06 abril 2021

Confesiones

 



Te dejé al descubierto ahí latiendo, con tus tatuajes, tus ademanes irredentos, tus cigarrillos humeantes y todo lo que eras, lo que no fuimos y debimos haber sido.


13 marzo 2021

Asfixia

 


Se despertó sobresaltado y sintió que le faltaba el aire. En medio de aquella oscuridad absoluta e irreconocible por segundos, solo quiso gritar y pedir ayuda, pero al instante recordó que estaba muerto y volvió a entregarse a su propio descanso eterno.

01 marzo 2021

Parálisis

 



Se inclinó sobre la cuna. Acarició con ternura la tersa mejilla y la besó. Limpió con delicadeza el hilo de saliva que casi siempre manaba de esa boca que no podía permanecer cerrada. ‘’Mi pequeño vegetal’’ dijo en voz baja y se retiró del cuarto de ese hijo que no había podido cumplir sus expectativas de realizarse como padre.

17 febrero 2021

Escoliosis

 



La apretó contra sí, de manera que pudiera llevarse la impresión de todo su cuerpo en el de ella. La besó en el cuello antes de liberarla y verla alejarse con ese andar tan marcadamente disparejo y sensual, a la vez.

25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

16 enero 2021


Cuentos para pasar el rato.

 

12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.