Te dejé al descubierto ahí latiendo, con tus tatuajes, tus ademanes irredentos, tus cigarrillos humeantes y todo lo que eras, lo que no fuimos y debimos haber sido.
Te dejé al descubierto ahí latiendo, con tus tatuajes, tus ademanes irredentos, tus cigarrillos humeantes y todo lo que eras, lo que no fuimos y debimos haber sido.
Se despertó sobresaltado y sintió que le faltaba el aire. En medio de aquella oscuridad absoluta e irreconocible por segundos, solo quiso gritar y pedir ayuda, pero al instante recordó que estaba muerto y volvió a entregarse a su propio descanso eterno.
La apretó contra sí, de manera que pudiera llevarse la impresión de todo su cuerpo en el de ella. La besó en el cuello antes de liberarla y verla alejarse con ese andar tan marcadamente disparejo y sensual, a la vez.
La dama desciende del carruaje
con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia
incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo
negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.
Camina con prisa el sendero que
la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la
puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al
entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en
acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta
llegar al pasadizo.
Una débil vela, a punto de
extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer
ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la
mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de
ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás
pase.
Respira agitadamente mientras
avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero
tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y
nadie más quien aguarda a ser atendida.
La hermana Alda estaba a punto de
dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta
secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa,
hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de
la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la
puertecilla.
Iluminada por lo que poco que va
quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se
muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le
sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma
femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por
más que se esfuerce.
Se inclina ante ella con una reverencia
torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es
necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las
mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida
en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las
clientas que pasan por un riguroso examen.
La dama se abre un poco la capa y
deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido.
Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la
etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien
los cuenta uno por uno.
La mujer se acerca al altar, se
arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda
seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas
mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida
de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y
como le enseñó su madre.
Se levanta y persigna. Alda
terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla.
‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente
complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se
inclina ante la monja, a modo de reverencia.
Sin más dilaciones, la mujer se
retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va
tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta
reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más
absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que
habita, con su devoto y anciano marido.
Sabe que esa noche no podrá
dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca
trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no
sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.
Se escabulle tan silenciosamente como
puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la
puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida,
con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.
Quiere entrar y verla de cerca,
pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento.
O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin
embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María
Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.
Se sienta en el piso y respira
hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de
una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo
de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado,
hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de
la cocina.
Recuerda cuando las monjas la
recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía
un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por
lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.
La noticia de por qué estaba
entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las
historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas.
Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy
lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado,
ya que eran de clases sociales diferentes.
‘’Niñas, tenemos que darle
nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer
amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la
edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un
hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que
es el amor de pareja?
Las demás niñas le hicieron un
espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su
tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento
y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas
prohibiciones sin sentido.
La tarde del paseo planeado por
el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi
desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y
disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta
vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza,
voluble y volátil, como suele ser a veces.
Las monjas organizaron a las
niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas,
empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo,
dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.
Las primeras iban llegando felices
a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río
impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto.
La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.
Presas del pánico, suspendieron
el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo
llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una
de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.
Algunas lloraban. Ella permanecía
con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su
compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin
control, agitada por el río.
Después de interminables horas,
los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron
los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los
lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil
veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día
triste, del paseo al río.
Se levanta del piso. No sabe bien
qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de
nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez
algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de
la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos
sobre el pecho.
Después de unos minutos, vuelve
al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día.
Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al
final.
Cuando despierta, respira hondo.
Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal
vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa,
aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo
de siempre.
Se dirige a la cocina y se
dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico
día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto
le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se
acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su
internado, durmiendo sin soñar.