10 enero 2019

Soledad y compañía



La madre se arrodilla para llegar a la altura del niño. Le abotona el saco, aunque le falten un par de botones, pero lo hace con esmero de manera que el niño luzca lo más prolijo posible. Le peina con cuidado el cabello, lo llena de colonia barata, el único lujo que pueden tener. Antes de levantarse, lo besa rápidamente en la frente y lo mira complacida: su hijo es muy lindo. Tiene la belleza tierna de los que nunca serán agraciados cuando crezcan. Aún así, ella sonríe.
Le entrega la minúscula maleta con sus pocas pertenencias. Ella cargará el resto de las pocas cosas que entre los dos tienen. El niño ha pasado los días emocionado con la idea de la mudanza, no así la madre, que sabe por qué lo hacen.
‘’Debemos irnos, hijo’’ le dice y casi lo saca a rastras de la casa. Él quería despedirse de cada rincón, pero la prisa de la madre no se lo permite. ‘’Tenemos que irnos ya’’ insiste la madre. ‘’Pero ¿y papá? ¿Sabe adónde vamos?’’ pregunta el niño. Ella no contesta y en lo sucesivo, no contestará nunca a esa pregunta que, en lo que les resta de futuro, se quedará en el limbo de todo aquello que no recibe respuesta.
Caminan varias cuadras hasta llegar al autobús. Aunque es temprano, ya hay gente con cajas, bolsos, animales de campo, muebles. Transportan todo lo que pueden transportar. Viajan todos apiñados, como se pueda. ‘’No sueltes la maleta’’ le recuerda la madre al hijo, quien se aferra de la manijita y a cada tanto la mira, para cerciorarse de que sigue con él.
El viaje es largo. Hay mucho ruido. Los demás pasajeros hablan en voz alta, algunos a los gritos. Los animales se quejan. La mujer respira hondo y reza. Quiere llegar a su destino y tratar de empezar una nueva vida, o lo mejor que pueda hacer con lo que resta de la que tiene.
Después de todas las horas imposibles de camino, llegan a destino, cansados y hambrientos. El niño está a punto de llorar. Ya quiere llegar a casa.
Caminan todas las cuadras interminables hasta que por fin divisan el que será su nuevo hogar. Con el último impulso del día, se apresuran para llegar lo más rápido que puedan. Antes de tocar a la puerta, observan la edificación: es un caserón que conoció épocas mejores y que ahora luce descuidado, lúgubre y triste.
El niño mira a la madre y en su mirada ella comprende que en menos de un minuto, se echará a llorar. También quiere hacerlo, pero no puede, ni quiere, asustar al pequeño, así que lo abraza y le sonríe, antes de tocar la puerta.
El hombre que los recibe los mira de arriba abajo con desgano. ‘’Es el cuarto del fondo. Antes de llegar al patio’’. No los acompaña. Le da dos llaves a la mujer, la del cuarto y la de la casa y solo le indica que las visitas no están permitidas.
Al dirigirse al cuarto, la casa se va haciendo más lúgubre y triste, más oscura y deprimente. En las paredes reposan años de humedad mal curada y diferentes tonos de pintura descascarada.
‘’De tripas corazón’’ dice en voz baja la madre cuando abre la puerta del que será su nuevo aposento. El único bombillo que pende del techo da una luz lastimera y mortecina. Dos camas, un clóset, una mesita de noche destartalada y un arcón son el precario mobiliario. Hay polvo por doquier.
La mujer cierra los ojos, se persigna y respira hondo. El niño se queda petrificado en la pared y las lágrimas empiezan a rodar lentamente por sus mejillas. También la mujer llora, pero no quiere que él la vea, así que se acerca a la ventana y la abre de par en par. Los últimos rayos de sol del día iluminan la habitación suavemente, como un bálsamo. Con disimulo, la madre se seca las lágrimas y le dice al chico: ‘’Limpiemos un poco y ordenemos, hijito’’.
Entre ambos ordenan y limpian el cuarto como pueden, de manera que quede lo más habitable posible. Una vez terminada la faena, la mujer le pide al niño que se quede que ella irá a comprar algo de pan para ambos. ‘’No le abras la puerta a nadie’’ le ordena con dulzura. El niño asiente.
Al abandonar el cuarto, el niño abre su maleta y coloca la ropa y los pocos juguetes que tiene en el espacio que la madre destinó para él en el clóset. Al terminar, se sienta en el borde de la cama para quitarse los zapatos y acurrucarse. Está tan cansado que dormirá hasta que vuelva su madre.
La tarde va cayendo para dar paso a la noche que se filtra por la ventana del cuarto, lentamente, hasta dejar todo a oscuras. El chico respira suavemente. Sueña sus sueños de niño. De repente, siente como unos dedos largos y finos le acarician el cabello y como la mano a la que pertenecen se posa con delicadeza sobre su cabeza. ‘’¿Mamá?’’ pregunta, a sabiendas de que no son los dedos ni la mano de su madre.
Entreabre los ojos. En medio de la oscuridad logra distinguir la silueta de un hombre alto, muy alto, que lleva un sombrero. A pesar de no conocerlo, el niño no siente miedo. El hombre se inclina hasta alcanzar la altura del chico. ‘’Por fin tengo compañía’’ le dice y vuelve a pasarle la mano por la cabeza. ‘’Duerme. Yo te cuido hasta que vuelva tu mamá’’. El niño asiente y enseguida vuelve a conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, la madre regresa y al abrir la puerta del cuarto, enciende la luz. El niño se despierta y se cubre la cara con el brazo. ‘’Mamá…’’ musita. ‘’Levántate hijo. Traje pan, queso y algo de verdura. Vamos a la cocina que preparo de comer’’ le ordena suavemente.
El niño se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos. ‘’Mamá…Vino un señor de visita’’ le dice mientras lo hace. La madre abre desmesuradamente los ojos. ‘’¡Te dije que no le abrieras  la puerta a nadie!’’ exclama. ‘’¡Pero no le abrí la puerta! Solo vino y me dijo algunas cosas…no sé…’’ se defiende el niño asustado.
La madre se lleva las manos a la cabeza, preocupada. ‘’Mi amor, recuerda que no debes hablar con extraños y menos abrirle la puerta a nadie mientras yo no esté’’. ‘’Pero mamá, no le abrí. Yo estaba durmiendo’’. ‘’Sea como sea hijo, recuérdalo: no le abras a nadie, no hables con nadie, hasta que todo pase’’. El chico se queda viendo a la mujer sin entender ni una palabra.
Ambos salen de la habitación hacia la cocina. En la soledad del caserón se escucha la voz de la madre, repitiéndole las órdenes al niño. Desde el fondo del pasillo, el hombre del sombrero asiente, entrelaza las manos y susurra complacido para sí: ’’Por fin tengo compañía’’.

15 noviembre 2018

El ruido








''El ruido'' se oye y ve aquí



21 octubre 2018

Rituales (Primera parte)




Lleva años haciéndolo y no le disgusta para nada.  Tampoco le parece aburrido, aunque sea una rutina que mantiene desde hace cinco años. Es el más joven del grupo, pero no por ello el menos inexperto. Es de hecho un referente para sus compañeros.
Cuando comenzó, por insistencia de su madre, no pensó que duraría mucho. Ganaba muy poco dinero que no le alcanzaba para comprar todas las cervezas o cigarrillos que hubiese querido, pero una vez que comenzó, esos vicios fueron desapareciendo. ‘’¡Un milagro!’’ había exclamado su madre cuando no descubrió más latas de cerveza ni colillas solitarias esparcidas por su cuarto.
Siempre está atento y vigilante. Ni en sus fantasías más anormales, hubiera pensado que esa ocupación de medio pelo le ayudaría a centrarse en la vida y a descubrir talentos que no sabía que tenía, como este, el de guiar y cuidar de la gente.
A su madre también le gusta que él haya encontrado algo de provecho en qué entretenerse, a sabiendas de que su único hijo nació bueno para nada, y que no haya desperdiciado su juventud en cosas inútiles, como casi todos los muchachos de su edad. Su madre nunca le tuvo fe, pero sí un amor desbordado, y eso a él le bastaba. Claro que a ella no, por eso le insistió tanto en que empezara a trabajar y así lo hizo, para no defraudarla más.
Como todos los viernes, sábados y domingos, está listo para empezar su faena. Se cerciora de que todo esté en orden, porque el éxito de su labor depende mucho de eso. Cuando comienzan a llegar todos, cada vez más (se nota que la gente está cada año más desconsolada), se van ubicando.
Los primeros, esos que aman tener el rol protagónico en todo, se ubican como siempre en la primera fila. Algunos no se conocen, pero de alguna forma sí, de tanto verse siempre en las mismas circunstancias.
Le gusta observar a la gente, sobre todo. Hay un par de viudos y muchas mujeres solas, como su madre, que aún en vida de su padre, estaba más sola que nunca, porque su padre siempre estaba metido de cabeza y corazón en el trabajo y a ellos casi ni les prestaba atención. Estas mujeres tienen la misma mirada lánguida y resignada de su madre y por eso le gustan, porque le parecen familiares, cercanas.
Hay más mujeres que hombres. Y de todas las edades. Se nota que muchas no tienen en qué ocuparse y por eso se dedican a esto con fervor. Son todas un caso. Los hombres son más escasos y no tan constantes. Si por él fuera, le gustaría que la cosa fuera equitativa, así habría equilibrio. No como ahora: mucho de mucho, poco de poco.
Lo interesante de todo esto es que la gente está unida por un mismo sentimiento: el desespero. No es la fe, como él creía en un principio. Tampoco son los dogmas inculcados desde temprana edad. Es el desespero. Ese perenne caminar en una especie de cuerda floja entre inconvenientes cotidianos y sufrimientos personales.
¿Pero quién es él para juzgar? Nadie. Absolutamente nadie. Tampoco le interesa inmiscuirse en la vida ajena. Todo ese fardo de quejas insolubles de los demás le parece una carga muy pesada y él es muy joven aún como para ser la esponja emocional de un grupo de gente que ni le va, ni le viene.
Le gusta, eso sí, cuidarlos, de la forma estéril y tranquila en que lo hace. Es su forma de demostrar educación. ‘’Compasión cristiana’’ diría su madre. Y gracias a esa educación, que es más un rasgo de carácter que una actitud aprendida por la fuerza, es que está pendiente de todos.
Su labor no pasa desapercibida. Se acercan y le hacen preguntas, que casi siempre son las mismas, porque la gente va variando cada tanto y el público se renueva. Él ya desarrolló la capacidad de anticiparse a las necesidades del otro y es algo de lo que se enorgullece. Por eso se siente útil. Por eso le gusta observar a la gente. Por eso le gusta su trabajo.
Es el encargado de abrir el portón unos minutos antes, para que los feligreses vayan escogiendo sus asientos. Es un día de mucho calor, así que no esperan que asista mucha gente. Los días así tan pesados, son difíciles de sobrellevar. No hay presupuesto para más ventiladores (solo un par de los grandes en la entrada y uno pequeño en el altar) y mucho menos para aire acondicionado, lo que sería un verdadero lujo.
Los días así, el público merma. Y si no fuera porque él es constante y comprometido con su trabajo, también lo haría. Se le hace interminable el rito de la misa cuando hacen tantos grados que el mismo diablo sufriría un golpe de calor, si es que existiese.
Las personas van llegando a cuentagotas. Él está cerca del pasillito que da hacia los baños y al jardín. Cada tanto corre algo de brisa, tan caliente como el mismo día que la produce y tan inútil como los pensamientos por los que vaga su mente cuando el calor lo azota.
Cierra los ojos unos instantes. Piensa en una piña colada, aunque en su vida haya visto o probado una. Cuando los abre, muy cerca de él está una mujer morena, corpulenta, de unos 50 años. Tiene el pelo tan negro e hirsuto, que le llama la atención, mucho más que la mirada centelleante con que lo observa.
‘’Te pregunté qué dónde estaba el baño, niño’’ le dice, de mala gana. ‘’Perdone, señora, no la oí. Al fondo, por este pasillo’’. La mujer sigue las instrucciones y él la sigue con la vista. Es la primera vez que la ve en la parroquia, está seguro de eso. La ve contonearse, no con la gracia propia de quien seduce, sino de quien es torpe y ordinario. Pero quizás es solo el calor lo que lo hace pensar estupideces.
La misa transcurre como siempre, sin altibajos. Los mismos de siempre fingen desmayos cuando el cura pasa por los bancos esparciendo agua bendita, tocándolos en la frente para ahuyentarles la mala vibra. Si no fuera porque sabe que es parte de un show barato que nadie organizó, creería ciegamente en esas representaciones; sin embargo, sabe de sobra que a las personas les gusta el drama, como si fueran actores de telenovelas baratas.
A veces él ayuda porque el padre, cuando le pasa cerca, le hace un guiño. Entonces él ya sabe, lo entiende todo, se coloca al lado del feligrés que está a punto de desmayarse como por arte de magia. Lo toma de un brazo o se coloca por detrás de la persona para que cuando caiga de rodillas, como un muñeco de trapo, no se golpee.
Es este accionar lo que a veces lo entretiene. Ya tienen identificados a esos amantes espontáneos del drama. ‘’Showceros’’ los llama el cura. A él le encanta esa palabra porque resume todo lo que es el ritual del espanto de los malos espíritus en cuerpos ajenos, un espectáculo barato, con actores de segunda.
Cuando todo termina, se dispone a ordenar los bancos, a barrer un poco el piso. Siempre se queda una hora más de lo estipulado. Le parece una bajeza dejar todo así sin más e irse y no ayudar a sus compañeros. Algunos se quedan orando, hasta que la pequeña iglesia cierre sus puertas para abrirlas más tarde, para la misa vespertina.
Una vez que todo ha quedado en silencio, enrumba hacia su casa. De repente, le asalta el pensamiento de la mujer que le pidió que le indicara dónde estaba el baño. Aquel pelo tan negro e hirsuto y mirada centelleante con que lo observó.
Su madre lo recibe con un beso. Lo estaba esperando para almorzar. La conversación hubiera sido la misma de siempre, llena de nimiedades, sino hubiera sido porque le cuenta la anécdota con la mujer. ‘’No la vi salir del baño, mamá’’ le dice. ‘’Pero hijo, seguro que salió. Además, si hoy hubo más desmayos de mentira que de costumbre, seguro no lo notaste. Anda, termina de comer, que tienes que tener fuerzas para la tarde’’, le dice dulcemente. Él obedece y se queda en silencio, pensando.
Contrario a su costumbre, se recuesta un rato en el sofá y dormita. En el sopor de la tarde, solo sueña un único sueño: la mujer del pelo negro que le hace la misma pregunta una y otra vez. Cuando se despierta, lo hace sobresaltado. Es casi la hora de estar de nuevo en la iglesia para el turno de la tarde y aún no está listo. Se apresura lo más que puede y sale corriendo para llegar lo menos tarde posible.


La segunda parte espera aquí.

Rituales (Segunda y última parte)




Una vez en el recinto, ayuda a sus compañeros a disponerlo todo para la misa, que en breve comienza. El calor ha disminuido un poco, así que ahora hay más gente. Él se ubica donde siempre, para tener más control de la situación, en caso de que sea necesario.

Le duele un tanto la cabeza, así que una vez que comienza la misa, apoya la espalda contra la pared y por minutos, cierra los ojos. Al abrirlos, muy cerca de él, está la mujer del pelo negro e hirsuto, que lo mira con esos ojos profundos como un pozo. ‘’Te pregunté qué dónde estaba el baño, niño’’ le dice, recalcando cada palabra. Se sorprende que sea la misma pregunta de la mañana y más se sorprende que su respuesta y reacción sean tan iguales también: ‘’Perdone, señora, no la oí. Al fondo, por este pasillo’’.
A medida que la mujer avanza, él no la pierde de vista. Pero en algún punto, entre el tumulto y el espectáculo de la tarde, se distrae de su objetivo. En medio de la agitación, ve a la mujer de pie en el tercer banco. ¿En qué momento salió del baño? Antes ella no estaba ahí.
Quiere acercarse para preguntarle, pero el cura le ha hecho el consabido guiño y él debe estar atento para servir de contención a los que protagonizan el show de la misa vespertina. ‘’Pobre gente desesperada de atención’’ piensa. Intenta observar a la mujer, que permanece de pie, mirando al infinito con esos ojos tan vacíos y llenos de nada.
El cura va esparciendo agua bendita. El monaguillo, a su vez, va detrás con el incienso. Hay unos que lloran, otros que claman por misericordia. Lo mismo de siempre. Él está inquieto y le ha costado concentrarse por primera vez en esos cinco años de perfecto desempeño. Es tal su despiste, que deja sin sostén a un par de señoras que caen con todo el peso de sus cuerpos al piso. ‘’Mala cosa’’, piensa avergonzado. Incluso el cura lo ve con cara de asombro.
Cuando van aproximándose al banco donde está la mujer, se da la vuelta. Y esos ojos oscuros centellean como candelas. Chilla en el justo momento en que las gotas de agua bendita empiezan a caer sobre su cuerpo. Todos gritan.
‘’¡Es el diablo! ¡El mismísimo Satán!’’ gritan las señoras de siempre. La gente se persigna, llora, se agita. Hay una gran confusión. La mujer de pelo negro ya no chilla, aúlla. Presa de un pánico nuevo, el cura empieza a gritarle frases en latín y a tirarle más agua bendita. Algunos huyen despavoridos. Los más valientes, presencian aquel espectáculo del inframundo sin poder creerlo del todo.
Él no sabe qué hacer. El miedo se ha apoderado de su cuerpo y permanece rígido, observando la escena, como si fuera una película. De repente, la mujer cae al piso e empieza a reptar por los bancos. Su pelo ya no es su pelo, sino miles de serpientes negras diminutas.
En medio del paroxismo de lo que está pasando, el muchacho logra reaccionar. Le arrebata al cura la copa que contiene aún algo de agua bendita, se abre paso entre la gente y la vacía entera sobre el cuerpo de la mujer reptil. Esta se agita sin cesar, como oleadas frenéticas de dolor.
Miles de pústulas llagan aquel cuerpo deforme y lo van consumiendo. El olor es insoportable. Los que aún permanecen rezan diferentes oraciones. Algunos de rodillas, con los rosarios en las manos, claman por el perdón de todos sus pecados, que el mal no los alcance, que los protejan.
Siente que el corazón se le va a salir del pecho. Exhausto cae también de rodillas, sudando. Apoya la frente en el piso y llora, para darle rienda suelta al pánico que lo embarga. De la mujer solo queda manchas negras en el piso y un olor más nauseabundo que antes.
Tiene los ojos cerrados firmemente, a espera de que toda esa pesadilla haya pasado. Su propia respiración entrecortada le impide pensar con claridad. Todavía siente la opresión en el pecho. Intenta abrir los ojos para ponerse de pie y serenarse y ayudar a los que pueda. Cuando lo hace, su madre lo está mirando con cara de estupefacción. ‘’¿Qué pasó, mi vida? ¿Otra pesadilla?’’.
Abre los ojos y mira a su alrededor. Es la sala de su casa, está en el sofá de su casa, en la tarde soporífera de su propia casa y con su madre que lo observa entre asustada y confundida. ‘’Estabas dando unos alaridos terribles’’ le dice. El muchacho se seca el sudor de la frente y solo atina a preguntar qué hora es. ‘’Ya debes irte a la iglesia, son casi las seis’’.
Aún perturbado por lo que experimentó en las horas previas, enfila hacia la iglesia. Se concentra en hacer su trabajo lo mejor que pueda. Hay poca gente. Se nota que el calor les ha hecho desistir de ir a misa. Es más fuerte el estupor de la tarde, que la necesidad de lavar sus propios pecados. Respira hondo.
De pie, en el mismo sitio de siempre, espera que alguna brisa fresca le haga llevadero el rito, que nadie exagere en sus representaciones de siempre, que nadie se desmaye, ni nadie finja emociones sin sentido para obtener un poco de atención.
Se apoya contra la pared y cierra los ojos por segundos. Al abrirlos, muy cerca de él está la mujer reptil. Él la mira con pánico, sin poder creer que la esté viendo, que está ahí, a escasos centímetros. La mujer se sobresalta y sin entender el por qué de la reacción del chico, le pregunta si la conoce. ‘’Te conozco muy bien’’ le espeta. La mujer abre los ojos desmesuradamente: ‘’Es la primera vez que piso esta iglesia, joven’’ y se lleva las manos al pecho, a modo de protección.
Se ubica en un asiento de la tercera fila, al tiempo que dice ‘’hay locos en todas partes’’. Las otras mujeres que están sentadas a su lado asienten. ‘’Es un muchacho con problemas’’, le dice una a modo de confesión. Otra añade, en voz baja ‘’tiene algo de retardo porque estuvo en drogas’’. La mujer del pelo negro asiente. ‘’Pobre’’, piensa, ‘’siempre hay alguien que me confunde con el propio diablo’’. Y en silencio, empieza a rezar el rosario.

La primera parte aguarda aquí.

07 septiembre 2018

Cosa de suerte



Todos la aplauden con una mezcla de envidia y alegría, porque ¿a quién no le hubiera gustado ser el ganador? Y ella se hace esa misma pregunta cuando recoge el premio, feliz. ¿Qué es de hecho la suerte, si nunca la ha conocido de cerca? Tal vez sea esto, justamente esto.
Algunos de sus colegas la rodean, llenos de curiosidad. ‘’¿Por cuántos días? ¡Qué exclusivo! ¡Qué increíble, siempre quise ir!’’, tantos comentarios ajenos la aturden un poco. Solo sonríe y contesta con interjecciones que denotan más su pesada timidez.
Cuando todos se han calmado y ella está ya sola y tranquila en su escritorio, abre de nuevo el sobre y lee: ‘’24 horas para dos personas en…’’. Cierra los ojos. Si esta es la suerte, se siente de maravilla.
De camino a su casa, solo piensa en qué día pedirse libre para disfrutar del premio. Tal vez lunes o viernes. Tendrá que llevar ropa nueva. No puede entrar en ese sitio con lo de siempre, que grita su triste clase media. Además, tendrá que comprarse un camisón de seda. No quiere que él no la desee. ¿Cómo hará perfectas esas noches?
Va ensayando mentalmente qué le dirá, cómo abordará la charla. Es difícil, lo sabe. No puede saber cómo reaccionará y por más que ensaye el diálogo, siempre hay algo que le impide ser del todo sincera con él.
Al llegar a casa, se da cuenta de la hora. Abre delicadamente la puerta, para pasar más que inadvertida. Desde la cocina, su marido la escucha, a pesar del ruido de la calle, que se filtra por la ventana. ‘’¿Te pasó algo que llegaste tarde? ¿Mucho trabajo?’’. Respira hondo antes de responder, para que en su voz no aparezca el fastidio y el aburrimiento de siempre. ‘’Sí, había un par de cosas que hacer y yo no sabía cómo’’. ‘’Y claro, porque eres algo tonta. Deberían cambiarte de departamento’,’ sentencia el hombre.
Un tanto molesta, se apoya en el marco de la puerta de la cocina, sin haberse quitado aún el abrigo ni dejado la cartera en el lugar de siempre. ‘’Me duele un poco la cabeza. Voy a recostarme un rato’’, dice en voz baja. El hombre la ignora y continúa hablando como si ella no estuviera ahí, como siempre, como todos los días, casi silente: ‘’La cena estará lista en media hora, calculo. Hoy tuvimos una reunión larguísima con los de desarrollo, que obviamente no saben un carajo de…’’.
Ya no lo oye. Se dirige al cuarto y cierra la puerta sin hacer ruido. Se quita la ropa y se pone el piyama. Es temprano aún, pero no quiere hacer más nada que leer las veces que hagan falta los detalles del premio, hasta memorizarlos, si es posible y recitarlos, como si de un concurso de declamación se tratara.
Se mete en la cama y esconde el sobre debajo de la mesita de noche. Ensaya mentalmente lo que le va a decir, cómo. El plan ya existe en su cabeza, solo tiene que darle forma perfecta. Sonríe con la placidez propia de quien está satisfecho con la vida, a pesar de todo.
‘’Si tan solo en mi mundo no existiera mi marido’’ piensa y toda la alegría reciente se evapora de su cuerpo. Se acurruca y esconde debajo de las sábanas, a esperar a que él le dé la gana de aparecer en la habitación, a la hora que quiera. Permanece un tanto inmóvil, hasta que lo siente entrar, cambiarse la ropa y meterse en la cama, con todo el ruido y lío que hace de costumbre, sin importarle si ella ya duerme.
Ella espera el tiempo necesario. Como si de una pluma se tratase, va arrimando el cuerpo a la orilla del colchón. Desliza una pierna, hasta tocar el piso. Desliza la otra para impulsarse delicadamente. Aguanta la respiración. Escucha los torpes ronquidos de su marido, así que aprovecha el estruendo para levantar la mesita de noche y sacar el sobre con cuidado. Sale de la habitación en puntillas.
Se dirige a la cocina, cierra la puerta y se esconde en un rincón. Respira hondo y llama. La familiar voz le responde con una pregunta: ‘’¿Pasa algo?’’. ‘’No, solo quería hablar unos minutos contigo’’ le explica. ‘’¿A estas horas? ¿Qué haces despierta?’’. La chica demora en responder. ‘’Necesito decirte algo…importante’’ dice finalmente. ‘’Bueno, dímelo’’ dice el chico con curiosidad. ‘’Me gané un premio. Una estadía de un día en un hotel de estos boutique…’’ y hace una pausa eterna antes de proseguir. ‘’Quiero que vengas conmigo. Es solo un día. No pasará nada, lo sabes’’ y se pone de cuclillas,  como si hubiera lanzado una bomba y esperara el estallido.
Del otro lado de la línea, el muchacho carraspea. ‘’Y si no va a pasar nada, ¿por qué me invitas a mí?’’. ‘’Porque me gusta tu compañía, eso también lo sabes. Vamos, lo pasaremos bien juntos’’, insiste.‘’ ‘’La verdad no lo sé. Mis días vienen complicados. Hablamos más tarde, ¿quieres? Cuando ambos podamos pensar con claridad’’ responde el muchacho. ‘’Está bien’’ responde y da por terminada la llamada.
Siente el rechazo como mil agujitas que se van clavando lentamente en todo su cuerpo. Solo que esta vez no se dará por vencida e insistirá, no sabe cómo, pero lo hará. A fin de cuentas, solo tiene una oportunidad.
Durante cinco exactos días, lo llama, le manda mensajes. Sabe que no está bien lo que está haciendo, pero el tiempo no está de su lado y tiene que quebrar todas las resistencias del muchacho. Es con él que sí o sí irá a disfrutar del premio.
La tarde del jueves decide esperarlo a la salida del trabajo. Él la ve y esboza lo más parecido a una sonrisa: ‘’No te cansas’’, le dice. Ella asiente con la cabeza. Lo toma del brazo tiernamente y lo va llevando, despacio hasta la parada del autobús. ‘’Es el viernes 15. No hay por qué pensarlo tanto. Siempre quisimos hacer algo así juntos’’ le explica la chica, en voz baja. ‘’¿Quisimos?’’ pregunta el chico, al tiempo que se detiene y la mira con el asombro de quien descubre un plan del que nunca fue parte. Ella responde con la mirada más llena de certezas de toda su vida.
Terminan el trayecto en silencio. Él chico la abraza antes de subirse en el bus. ‘’Está bien. Tú ganas’’. Los ojos de la chica brillan, al tiempo que suspira. ‘’¡Tendremos 24 horas llenas de maravillas!’’. Los dos ríen. Ella lo ve alejarse y sonríe con la placidez propia de quien está satisfecho con la vida, a pesar de todo.

03 agosto 2018

Después de todos estos años




‘’Mamá…’’ y hace una pausa que a la madre se le antoja eterna. ‘’Yo sigo pensando que todo esto no es necesario, mi hermano y yo…’’. La madre la interrumpe con un ademán. ‘’No sigas, no sigas. Ya hemos hablado de esto millones de veces. Ni tú ni tu hermano van a hacerse cargo de mí, de mis cosas. Es más, no tienen por qué. ¡Sobre todo el loco de tu hermano!’’ y suelta una carcajada épica, al tiempo que atrae hacia sí a su hija y la abraza.

Ambas mujeres terminan de empacar y de poner en orden lo necesario. Ya en la sala, la madre se sienta a esperar a que llegue su hijo menor a buscarla. ‘’¿Necesitas algo, mamá? ¿Tienes todo? Me parece tan poco lo que te llevas’’ pregunta la hija con cara de preocupación. ‘’Llevo todo lo que quiero y todo lo que necesito, mi amor’’, responde la madre con dulzura.
A la hora pautada, el hijo estaciona el auto enfrente de la casa. Con el escándalo de siempre, saluda a su madre y a su hermana. Sube las pocas pertenencias de la mujer en el auto y tiene el tino de no preguntar si está lista y decidida para empezar su nueva vida. A fin de cuentas, su madre es lo suficientemente terca como para no cambiar de opinión una vez que toma una decisión, para bien o para mal.
Intenta pensar alguna frase hecha que les dé pie para hablar mientras van en camino, pero nota la ansiedad de su madre por llegar y la pesadumbre de su hermana; así que guarda silencio y pone algo de música que tararea sin ritmo. El viaje se le hace interminable. ¿Estaría su padre de acuerdo con esto, dondequiera que se encuentre? Mil pensamientos relacionados lo asaltan, justamente a él, que es hombre de poco pensar.
Llegan finalmente a su destino. La mujer no puede ocultar su complacencia, la felicidad que siente por estar ahí. Sin esperar a que el auto se detenga, abre la puerta. ‘’¡Mamá! ¿Qué haces? ¡Espera!’’ gritan ambos. La mujer ríe, al darse cuenta de su impaciencia. Una vez estacionados, ni siquiera aguarda a sus hijos y se encamina hacia la entrada principal.
Saluda a la chica de la recepción con un hola cálido y radiante. ‘’Mi nombre es Ava. Ava Mezquita’’ y le entrega los documentos necesarios para hacer su ingreso. Recorre con la vista el lugar. Nada del otro mundo y lo sabe bien, pero es el lugar escogido. Y eso es lo que importa.
Antes de despedirse de sus hijos, los abraza como quien ha cumplido con una misión de muchos años y se siente satisfecho con el resultado. Ni siquiera los ve alejarse, sino que se dirige resuelta a su recién asignada habitación. No quiere ordenar lo que trajo, ya habrá tiempo para eso. Cierra con llave y se dirige al jardín.
No saluda a ninguna de las personas con las que se cruza, ni tampoco se presenta. En su mente solo existe una única cosa: encontrarse. Recuerda las instrucciones: ‘’Hay un banco, cerca del único lago’’ y es ahí hacia donde se dirige. El sol pega de lleno  con toda su fiereza, lo que hace que esté libre. Se sienta. Está intranquila. Mira hacia los lados, expectante. No logra relajarse.
Transcurridos algunos minutos, siente el humo de un cigarrillo y es la primera vez, después de todos esos años, que le agrada. Endereza la espalda y cierra los ojos. ‘’Ava’’ escucha y esa mano tan familiar se posa sobre su hombro. En cuestión de segundos, toda su vida vuelve a ella en ese instante. Como si solo hubiera nacido para ese momento.
La rodea con su mejor abrazo. El olor a cigarrillo los envuelve. ‘’No has dejado el vicio’’ dice ella, pícaramente. ‘’Lo intenté y no pude. Hay cosas que uno no puede dejar, ¿sabes?’’. Ella le hace espacio del lado izquierdo, de manera que él sienta los latidos de su corazón. Se miran largamente.
Él cierra los ojos y le acaricia el rostro, como nunca pudo hacerlo antes, lo recorre palmo a palmo. ‘’¿No quieres verme? ¿Tan vieja estoy?’’. Él sonríe. ‘’Sigues siendo hermosa, solo quiero aprenderte de memoria. Yo sí que estoy viejo y eso que soy menor que tú’’. ‘’¡Tres años no son nada!’’. Ambos ríen.
‘’¿No te parece un poco cliché el haberme citado en el banco junto al lago?’’ pregunta ella pícaramente. ‘’Soy así, un cliché con patas. No conozco mucho el lugar aún, me estoy adaptando. ¿Qué querías? ¿Qué te citara en el comedor junto con todos los demás viejos decrépitos?’’. Ríen a más no poder.
El primer beso la sorprende, mientras ella discurseaba sobre el devenir político del mundo. Y fue como tantas veces imaginó que sería: tierno y a la vez sexual, esponjoso y lento, complaciente y erótico. ‘’Esperé años por esto’’, dice, después de quedar extasiada con la maravilla de aquellos labios. ‘’Lo sé. Yo también. Pero es así la vida, todo tiene su tiempo y este es el nuestro, Ava’’, responde él, con el mismo tono tibio y dulce que usó por años con ella.

19 junio 2018

Sin contratiempos




Sentado en el borde de la cama, él la observa peinarse la larga cabellera negra, con suaves movimientos acompasados. ‘’¿A qué hora te vas?’’ pregunta, mientras bosteza. ‘’En un rato. Regresaré tarde, así que no hagas el intento de esperarme despierto’’, responde.
El hombre se levanta y se acerca, hasta abrazarla y besarla delicadamente en el cuello. ‘’Cada vez más linda’’, le susurra. La mujer cierra los ojos y sonríe. ‘’Tengo que verme bien. La primera impresión es la que cuenta. No me gusta asustar a la gente. Sabes que soy discreta, que siempre lo he sido’’, dice en voz baja. El hombre asiente: ‘’Es eso lo que más me gusta de ti’’.
Al liberarse de aquel abrazo, se mira en el espejo. Decide llevar el cabello suelto esta vez, pero maquillaje un tanto dramático. De noche todo se vale. Así que combina la sombra de ojos, rubor y labial con la minifalda negra que deja al descubierto sus largas y bien torneadas piernas, la camisa negra de seda y la chaqueta de cuero.
Cuando termina de arreglarse, se mira de cuerpo entero en el espejo. ‘’¿Qué te parece?’’ le pregunta al hombre. ‘’Toda una MILF’’ dice, soltando esa risa divertida e infantil que ha compartido solo con ella durante años. ‘’Fantástico, entonces’’ y premia su respuesta con un largo y cálido beso. ‘’Ya sabes, no hagas el intento de esperarme despierto. No sé cuánto tiempo me lleve lo de hoy. Hay algunos que se asustan, otros no se lo esperan. Nunca nadie sabe cómo es esto, en realidad’’, explica. Él la mira con placer: ‘’En fin, buena jornada, querida. Que todo salga bien’’.
Cierra la puerta tras de sí y mientras espera el ascensor, revisa la dirección y el nombre. Sabe cómo llegar. A las 11:43 pm deberá estar lista, ya que hay un tiempo marcado para todo. Nunca demora más de 10 minutos; sin embargo, depende mucho de la reacción del que le toque. No todos reaccionan igual, ni todos saben cómo hacerlo, de hecho. ‘’Si al menos la gente entendiera que es un paso más…’’ dice para sus adentros. Suspira.
Una vez en la calle, camina con el dejo propio de quien sabe qué quiere, qué hará, con qué va a encontrarse. No son jugarretas del destino, ni nada que dependa del azar, pues todo corresponde a un plan. Ella siempre ha sido compasiva con los que les ha tocado. ‘’Blandengue’’ le dicen sus colegas. ‘’Comprensiva’’ responde incansablemente.
Al llegar al hospital, son exactamente las 11:10 pm. Es el fin del otoño y la noche es más oscura, más fría. Le encanta ese clima, más que el temible invierno, la insulsa primavera o el implacable verano. La gente está más dispuesta a todo en otoño, como si en esa estación dependieran la melancolía y los recuerdos.
Enciende un cigarrillo. Entre pitada y pitada, observa la entrada. Hay un solo guardia y una enfermera en la recepción. Nada de qué preocuparse. Casi diría que ha sido así las veces que le han tocado hospitales. Sin embargo, prefiere la adrenalina de lo prohibido, de la misión que se vuelve casi imposible de cumplir. Los hospitales son predecibles. También las casas funerarias, las casas de familia. Lo privado es predecible, mas no así lo público. No es este el caso, desafortunadamente.
Aspira el humo del cigarrillo con vehemencia. ‘’Vamos, que ya es hora’’ dice en voz baja. Exhala y se aproxima a la puerta, que se abre de par en par. Ella sabe que el guardia la mira, sin mirarla. La enfermera ni repara en su presencia.
Sube en el ascensor hasta el sexto piso. Las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas, el cabello suelto en armonía. Abre la puerta de la habitación 606 con determinación, sin siquiera anunciarse.
La mujer que está acostada en la cama, hundida completamente, con una mascarilla de oxígeno y cables conectados a su tórax, demora mucho en abrir los ojos y verla. La detalla sin entender del todo que está pasando, ni quién es. Tampoco se da cuenta de que está plenamente consciente, que está aquí y ahora.
Abre bien los ojos y la observa. ‘’Hola, Natalia. Vine a buscarte. Tu recorrido empieza a las 11:43. Ni un minuto más, ni un minuto menos’’ le dice, al tiempo que esboza su mejor sonrisa. Se le acerca poco a poco y le retira la mascarilla. ‘’Respira hondo’’ le ordena suavemente. La mujer obedece. Con delicadeza le retira también los cables y la va llevando lentamente para que se siente. ‘’Falta poco. No va a dolerte’’ explica. ‘’Ya no eres tu cuerpo’’.
Perpleja, la mujer sentada en el borde de la cama continúa observándola hasta que se anima a preguntarle un ‘’¿quién eres?’’ tímido y tembloroso. ‘’¡Si supieras la cantidad de veces que me han preguntado eso!’’ responde, al tiempo que ríe. Con ternura, le arregla el cabello y la bata. ‘’Ponte de pie, Natalia. Es hora de irnos’’. La toma de las manos y la mira fijamente.
Ambas se alejan un poco de la cama para observar la escena. Un fuerte pitido de las máquinas conectadas a aquel cuerpo inerte, alerta a las enfermeras que algo no está bien. Tres mujeres entran a la habitación rápidamente y revisan a la paciente. Intentan reanimarla, sin éxito. ‘’No hay nada que hacer’’. ‘’Hora del deceso: 11:43pm’’. Cubren el cuerpo con la sábana y salen de la habitación.
‘’¿Pero qué pasó? ¿Sigo estando aquí?’’ le pregunta, aferrada a su brazo. Ella la calma con suaves palmaditas: ‘’No, ya no eres tu cuerpo. Ya puedes hacer lo que quieras. Quedarte o seguir. Solo tienes que decidir’’. Natalia la mira, como si de repente entendiera todo, toda su vida, todos los eventos en un perfecto orden que finalmente tiene sentido.
‘’Me quiero ir’’ responde, sin vacilar. La mujer respira aliviada y la abraza. ‘’Buen viaje, querida’’ y le indica el camino por donde partir. Secretamente adora esos momentos, cuando la persona decide poner un verdadero final, sin aferrarse a nada, porque ya no hay nada que hacer. Como si de verdad entendiera en fracciones de segundos que todo pasa, por más duro que haya sido lo que le haya tocado. Esos son los verdaderos valientes, los que se entregan.
De su cartera saca la pequeña libreta en donde anota sus impresiones. Coloca un visto al lado del nombre de Natalia y un ‘’sin contratiempos’’. Aguarda a que regresen las enfermeras para que preparen y retiren el cuerpo. Y una vez que lo han hecho, ella también se retira.
Avanza resuelta por el pasillo del hospital. Ya en la calle, enciende otro cigarrillo. La noche será larga, lo sabe, así que camina sin prisa, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas y el largo y negro cabello suelto en armonía.