no me respondía como antes.
Una noche, en que  no podía dormir, me fui al jardín de atrás del hotel, donde están las cocinas, a fumar. Me oculté un poco por si acaso venía algún empleado también a fumar y a darme charla. Fue entonces que escuché pedazos de una conversación entre Marta y Jorge: ‘’Todo es más tranquilo ahora’’. ‘’¡La verdad es que ejercía tanta presión!’’. ‘’Era un tirano. No más que eso’’. ‘’No me alegro por estas cosas, pero de que estamos mejor sin él, lo estamos’’. ¿A quién se referirían? No alcancé a escuchar todo lo que decían pero quedó claro que odiaban al sujeto del que hablaban.
Me terminé el cigarrillo y esperé a que se fueran. Subí sigiloso hasta mi habitación. Entré al baño y encendí la luz. De repente me topé con una pálida imagen de mí en el espejo. Tenía ojeras, profundas. ‘’La falta de sueño’’, pensé. Estaba blanco, como ausente. Mis mejillas hundidas. ¿Y qué era eso? Me acerqué al espejo para observarme mejor, me costaba enfocarme en mi rostro. Tenía una herida del lado izquierdo. Mi cráneo parecía haberse hundido. Quizás era eso lo que estaba causando los agudos dolores de cabeza.

Apagué la luz y salí del baño. Mañana llamaría al Dr. Merchán. Él sabría qué hacer. Creo que mañana me tomaré el día para recuperarme del todo. Se lo comunicaré a los patrones. Tendrán que entenderlo porque, a fin de cuentas, este hotel no funcionará nunca bien sin mí, su director.

04 julio 2016

Las hermanas



Se detiene en la puerta de entrada. No tiene necesidad de detallarla puesto que, en todo ese tiempo que ha pasado desde la última vez que visitó la casa de su infancia, nada ha cambiado. Absolutamente nada.
Abre entonces la puerta. Da un vistazo rápido a la sala, que sin muebles luce más grande de lo que en realidad es. Camina hacia su cuarto y abre las ventanas. La luz de la mañana todo lo inunda con su calidez. Sonríe. Cierra los ojos por momentos y puede verse de niña, jugando con sus muñecas o espiando por la ventana la vida de la calle que transcurría tan lejana y tan cercana a la vez. ‘’Qué tiempos aquellos’’ piensa.
Ya en el cuarto que era de sus padres abre también las ventanas y una brisa fría la envuelve. Puede escuchar a sus padres hablando sobre el futuro de ellos, sus niños, la escuela, la familia, los vecinos, los amigos; todo aquello que era su universo cuando ella era pequeña. Suspira.
Los cuartos de sus hermanos corren con la misma benéfica suerte: las ventanas se abren para dar paso a la novedad de la luz. Por último, va hasta la cocina. Su hermana mayor está sentada en el suelo, de espaldas a la puerta. ‘’No sabía cuándo llegarías, Amalia. Pero no podía cansarme de esperarte. ¡Te necesito tanto!’’ le dice con voz triste, sin darse la vuelta. Amalia se acerca despacio, coloca las manos sobre los hombros de su hermana y después la abraza. ‘’Ya estoy aquí’’ le dice dulcemente. ‘’¿Faltará mucho para que papá y mamá lleguen? ¿Y Ángel? ¿Y Raúl?’’. Amalia suspira hondo antes de responder: ‘’Les tomará más tiempo, hermana. Pero ya llegarán y volveremos a estar todos juntos.’’ Amalia abraza con más fuerza a su hermana. La siente tan frágil, tan desorientada. No solía ser así, pero el accidente todo lo cambió. La toma de la mano y la lleva a recorrer la casa.
‘’Abrí todas las ventanas. Debe entrar la luz. Es necesaria’’ explica Amalia. ‘’¿Cuándo podremos irnos del todo?’’ pregunta ansiosa su hermana. Amalia la mira con lástima: ‘’No lo sé. Debemos permanecer y no sé por cuánto tiempo’’.
Los papeles se han intercambiado desde la última vez que se vieron. Amalia luce fuerte, decidida; atrás quedó la adolescente insegura y tímida que era. Su hermana, en cambio, ahora es una mujer joven temerosa de todo, fatalista y melancólica. Amalia la observa: tiene los ojos hundidos, sin brillo, como si una preocupación muy grande la estuviera consumiendo. ‘’¿Qué te está pasando, hermanita?’’ le pregunta con dulzura. Las lágrimas caen pesadas por el rostro de su hermana. ‘’¿Dolió acaso?’’. Su hermana asiente. ‘’Me vi volando. Me vi cayendo. A veces me duele mucho aún la cabeza’’. ‘’Yo también me vi volando, me vi cayendo, pero no dolió’’ le confiesa Amalia, y continúa: ‘’Esto es una suerte de liberación. Es así como debes verlo’’. Sonríe y atrae a su hermana hacia sí y de nuevo la abraza y la consuela. ‘’Quiero que esto termine, Amalia. Todo’’, le dice, mientras permanece escondida en el abrazo salvador de su hermana menor.

Muy lejos de ahí, de la casa de su infancia, Ángel recuerda su pasado y piensa en sus hermanas. ¿Cómo serían ahora? ¿En qué se hubieran convertido? ¿Se habrían casado como Raúl y como él? ¿Habrían tenido hijos? ¿Qué habría sido de sus hermanas? Respira hondo y en muy baja voz se persigna, al tiempo que dice: ‘’Que en paz descansen’’. 

11 junio 2016

El hombre en la azotea

                                                             Para Antonio José Loprestty.
                                                                                     In memoriam


El helicóptero sobrevuela la zona del desastre. El río, en su crecida arrasó con todo a su paso: casas, escuelas, la iglesia, la plaza y los hoteles del malecón. Todo sucumbió a la fiereza del río.
El piloto y el copiloto prestan mucha atención durante su recorrido, puesto que todavía hay personas en las azoteas de los edificios, de las casas, que esperan ser rescatadas. No deberían sobrevolar la zona de Playa Grande, porque fue prácticamente arrasada y no hay sobrevivientes, pero ambos confían en su instinto, así que se dejan llevar.
Los dos chicos de Defensa Civil que viajan también en el helicóptero, no dejan de estar atónitos ante el tamaño de la tragedia que causó la madre naturaleza. No han dormido bien en días, pero están en estado de alerta perenne, como perros de caza, porque están seguros de que hay más personas perdidas, desplazadas, desorientadas y sobre todo, desesperadas.
‘’Damos una última vuelta. Atentos todos’’ dice el piloto, a modo de orden. Playa Grande es zona de casas de dos pisos, pero no altas. La mayoría quedó destrozada o sepultada bajo el lodo y los escombros que formó y arrastró el río. Es la zona donde más decesos se registraron y siguen registrando.
Divisan, sin dar crédito a sus ojos, lo que parece ser una persona en la azotea de una casa azul claro. Se van acercando lo más que pueden y constatan que es un hombre, en piyamas. Y al estar más cerca, se dan cuenta de que es un anciano, de unos 75 u 80 años.
El anciano contrasta en medio de aquel panorama de desolación. Es blanco, muy blanco, lleva un piyama largo color crema y sólo una sandalia en el pie izquierdo. En el helicóptero todos se miran entre sí. ¿Habían pasado por ahí antes? ¿Dónde había estado este anciano que recién ahora aparece? La duda de si habían sobrevolado antes ese grupo de casas destrozadas, se instala como el quinto pasajero del helicóptero.
Pero ¿acaso eso importa? Su labor es rescatarlo. Después aclararán sus dudas, si el tiempo lo permite. Así que poco a poco se van acercando. Uno de los chicos se ata una soga, para poder bajar, mientras es sujetado por su compañero, y subir al anciano a la cabina. No pueden aterrizar, pero sí pueden acercarse lo suficiente como para maniobrar y rescatar al hombre.
A medida que se van acercando, el chico con la soga empieza a gritar: ‘’¡Don! ¡Acérquese que lo subimos y lo sacamos de ahí!’’. El anciano le responde, gritando más fuerte que el propio rescatista: ‘’¿Qué dijiste?’’, pero como se tapa a medias la boca con la mano, el chico no logra entenderle y empieza a hacerle señas para que se aproxime.
El anciano los saluda, sin quitarse la mano de la boca. Les hace también señas pero de que se alejen. El chico le grita de nuevo: ‘’¡Venga, don, venga!’’, pero el hombre repite los ademanes y en vez de acercarse se aleja.
El piloto ni el copiloto pueden creer lo que ven. Pero a pesar de la aparente negativa del hombre en la azotea, se acercan aún más, por última vez. ‘’Debe estar insolado, el pobre’’ dice el copiloto. ‘’El desastre no lo deja pensar’’, añade.
El chico colgado de la soga intenta gritarle una vez más, pero se ve interrumpido por el hombre que le dice: ‘’¡Vayan a buscar a otra gente. Yo no me voy de aquí. No así!’’. El muchacho lo mira sin entender bien qué trata de hacer. ‘’¡Suba ya, don! ¡Deje la pendejada!’’. Pero el anciano insiste con sus ademanes para que se vayan.
‘’¡Suéltame, Andrés!’’, le ordena a su compañero. Contrario a lo que debería hacer, Andrés obedece y lo suelta con cuidado, hasta que llegue a la azotea. ‘’¡No podemos quedarnos mucho más tiempo!’’, advierte el piloto.
El joven se acerca al anciano y le habla, con tono fuerte: ‘’Se viene ya, don, ¿me entendió?’’ y se va aproximando. El hombre va retrocediendo, poco a poco. ‘’No voy, no puedo ir con ustedes así’’ le responde, sin quitarse jamás la mano de la boca. ‘’¿Así cómo, abuelo?’’, pregunta perplejo el chico. ‘’¡Váyanse! ¡Hay otros que los necesitan. Yo estoy bien aquí. Así no voy!’’, responde el anciano. ‘’¿Pero no entiende que no lo podemos dejar así, aquí?’’ insiste el muchacho. ‘’¡Váyanse de una vez!’’. En un último intento, el chico se acerca rápidamente y lo agarra fuerte de un brazo, al tiempo que le dice: ‘’¡Abuelo, usted se viene conmigo, carajo!’’ y justo es en ese forcejeo que el viejo deja descubierta su boca desdentada. ‘’¿Vio lo que me hizo hacer? No puedo ir con ustedes así, sin dientes. ¡Abajo tengo mis dientes! ¡Al menos déjeme ir por ellos!’’. El chico no tuvo otra que soltar al hombre y a la vez soltar también una gran carcajada. ‘’Venga conmigo, don, así sin dientes. Le conseguiremos unos en el hospital’’ dice, riendo. ‘’Bueno, pero que conste que se lo dije. Me monto en ese aparato, pero no diga nada, hágame el favor’’. El joven lo toma con dulzura de la mano. ‘’¡Véngase, no más. Yo le guardo su secreto, abuelo’’. Y finalmente el hombre de la azotea subió al helicóptero, sin proferir ninguna palabra, porque siempre llevó la boca tapada con la mano.


23 mayo 2016

La investigación


La mujer abre delicadamente la puerta de la vieja oficina. Lleva un pañuelo azul claro en la cabeza y unos lentes de sol grandes que ocultan su rostro, imposibles en el día nublado que escogió para presentarse.
Duluc la observa. La detalla. Tiene el mismo porte que todas las demás mujeres que entran sigilosas en su oficina. No hay nada de extraordinario en ella. Nada que lo haga conmover.
La oficina está casi en penumbras. Los viejos muebles le dan un aspecto entre tétrico y triste, como si el tiempo se hubiera detenido incierto, sin saber qué hacer, sin avanzar, ni retroceder. Hay una bruma espesa, producto de las innumerables cajetillas de cigarrillos que Duluc consume al día.
‘’Señor Duluc’’ susurra la mujer. El anciano le indica con la cabeza que tome asiento en la salita, al tiempo que vuelve a hundirse entre las carpetas y los papeles que pueblan su escritorio. Pero la mujer permanece de pie. Y del susurro pasa a una voz fuerte, dura. ‘’No pienso sentarme en ninguno de estos sillones de asco’’. La declaración toma a Duluc por sorpresa. ‘’Entonces no se siente, pero va a tener que esperar igual’’, le responde ásperamente. Ella se encoge de hombros. Así que permanece de pie, erguida, con la cartera entre las manos y cada tanto, levanta un pie, sin despegar el talón del piso, y golpea el suelo. El hombre la mira por encima de sus propios lentes e intenta ignorarla, pero cuando escucha el ruido por cuarta vez, deja lo que estaba haciendo, se levanta y la encara: ‘’¡Deje el ruido!’’. ‘’¿Va a atenderme? Fui puntual. Espero lo mismo de usted, señor Duluc’’.
Secretamente impresionado por la determinación de la mujer, Duluc se acomoda los lentes para disimular su repentina admiración. Hacía años que una clienta no lo trataba con tanta fiereza. Siempre le gustaron las mujeres de carácter, aquellas que pasaban por encima de su malhumor, de sus malos modales, de su desdén y lo trataban como si él fuera un alguien totalmente dominable y hasta prescindible.
‘’Pase, entonces, así deja de comportarse como una niña malcriada’’. ‘’Pago sus honorarios, así que tengo derecho a comportarme como me dé la gana, señor Duluc’’ le espeta, con voz aún más dura.
Duluc toma las solapas de su saco y respira hondo. La detalla de arriba abajo. ‘’Pase. Puede sentarse ahí, si no le da a-s-c-o o puede quedarse de pie, como prefiera. Tenga en cuenta que tengo mucho que decirle sobre su caso’’. La mujer entra al despacho. De su cartera saca un pañuelo, lo desdobla y lo coloca sobre el asiento. ‘’Todo en esta oficina es un soberano a-s-c-o’’ dice, remedando al viejo.
El hombre ignora el comentario. De la gaveta saca una carpeta abultada que contiene fotos, informes con fechas, escritos varios detallando actividades de las dos personas que le interesan a la mujer en cuestión. Duluc comienza con su discurso de la única forma que sus modales de hombre rico venido a menos le permiten: ‘’Su marido, señora, no le es infiel; sino infielísimo’’ dice y suelta una risita irónica. Ella permanece imperturbable. El anciano continúa: ‘’Durante las tres semanas que nos pidió que lo siguiéramos, para corroborar su teoría de que su hombre tenía un affair, constatamos que se encuentra con regularidad, digamos unas dos o veces por semana, a la hora del almuerzo a veces y otras en la tarde, alrededor de las 4:00p.m con una dama, y cuando digo ‘’dama’’ señora, me refiero a una mujer tal vez contemporánea con usted, pero con una clase indiscutible’’. Duluc escogió sus palabras con esmero para causar un efecto parecido a la hecatombe en su clienta, pero no lo logró. Ella permaneció inalterable.
El hombre carraspeó, antes de continuar. Quería que cualquier cosa que hiciera o dijera, alterara a la mujer, pero no lo lograba. Ni siquiera cuando le detalló los encuentros de su marido con su amante, ni cuando le contó las veces que los siguieron hasta la entrada del hotel de paso en el que se veían, ni los cafés que frecuentaban, ni los besos en plena calle, amparados por la multitud; nunca logró hacer que la mujer cambiara el ritmo de su respiración, reaccionara, se incomodara. Nada.
Cuando el detective terminó su discurso, la mujer se quitó los lentes por primera vez en toda la tarde y clavó su oscura mirada en el hombre. ‘’Todo eso lo sabía ya, señor Duluc’’ dijo. ‘’No necesitaba la confirmación de que mi marido tiene una amante, como usted acaba de decir. Eso no fue lo que le pedí que investigara ni para eso le pagué. Yo quiero saber quién es ella, dónde trabaja, qué hace cuando está sola, qué restaurantes frecuenta, sin mi marido, claro´´ y esbozó una sonrisa irónica. ‘’Para eso le pagué. Quiero su nombre, número de documento, dirección, todo. Pero no se asuste. Ya debe haberse dado cuenta de que no soy el tipo de mujer que sale corriendo a vengarse de la otra con una cuchillo en la mano, no no no. Eso es para las débiles’’.
Duluc, sorprendido, se levantó del asiento. ‘’¿Pero señora y entonces qué pretende? ¿No quería usted constatar, como todas las mujeres que sospechan que su marido le es infiel, que sí lo es? ¿A qué está jugando? Le agradezco que…’’. La mujer lo interrumpió: ‘’Sé muy bien lo que hace mi marido y desde hace cuánto tiene aventuras amorosas. No necesité de sus servicios para esto, caballero. Yo quiero que recabe los datos que le exigí desde un primer momento y a la brevedad’’.
El hombre la miró fijamente, sin entender. ‘’Pero dígame: ¿qué pretende?’’, le preguntó impaciente. ‘’Entretenerme. ¿Le sorprende? Esta ‘’dama de clase indiscutible’’ como señaló hace un rato usted mismo, no es como las otras. Es muy diferente. Tiene algo que ha hecho que mi marido sea un mejor marido. Digamos que lo ha convertido en un hombre dócil, dulce y hasta interesante. Rasgos que nunca tuvo’’, respondió, sin el tono áspero de voz que había empleado durante toda la reunión. ‘’Yo quiero saber qué tiene esa mujer para haber hecho de mi marido un tipo diferente, digno incluso de mi curiosidad. Él no va a terminar conmigo por ella, lo sé. Y si lo hiciera, le aseguro que me estaría haciendo un gran favor, para acabar con el tedio que es lo único que siempre nos unió. Investigue Duluc. Quiero detalles’’.
El anciano respiró hondo y volvió a sentarse. Mientras mascullaba, iba rompiendo los informes, las fotos, delante de la mujer. ‘’Le digo que nunca…’’, comenzó a decir, pero ella lo atajó: ‘’Nunca diga nunca. Investigue. Quiero llegar al corazón de todo este asunto. Precisamente eso, Duluc: al corazón’’. Se colocó los lentes de sol. Se levantó del asiento y tomó el pañuelo, no sin antes arrugarlo y arrojarlo en la papelera. Dio medio vuelta y salió del despacho, despacio. Abrió la puerta de la oficina y salió.

El anciano bufó. ‘’Hay cada loca en este mundo’’, dijo en voz alta, pero secretamente estaba complacido de trabajar para esta mujer, que buscaba otra cosa, respuestas a verdaderas interrogantes, que van mucho más allá de los hechos. Ese era el tipo de trabajo que le apasionaba: investigar las verdaderas razones que oculta la mente detrás del corazón.