13 marzo 2019

La pareja ideal




Le gusta contemplar, por sobre todos los recuerdos de todos los años que llevan juntos, el álbum de su boda. Ambos lucen radiantes y felices, prestes a iniciar una vida en común que nunca los separase. O al menos era lo que ella creía en ese momento.
Después todo fue cambiando, como todas las cosas en la vida que van evolucionando y adquiriendo un cariz diferente al planeado. Ha tomado por costumbre llegar de la fábrica, descalzarse, hacerse un té y sentarse junto a la ventana a leer las cartas que ambos se enviaron durante su noviazgo.
Sin embargo, es en las fotos de su boda donde más encuentra regocijo. Ella, que nunca fue linda, disfruta viéndose tan plena, porque no era solo la felicidad, sino era la plenitud de saberse protegida, amada, venerada. Y él luce impecable, sobrio, formal y dulce. Sobre todo eso, dulce. Con el tiempo, pensó que esa característica se disiparía, porque la vida da tantas vueltas y golpea a veces tan inesperadamente, que siempre pensó que él perdería ese rasgo tan propio de los espíritus leves.
Con el dedo, recorre la silueta de él y después la de ella misma, en su foto preferida. Ambos en la entrada del templo, después de casarse como Dios manda, sonrientes y dichosos. Le encanta verse así. Le encanta verlo así. Cierra la tapa de terciopelo del álbum y vuelve a colocarlo en su sitio.
Bebe un poco de té, al tiempo que piensa en su marido, en ella con él, en todos esos años. Que nadie diga que no lo quiere. Lo hace, sí, pero cada vez menos. Él nunca será capaz de seguirle el paso. Es igual que cuando intentaban bailar los ritmos de moda: él se movía como un muñeco desarticulado, totalmente desacompasado. Ella siempre fue grácil y ligera y todo su cuerpo vibra y entiende la música sin mucho esfuerzo.
Era una lástima que él siempre se quedara viéndola en la pista de baile, pero le agradecía que no lo obligara a bailar con ella para no hacer tan el ridículo. Así ha sido, infelizmente, con muchas cosas en su vida juntos. Él siempre aguarda, se queda quieto observándola, hasta que ella se cansa de insistir y terminan por no hacer nada.
Con el tiempo, se ha ido aburriendo. O tal vez esa no sea la palabra. Tal vez solo se ha acobardado y ahora respira cómoda en esa relación apacible, que es justo lo que él siempre quiso, pero que ella no. Hay algo en ella que se agita siempre más allá de los latidos de su corazón.
Por fortuna siempre estuvo el club.
Respira hondo. Él debe estar por llegar. Termina el té y se dispone a cambiarse y preparar la cena. Nada elaborado en extremo. Él es incluso fácil en ese aspecto. Todo le viene bien. Todo le parece bueno, incluso cuando no lo es, tiene esa capacidad pasmosa de ver más allá y quedarse siempre tranquilo, confiando en el proceso de su propia vida.
‘’Un marido predecible’’ piensa. No fue nunca lo que tuvo en mente para sí misma, pero ¿acaso sabía a ciencia cierta que era lo que quería? No. Solo quería la emoción de tener esta misma vida siempre diferente a su lado, como una única oportunidad de vivirla de modo distinta cada vez que lo quisieran, pero aquí estaba ella, parada en el medio de su cocina, pensando en hacer una pasta rápida, que no requiriera mucho esfuerzo. Como su propio matrimonio.
Cuando él llega de trabajar, la mira siempre como en esas fotos de su boda: con complacencia, con plenitud, con alegría. Como si su hogar fuera ese templo, ese día que se repite ad infinitum y él estuviera indefectiblemente condenado, de alguna forma buena, a adorarla y a agradecerle a la vida por su presencia.
Esa mirada a ella le pesa un poco. Cuando lo besa, lo hace cada vez con menos fervor. O le da esos besos rápidos y fugaces, típicos de quien quiere salir del paso. Y ha sido más así desde que él enfermó. Su dolencia lo hizo aún más tranquilo. Sus dolores lo hicieron aún más dulce y apacible. La enfermedad de él, a ella la aburrió.
 Por fortuna siempre estuvo el club.
Después de cenar, harán lo de siempre. Él se sentará a oír la radio o a ver en la tele cualquier programa insípido. Ella se pondrá a coser lo que no puede coser en la fábrica: sus vestidos de baile. Las raras veces que él le preguntó qué hacía, ella le dijo que eran encargos de clientas. Sonrió satisfecho. La primera vez que le mintió tan descaradamente, se ruborizó y bajó la vista. Él la había rodeado con sus brazos cálidos y blandos y ella se había soltado casi de inmediato con un ‘’necesitamos el dinero para tu tratamiento. Debo ponerme a coser’’ y había sonreído forzadamente, ante la cándida mirada de él.
Así pasaban sus noches. Cuando era la hora de irse a dormir, ella lo acompañaba en aquel ritual. De hecho, calculaba la cantidad de ronquidos que indicaba la pesadez de su sueño. Se inclinaba sobre él y lo observaba por segundos para ver cómo su pecho subía y bajaba cada vez que el aire hacía su labor y entraba en aquel cuerpo que ya a ella no le daba placer, sino lástima.
Era entonces cuando muy lentamente, se iba acercando a la orilla de su lado de la cama. Y como si de una pluma se tratase, etérea, vulnerable y diáfana, abandonaba aquel lecho y salía de la habitación. En su cuarto de costura, tenía preparado su ajuar de la noche, escondido entre las telas, retazos y vestidos poco llamativos. Se arreglaba lo más rápido que podía y dejaba su casa, en puntillas, con los zapatos de baile en la mano, sin hacer ningún tipo de ruido.
Ya en la calle, se calzaba y colocaba un toque de perfume dulzón y se cercioraba de que el maquillaje estuviese lo más prolijo posible, de manera de que aguantara todo el agite que la noche le ofrecía. Caminaba de prisa las exactas 11 cuadras que separaban su casa del club, aquel antro de fiesta eterna y personajes felices y sórdidos que vivían la vida que ella quería vivir.
Dejaba el abrigo y la cartera en el guardarropa y empezaba a mezclarse con la gente. A veces iba a la barra y se sentía osada dejándose cortejar por tipos inservibles que le ofrecían martinis, a cambio de algunos besos y apretujones. O siempre estaban los más vulgares, sus preferidos, que sin remilgos le decían que se fueran al hotel de la esquina, que cuánto cobraba por sus favores. Ella reía, se hacía la desentendida y se iba al centro de la pista a bailar sola. Porque podía con todo, menos con eso. Su marido no merecía esa tamaña descortesía de su parte.
Bailaba sola o acompañada. No importaba. La música se apoderaba de ella y se dejaba llevar. Se sabía todos los pasos, las canciones de moda. Las luces de colores del recinto la bañaban, mientras ella daba vueltas como si fuera una versión sin la fama y fortuna de una Isadora Duncan, Carmen Miranda o Josephine Baker. ¡Qué maravilla era ser anónima! ¡Podía ser quien ella quisiera!
Y en esa pista de baile era todas las mujeres y a la vez ninguna. Y eso la llenaba de energía de los pies a la cabeza. Podía jugar a ser seductora, malcriada, displicente, complaciente, furtiva y altiva. Podía ser lo que quisiera. Le encantaba dejarse llevar por el ritmo de brazos fuertes y desconocidos que la hacían sentir deseada y codiciada.
Le gustaba apretar sus labios contra otros y permitirse besos clandestinos, manos explorando su cuerpo, las de ella explorando ajenos. Pero hasta ahí. Abandonaba aquellos juegos cuando las cosas empezaban a salirse de control. ‘’No puedo seguir’’ musitaba, presa del deseo, pero presa también de lo que le inculcaron desde niña: ‘’No cometerás adulterio’’. Y así hacía siempre. De alguna manera se mantenía casta, para regresar después de unas horas, a los dulces y blandos brazos de su marido.
Escapaba cómo y cuándo quería, no sin antes dar las últimas vueltas en la pista, como la mejor bailarina del mundo. Recorría las 11 cuadras tan rápidamente como podía, siempre por distintos caminos, no fuera a ser que algún caballero quisiera seguirla y ella pudiera ceder ante los impulsos de su primitiva naturaleza.
Así que antes de entrar de nuevo en su casa, se quitaba los zapatos y sigilosa se dirigía al cuarto de costura, donde se desmaquillaba, se ponía de nuevo su camisón y volvía a ser la esposa perfecta que trabajaba de lunes a viernes en la fábrica, casada desde hacía tanto con el mismo tipo suave de siempre.
Sin hacer el menor ruido, se metía en la cama, no sin antes percibir la respiración acompasada de su marido, que dormía profundamente y sin culpa, como todas las noches. Entonces ella cerraba los ojos para tratar de calmar el frenesí de la noche, que buscaba repetir cada tanto, con cada vestido que terminaba.
En su mente se sucedían los eventos de esa noche en el club, y plácidamente se iba dejando vencer por el cansancio y por el sueño. Abrazaba la almohada y dormía las pocas horas que la separaban del amanecer y de la rutina de sus días.
En su lado de la cama, él la oyó respirar hondo y supo cuando ya se había dormido. Abrió los ojos y constató la hora: 4:10 am. Hoy volvió más tarde. Quedamente musitó para sí: ‘’Por fortuna tiene el club’’ y cerró los ojos, para intentar dormir lo poco que dormía, desde que empezó su enfermedad.


11 febrero 2019

Carnaval (versión audio)


''Carnaval'' en su versión audio se disfruta aquí.

10 enero 2019

Soledad y compañía



La madre se arrodilla para llegar a la altura del niño. Le abotona el saco, aunque le falten un par de botones, pero lo hace con esmero de manera que el niño luzca lo más prolijo posible. Le peina con cuidado el cabello, lo llena de colonia barata, el único lujo que pueden tener. Antes de levantarse, lo besa rápidamente en la frente y lo mira complacida: su hijo es muy lindo. Tiene la belleza tierna de los que nunca serán agraciados cuando crezcan. Aún así, ella sonríe.
Le entrega la minúscula maleta con sus pocas pertenencias. Ella cargará el resto de las pocas cosas que entre los dos tienen. El niño ha pasado los días emocionado con la idea de la mudanza, no así la madre, que sabe por qué lo hacen.
‘’Debemos irnos, hijo’’ le dice y casi lo saca a rastras de la casa. Él quería despedirse de cada rincón, pero la prisa de la madre no se lo permite. ‘’Tenemos que irnos ya’’ insiste la madre. ‘’Pero ¿y papá? ¿Sabe adónde vamos?’’ pregunta el niño. Ella no contesta y en lo sucesivo, no contestará nunca a esa pregunta que, en lo que les resta de futuro, se quedará en el limbo de todo aquello que no recibe respuesta.
Caminan varias cuadras hasta llegar al autobús. Aunque es temprano, ya hay gente con cajas, bolsos, animales de campo, muebles. Transportan todo lo que pueden transportar. Viajan todos apiñados, como se pueda. ‘’No sueltes la maleta’’ le recuerda la madre al hijo, quien se aferra de la manijita y a cada tanto la mira, para cerciorarse de que sigue con él.
El viaje es largo. Hay mucho ruido. Los demás pasajeros hablan en voz alta, algunos a los gritos. Los animales se quejan. La mujer respira hondo y reza. Quiere llegar a su destino y tratar de empezar una nueva vida, o lo mejor que pueda hacer con lo que resta de la que tiene.
Después de todas las horas imposibles de camino, llegan a destino, cansados y hambrientos. El niño está a punto de llorar. Ya quiere llegar a casa.
Caminan todas las cuadras interminables hasta que por fin divisan el que será su nuevo hogar. Con el último impulso del día, se apresuran para llegar lo más rápido que puedan. Antes de tocar a la puerta, observan la edificación: es un caserón que conoció épocas mejores y que ahora luce descuidado, lúgubre y triste.
El niño mira a la madre y en su mirada ella comprende que en menos de un minuto, se echará a llorar. También quiere hacerlo, pero no puede, ni quiere, asustar al pequeño, así que lo abraza y le sonríe, antes de tocar la puerta.
El hombre que los recibe los mira de arriba abajo con desgano. ‘’Es el cuarto del fondo. Antes de llegar al patio’’. No los acompaña. Le da dos llaves a la mujer, la del cuarto y la de la casa y solo le indica que las visitas no están permitidas.
Al dirigirse al cuarto, la casa se va haciendo más lúgubre y triste, más oscura y deprimente. En las paredes reposan años de humedad mal curada y diferentes tonos de pintura descascarada.
‘’De tripas corazón’’ dice en voz baja la madre cuando abre la puerta del que será su nuevo aposento. El único bombillo que pende del techo da una luz lastimera y mortecina. Dos camas, un clóset, una mesita de noche destartalada y un arcón son el precario mobiliario. Hay polvo por doquier.
La mujer cierra los ojos, se persigna y respira hondo. El niño se queda petrificado en la pared y las lágrimas empiezan a rodar lentamente por sus mejillas. También la mujer llora, pero no quiere que él la vea, así que se acerca a la ventana y la abre de par en par. Los últimos rayos de sol del día iluminan la habitación suavemente, como un bálsamo. Con disimulo, la madre se seca las lágrimas y le dice al chico: ‘’Limpiemos un poco y ordenemos, hijito’’.
Entre ambos ordenan y limpian el cuarto como pueden, de manera que quede lo más habitable posible. Una vez terminada la faena, la mujer le pide al niño que se quede que ella irá a comprar algo de pan para ambos. ‘’No le abras la puerta a nadie’’ le ordena con dulzura. El niño asiente.
Al abandonar el cuarto, el niño abre su maleta y coloca la ropa y los pocos juguetes que tiene en el espacio que la madre destinó para él en el clóset. Al terminar, se sienta en el borde de la cama para quitarse los zapatos y acurrucarse. Está tan cansado que dormirá hasta que vuelva su madre.
La tarde va cayendo para dar paso a la noche que se filtra por la ventana del cuarto, lentamente, hasta dejar todo a oscuras. El chico respira suavemente. Sueña sus sueños de niño. De repente, siente como unos dedos largos y finos le acarician el cabello y como la mano a la que pertenecen se posa con delicadeza sobre su cabeza. ‘’¿Mamá?’’ pregunta, a sabiendas de que no son los dedos ni la mano de su madre.
Entreabre los ojos. En medio de la oscuridad logra distinguir la silueta de un hombre alto, muy alto, que lleva un sombrero. A pesar de no conocerlo, el niño no siente miedo. El hombre se inclina hasta alcanzar la altura del chico. ‘’Por fin tengo compañía’’ le dice y vuelve a pasarle la mano por la cabeza. ‘’Duerme. Yo te cuido hasta que vuelva tu mamá’’. El niño asiente y enseguida vuelve a conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, la madre regresa y al abrir la puerta del cuarto, enciende la luz. El niño se despierta y se cubre la cara con el brazo. ‘’Mamá…’’ musita. ‘’Levántate hijo. Traje pan, queso y algo de verdura. Vamos a la cocina que preparo de comer’’ le ordena suavemente.
El niño se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos. ‘’Mamá…Vino un señor de visita’’ le dice mientras lo hace. La madre abre desmesuradamente los ojos. ‘’¡Te dije que no le abrieras  la puerta a nadie!’’ exclama. ‘’¡Pero no le abrí la puerta! Solo vino y me dijo algunas cosas…no sé…’’ se defiende el niño asustado.
La madre se lleva las manos a la cabeza, preocupada. ‘’Mi amor, recuerda que no debes hablar con extraños y menos abrirle la puerta a nadie mientras yo no esté’’. ‘’Pero mamá, no le abrí. Yo estaba durmiendo’’. ‘’Sea como sea hijo, recuérdalo: no le abras a nadie, no hables con nadie, hasta que todo pase’’. El chico se queda viendo a la mujer sin entender ni una palabra.
Ambos salen de la habitación hacia la cocina. En la soledad del caserón se escucha la voz de la madre, repitiéndole las órdenes al niño. Desde el fondo del pasillo, el hombre del sombrero asiente, entrelaza las manos y susurra complacido para sí: ’’Por fin tengo compañía’’.

15 noviembre 2018

El ruido








''El ruido'' se oye y ve aquí



21 octubre 2018

Rituales (Primera parte)




Lleva años haciéndolo y no le disgusta para nada.  Tampoco le parece aburrido, aunque sea una rutina que mantiene desde hace cinco años. Es el más joven del grupo, pero no por ello el menos inexperto. Es de hecho un referente para sus compañeros.
Cuando comenzó, por insistencia de su madre, no pensó que duraría mucho. Ganaba muy poco dinero que no le alcanzaba para comprar todas las cervezas o cigarrillos que hubiese querido, pero una vez que comenzó, esos vicios fueron desapareciendo. ‘’¡Un milagro!’’ había exclamado su madre cuando no descubrió más latas de cerveza ni colillas solitarias esparcidas por su cuarto.
Siempre está atento y vigilante. Ni en sus fantasías más anormales, hubiera pensado que esa ocupación de medio pelo le ayudaría a centrarse en la vida y a descubrir talentos que no sabía que tenía, como este, el de guiar y cuidar de la gente.
A su madre también le gusta que él haya encontrado algo de provecho en qué entretenerse, a sabiendas de que su único hijo nació bueno para nada, y que no haya desperdiciado su juventud en cosas inútiles, como casi todos los muchachos de su edad. Su madre nunca le tuvo fe, pero sí un amor desbordado, y eso a él le bastaba. Claro que a ella no, por eso le insistió tanto en que empezara a trabajar y así lo hizo, para no defraudarla más.
Como todos los viernes, sábados y domingos, está listo para empezar su faena. Se cerciora de que todo esté en orden, porque el éxito de su labor depende mucho de eso. Cuando comienzan a llegar todos, cada vez más (se nota que la gente está cada año más desconsolada), se van ubicando.
Los primeros, esos que aman tener el rol protagónico en todo, se ubican como siempre en la primera fila. Algunos no se conocen, pero de alguna forma sí, de tanto verse siempre en las mismas circunstancias.
Le gusta observar a la gente, sobre todo. Hay un par de viudos y muchas mujeres solas, como su madre, que aún en vida de su padre, estaba más sola que nunca, porque su padre siempre estaba metido de cabeza y corazón en el trabajo y a ellos casi ni les prestaba atención. Estas mujeres tienen la misma mirada lánguida y resignada de su madre y por eso le gustan, porque le parecen familiares, cercanas.
Hay más mujeres que hombres. Y de todas las edades. Se nota que muchas no tienen en qué ocuparse y por eso se dedican a esto con fervor. Son todas un caso. Los hombres son más escasos y no tan constantes. Si por él fuera, le gustaría que la cosa fuera equitativa, así habría equilibrio. No como ahora: mucho de mucho, poco de poco.
Lo interesante de todo esto es que la gente está unida por un mismo sentimiento: el desespero. No es la fe, como él creía en un principio. Tampoco son los dogmas inculcados desde temprana edad. Es el desespero. Ese perenne caminar en una especie de cuerda floja entre inconvenientes cotidianos y sufrimientos personales.
¿Pero quién es él para juzgar? Nadie. Absolutamente nadie. Tampoco le interesa inmiscuirse en la vida ajena. Todo ese fardo de quejas insolubles de los demás le parece una carga muy pesada y él es muy joven aún como para ser la esponja emocional de un grupo de gente que ni le va, ni le viene.
Le gusta, eso sí, cuidarlos, de la forma estéril y tranquila en que lo hace. Es su forma de demostrar educación. ‘’Compasión cristiana’’ diría su madre. Y gracias a esa educación, que es más un rasgo de carácter que una actitud aprendida por la fuerza, es que está pendiente de todos.
Su labor no pasa desapercibida. Se acercan y le hacen preguntas, que casi siempre son las mismas, porque la gente va variando cada tanto y el público se renueva. Él ya desarrolló la capacidad de anticiparse a las necesidades del otro y es algo de lo que se enorgullece. Por eso se siente útil. Por eso le gusta observar a la gente. Por eso le gusta su trabajo.
Es el encargado de abrir el portón unos minutos antes, para que los feligreses vayan escogiendo sus asientos. Es un día de mucho calor, así que no esperan que asista mucha gente. Los días así tan pesados, son difíciles de sobrellevar. No hay presupuesto para más ventiladores (solo un par de los grandes en la entrada y uno pequeño en el altar) y mucho menos para aire acondicionado, lo que sería un verdadero lujo.
Los días así, el público merma. Y si no fuera porque él es constante y comprometido con su trabajo, también lo haría. Se le hace interminable el rito de la misa cuando hacen tantos grados que el mismo diablo sufriría un golpe de calor, si es que existiese.
Las personas van llegando a cuentagotas. Él está cerca del pasillito que da hacia los baños y al jardín. Cada tanto corre algo de brisa, tan caliente como el mismo día que la produce y tan inútil como los pensamientos por los que vaga su mente cuando el calor lo azota.
Cierra los ojos unos instantes. Piensa en una piña colada, aunque en su vida haya visto o probado una. Cuando los abre, muy cerca de él está una mujer morena, corpulenta, de unos 50 años. Tiene el pelo tan negro e hirsuto, que le llama la atención, mucho más que la mirada centelleante con que lo observa.
‘’Te pregunté qué dónde estaba el baño, niño’’ le dice, de mala gana. ‘’Perdone, señora, no la oí. Al fondo, por este pasillo’’. La mujer sigue las instrucciones y él la sigue con la vista. Es la primera vez que la ve en la parroquia, está seguro de eso. La ve contonearse, no con la gracia propia de quien seduce, sino de quien es torpe y ordinario. Pero quizás es solo el calor lo que lo hace pensar estupideces.
La misa transcurre como siempre, sin altibajos. Los mismos de siempre fingen desmayos cuando el cura pasa por los bancos esparciendo agua bendita, tocándolos en la frente para ahuyentarles la mala vibra. Si no fuera porque sabe que es parte de un show barato que nadie organizó, creería ciegamente en esas representaciones; sin embargo, sabe de sobra que a las personas les gusta el drama, como si fueran actores de telenovelas baratas.
A veces él ayuda porque el padre, cuando le pasa cerca, le hace un guiño. Entonces él ya sabe, lo entiende todo, se coloca al lado del feligrés que está a punto de desmayarse como por arte de magia. Lo toma de un brazo o se coloca por detrás de la persona para que cuando caiga de rodillas, como un muñeco de trapo, no se golpee.
Es este accionar lo que a veces lo entretiene. Ya tienen identificados a esos amantes espontáneos del drama. ‘’Showceros’’ los llama el cura. A él le encanta esa palabra porque resume todo lo que es el ritual del espanto de los malos espíritus en cuerpos ajenos, un espectáculo barato, con actores de segunda.
Cuando todo termina, se dispone a ordenar los bancos, a barrer un poco el piso. Siempre se queda una hora más de lo estipulado. Le parece una bajeza dejar todo así sin más e irse y no ayudar a sus compañeros. Algunos se quedan orando, hasta que la pequeña iglesia cierre sus puertas para abrirlas más tarde, para la misa vespertina.
Una vez que todo ha quedado en silencio, enrumba hacia su casa. De repente, le asalta el pensamiento de la mujer que le pidió que le indicara dónde estaba el baño. Aquel pelo tan negro e hirsuto y mirada centelleante con que lo observó.
Su madre lo recibe con un beso. Lo estaba esperando para almorzar. La conversación hubiera sido la misma de siempre, llena de nimiedades, sino hubiera sido porque le cuenta la anécdota con la mujer. ‘’No la vi salir del baño, mamá’’ le dice. ‘’Pero hijo, seguro que salió. Además, si hoy hubo más desmayos de mentira que de costumbre, seguro no lo notaste. Anda, termina de comer, que tienes que tener fuerzas para la tarde’’, le dice dulcemente. Él obedece y se queda en silencio, pensando.
Contrario a su costumbre, se recuesta un rato en el sofá y dormita. En el sopor de la tarde, solo sueña un único sueño: la mujer del pelo negro que le hace la misma pregunta una y otra vez. Cuando se despierta, lo hace sobresaltado. Es casi la hora de estar de nuevo en la iglesia para el turno de la tarde y aún no está listo. Se apresura lo más que puede y sale corriendo para llegar lo menos tarde posible.


La segunda parte espera aquí.

Rituales (Segunda y última parte)




Una vez en el recinto, ayuda a sus compañeros a disponerlo todo para la misa, que en breve comienza. El calor ha disminuido un poco, así que ahora hay más gente. Él se ubica donde siempre, para tener más control de la situación, en caso de que sea necesario.

Le duele un tanto la cabeza, así que una vez que comienza la misa, apoya la espalda contra la pared y por minutos, cierra los ojos. Al abrirlos, muy cerca de él, está la mujer del pelo negro e hirsuto, que lo mira con esos ojos profundos como un pozo. ‘’Te pregunté qué dónde estaba el baño, niño’’ le dice, recalcando cada palabra. Se sorprende que sea la misma pregunta de la mañana y más se sorprende que su respuesta y reacción sean tan iguales también: ‘’Perdone, señora, no la oí. Al fondo, por este pasillo’’.
A medida que la mujer avanza, él no la pierde de vista. Pero en algún punto, entre el tumulto y el espectáculo de la tarde, se distrae de su objetivo. En medio de la agitación, ve a la mujer de pie en el tercer banco. ¿En qué momento salió del baño? Antes ella no estaba ahí.
Quiere acercarse para preguntarle, pero el cura le ha hecho el consabido guiño y él debe estar atento para servir de contención a los que protagonizan el show de la misa vespertina. ‘’Pobre gente desesperada de atención’’ piensa. Intenta observar a la mujer, que permanece de pie, mirando al infinito con esos ojos tan vacíos y llenos de nada.
El cura va esparciendo agua bendita. El monaguillo, a su vez, va detrás con el incienso. Hay unos que lloran, otros que claman por misericordia. Lo mismo de siempre. Él está inquieto y le ha costado concentrarse por primera vez en esos cinco años de perfecto desempeño. Es tal su despiste, que deja sin sostén a un par de señoras que caen con todo el peso de sus cuerpos al piso. ‘’Mala cosa’’, piensa avergonzado. Incluso el cura lo ve con cara de asombro.
Cuando van aproximándose al banco donde está la mujer, se da la vuelta. Y esos ojos oscuros centellean como candelas. Chilla en el justo momento en que las gotas de agua bendita empiezan a caer sobre su cuerpo. Todos gritan.
‘’¡Es el diablo! ¡El mismísimo Satán!’’ gritan las señoras de siempre. La gente se persigna, llora, se agita. Hay una gran confusión. La mujer de pelo negro ya no chilla, aúlla. Presa de un pánico nuevo, el cura empieza a gritarle frases en latín y a tirarle más agua bendita. Algunos huyen despavoridos. Los más valientes, presencian aquel espectáculo del inframundo sin poder creerlo del todo.
Él no sabe qué hacer. El miedo se ha apoderado de su cuerpo y permanece rígido, observando la escena, como si fuera una película. De repente, la mujer cae al piso e empieza a reptar por los bancos. Su pelo ya no es su pelo, sino miles de serpientes negras diminutas.
En medio del paroxismo de lo que está pasando, el muchacho logra reaccionar. Le arrebata al cura la copa que contiene aún algo de agua bendita, se abre paso entre la gente y la vacía entera sobre el cuerpo de la mujer reptil. Esta se agita sin cesar, como oleadas frenéticas de dolor.
Miles de pústulas llagan aquel cuerpo deforme y lo van consumiendo. El olor es insoportable. Los que aún permanecen rezan diferentes oraciones. Algunos de rodillas, con los rosarios en las manos, claman por el perdón de todos sus pecados, que el mal no los alcance, que los protejan.
Siente que el corazón se le va a salir del pecho. Exhausto cae también de rodillas, sudando. Apoya la frente en el piso y llora, para darle rienda suelta al pánico que lo embarga. De la mujer solo queda manchas negras en el piso y un olor más nauseabundo que antes.
Tiene los ojos cerrados firmemente, a espera de que toda esa pesadilla haya pasado. Su propia respiración entrecortada le impide pensar con claridad. Todavía siente la opresión en el pecho. Intenta abrir los ojos para ponerse de pie y serenarse y ayudar a los que pueda. Cuando lo hace, su madre lo está mirando con cara de estupefacción. ‘’¿Qué pasó, mi vida? ¿Otra pesadilla?’’.
Abre los ojos y mira a su alrededor. Es la sala de su casa, está en el sofá de su casa, en la tarde soporífera de su propia casa y con su madre que lo observa entre asustada y confundida. ‘’Estabas dando unos alaridos terribles’’ le dice. El muchacho se seca el sudor de la frente y solo atina a preguntar qué hora es. ‘’Ya debes irte a la iglesia, son casi las seis’’.
Aún perturbado por lo que experimentó en las horas previas, enfila hacia la iglesia. Se concentra en hacer su trabajo lo mejor que pueda. Hay poca gente. Se nota que el calor les ha hecho desistir de ir a misa. Es más fuerte el estupor de la tarde, que la necesidad de lavar sus propios pecados. Respira hondo.
De pie, en el mismo sitio de siempre, espera que alguna brisa fresca le haga llevadero el rito, que nadie exagere en sus representaciones de siempre, que nadie se desmaye, ni nadie finja emociones sin sentido para obtener un poco de atención.
Se apoya contra la pared y cierra los ojos por segundos. Al abrirlos, muy cerca de él está la mujer reptil. Él la mira con pánico, sin poder creer que la esté viendo, que está ahí, a escasos centímetros. La mujer se sobresalta y sin entender el por qué de la reacción del chico, le pregunta si la conoce. ‘’Te conozco muy bien’’ le espeta. La mujer abre los ojos desmesuradamente: ‘’Es la primera vez que piso esta iglesia, joven’’ y se lleva las manos al pecho, a modo de protección.
Se ubica en un asiento de la tercera fila, al tiempo que dice ‘’hay locos en todas partes’’. Las otras mujeres que están sentadas a su lado asienten. ‘’Es un muchacho con problemas’’, le dice una a modo de confesión. Otra añade, en voz baja ‘’tiene algo de retardo porque estuvo en drogas’’. La mujer del pelo negro asiente. ‘’Pobre’’, piensa, ‘’siempre hay alguien que me confunde con el propio diablo’’. Y en silencio, empieza a rezar el rosario.

La primera parte aguarda aquí.

07 septiembre 2018

Cosa de suerte



Todos la aplauden con una mezcla de envidia y alegría, porque ¿a quién no le hubiera gustado ser el ganador? Y ella se hace esa misma pregunta cuando recoge el premio, feliz. ¿Qué es de hecho la suerte, si nunca la ha conocido de cerca? Tal vez sea esto, justamente esto.
Algunos de sus colegas la rodean, llenos de curiosidad. ‘’¿Por cuántos días? ¡Qué exclusivo! ¡Qué increíble, siempre quise ir!’’, tantos comentarios ajenos la aturden un poco. Solo sonríe y contesta con interjecciones que denotan más su pesada timidez.
Cuando todos se han calmado y ella está ya sola y tranquila en su escritorio, abre de nuevo el sobre y lee: ‘’24 horas para dos personas en…’’. Cierra los ojos. Si esta es la suerte, se siente de maravilla.
De camino a su casa, solo piensa en qué día pedirse libre para disfrutar del premio. Tal vez lunes o viernes. Tendrá que llevar ropa nueva. No puede entrar en ese sitio con lo de siempre, que grita su triste clase media. Además, tendrá que comprarse un camisón de seda. No quiere que él no la desee. ¿Cómo hará perfectas esas noches?
Va ensayando mentalmente qué le dirá, cómo abordará la charla. Es difícil, lo sabe. No puede saber cómo reaccionará y por más que ensaye el diálogo, siempre hay algo que le impide ser del todo sincera con él.
Al llegar a casa, se da cuenta de la hora. Abre delicadamente la puerta, para pasar más que inadvertida. Desde la cocina, su marido la escucha, a pesar del ruido de la calle, que se filtra por la ventana. ‘’¿Te pasó algo que llegaste tarde? ¿Mucho trabajo?’’. Respira hondo antes de responder, para que en su voz no aparezca el fastidio y el aburrimiento de siempre. ‘’Sí, había un par de cosas que hacer y yo no sabía cómo’’. ‘’Y claro, porque eres algo tonta. Deberían cambiarte de departamento’,’ sentencia el hombre.
Un tanto molesta, se apoya en el marco de la puerta de la cocina, sin haberse quitado aún el abrigo ni dejado la cartera en el lugar de siempre. ‘’Me duele un poco la cabeza. Voy a recostarme un rato’’, dice en voz baja. El hombre la ignora y continúa hablando como si ella no estuviera ahí, como siempre, como todos los días, casi silente: ‘’La cena estará lista en media hora, calculo. Hoy tuvimos una reunión larguísima con los de desarrollo, que obviamente no saben un carajo de…’’.
Ya no lo oye. Se dirige al cuarto y cierra la puerta sin hacer ruido. Se quita la ropa y se pone el piyama. Es temprano aún, pero no quiere hacer más nada que leer las veces que hagan falta los detalles del premio, hasta memorizarlos, si es posible y recitarlos, como si de un concurso de declamación se tratara.
Se mete en la cama y esconde el sobre debajo de la mesita de noche. Ensaya mentalmente lo que le va a decir, cómo. El plan ya existe en su cabeza, solo tiene que darle forma perfecta. Sonríe con la placidez propia de quien está satisfecho con la vida, a pesar de todo.
‘’Si tan solo en mi mundo no existiera mi marido’’ piensa y toda la alegría reciente se evapora de su cuerpo. Se acurruca y esconde debajo de las sábanas, a esperar a que él le dé la gana de aparecer en la habitación, a la hora que quiera. Permanece un tanto inmóvil, hasta que lo siente entrar, cambiarse la ropa y meterse en la cama, con todo el ruido y lío que hace de costumbre, sin importarle si ella ya duerme.
Ella espera el tiempo necesario. Como si de una pluma se tratase, va arrimando el cuerpo a la orilla del colchón. Desliza una pierna, hasta tocar el piso. Desliza la otra para impulsarse delicadamente. Aguanta la respiración. Escucha los torpes ronquidos de su marido, así que aprovecha el estruendo para levantar la mesita de noche y sacar el sobre con cuidado. Sale de la habitación en puntillas.
Se dirige a la cocina, cierra la puerta y se esconde en un rincón. Respira hondo y llama. La familiar voz le responde con una pregunta: ‘’¿Pasa algo?’’. ‘’No, solo quería hablar unos minutos contigo’’ le explica. ‘’¿A estas horas? ¿Qué haces despierta?’’. La chica demora en responder. ‘’Necesito decirte algo…importante’’ dice finalmente. ‘’Bueno, dímelo’’ dice el chico con curiosidad. ‘’Me gané un premio. Una estadía de un día en un hotel de estos boutique…’’ y hace una pausa eterna antes de proseguir. ‘’Quiero que vengas conmigo. Es solo un día. No pasará nada, lo sabes’’ y se pone de cuclillas,  como si hubiera lanzado una bomba y esperara el estallido.
Del otro lado de la línea, el muchacho carraspea. ‘’Y si no va a pasar nada, ¿por qué me invitas a mí?’’. ‘’Porque me gusta tu compañía, eso también lo sabes. Vamos, lo pasaremos bien juntos’’, insiste.‘’ ‘’La verdad no lo sé. Mis días vienen complicados. Hablamos más tarde, ¿quieres? Cuando ambos podamos pensar con claridad’’ responde el muchacho. ‘’Está bien’’ responde y da por terminada la llamada.
Siente el rechazo como mil agujitas que se van clavando lentamente en todo su cuerpo. Solo que esta vez no se dará por vencida e insistirá, no sabe cómo, pero lo hará. A fin de cuentas, solo tiene una oportunidad.
Durante cinco exactos días, lo llama, le manda mensajes. Sabe que no está bien lo que está haciendo, pero el tiempo no está de su lado y tiene que quebrar todas las resistencias del muchacho. Es con él que sí o sí irá a disfrutar del premio.
La tarde del jueves decide esperarlo a la salida del trabajo. Él la ve y esboza lo más parecido a una sonrisa: ‘’No te cansas’’, le dice. Ella asiente con la cabeza. Lo toma del brazo tiernamente y lo va llevando, despacio hasta la parada del autobús. ‘’Es el viernes 15. No hay por qué pensarlo tanto. Siempre quisimos hacer algo así juntos’’ le explica la chica, en voz baja. ‘’¿Quisimos?’’ pregunta el chico, al tiempo que se detiene y la mira con el asombro de quien descubre un plan del que nunca fue parte. Ella responde con la mirada más llena de certezas de toda su vida.
Terminan el trayecto en silencio. Él chico la abraza antes de subirse en el bus. ‘’Está bien. Tú ganas’’. Los ojos de la chica brillan, al tiempo que suspira. ‘’¡Tendremos 24 horas llenas de maravillas!’’. Los dos ríen. Ella lo ve alejarse y sonríe con la placidez propia de quien está satisfecho con la vida, a pesar de todo.